En los albores de su andadura, la editorial Acantilado recuperaba en el año 2000 una novela de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), Querido Miguel, y, muy poco después, moría su traductora Carmen Martín Gaite. Esta siempre reconoció deberle mucho a esta narradora, dramaturga y ensayista italiana, hasta el punto de que la concepción de Nubosidad variable (1992) se explica mejor tras saber que fue escrita coincidiendo con la traducción de Querido Miguel para la editorial Lumen.
Dicha influencia venía ya de lejos, porque Martín Gaite conoció Italia en los años cincuenta, cuando acompañaba a su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, a visitar a su familia; desde ese momento, el encuentro con su lengua y literatura, además de con el neorrealismo cinematográfico, marcó la trayectoria narrativa de la autora salmantina, que traduciría otra historia de Ginzburg publicada en 1952, Nuestros ayeres.
En pocos casos se aprecia una deuda literaria de forma más clara. El lenguaje coloquial, los numerosos diálogos, el análisis inocente de insignificancias diarias y el pensamiento femenino más íntimo pueblan las páginas de Caro Michele (1973). De hecho, algunos de estos aspectos aparecen en otros libros de Ginzburg, como en las dos novelas cortas que ahora se han juntado y que tienen el común denominador de ahondar en personajes desgraciados, solitarios, aunque gocen de compañía familiar o estabilidad económica.
Nos estamos refiriendo a Familia y a Burguesía, ambos relatos escritos en 1977 con un muy nítido deseo de economía literaria y profundización psicológica. Es más, leyendo los pasajes más explicativos en torno a los personajes de la primera narración, el lector captará un estilo casi de crónica de hechos, como si cualquier existencia pudiera reducirse a un listado de acciones y errores. Tal cosa sucede cuando se presenta la pareja protagonista, antaño amantes y padres de una niña muerta de bebé.
En Familia ꟷque tuvo edición catalana en Ático de los Libros en 2020ꟷ, conocemos al arquitecto Carmine, inquieto por una desagradable carta que le ha enviado desde Venecia su actual mujer, en la que no confía, e Ivana, una traductora con la que acude al cine con tres niños, entre ellos el hijo del hombre y la hija de la mujer. Y enseguida llega lo esencial: su pasado común, una continua incomodidad que sufren a la hora de relacionarse con otras personas, ya sean amigos o familiares.
Por su parte, Burguesía se abre con un simple apunte anecdótico: «A una mujer que nunca había tenido animales le regalaron un gato», el cual irá complicándose a medida que el personaje principal, Ilaria, viuda de un empresario teatral y mantenida por su cuñado, va acumulando mascotas que tienen un extraño fin y sólo le despiertan tristeza. De este modo, con un tono sobrio y contenido, Ginzburg es capaz de examinar las soledades e incompatibilidades humanas con la precisión de un bisturí, siempre en un clima de confusión ante cualquier cosa que pasa y por donde se filtran episodios de suicidio, infidelidades y demás huidas hacia adelante.
Este trasfondo de desdicha puede sonar desangelado, pero la fuerza de la verosimilitud narrativa en ambas historias consigue atrapar al lector, que se somete a un abanico de sutilezas y crisis anodinas elevadas a trascendentes que alimentan la idea central de Famiglia e Borghesia, como si fuese la continuación del existencialismo que tanta dimensión había tomado a mediados de siglo XX: la absoluta mediocridad del vivir. Eso sí, mucha de esa desdicha aparece en ambos relatos por una falta de voluntad para ser feliz, como en el caso de Carmine e Ivana, dispuestos a discutir a diario en la casa en que convivieron, a emprender proyectos que abandonaban o a no cultivar el bienestar del otro, el amor verdadero al otro.
Publicado en Cultura/s, 16-V-2026
