Somos aún parte de la antigua civilización griega, y su cultura y bases políticas están entre nosotros; sus inquietudes, certezas y conjeturas nos sobrevuelan, y nuestras pasiones, luchas y ensueños permanecen al mismo tiempo en lejanos hexámetros, desde hace casi treinta siglos: en dos epopeyas que fueron atribuidas a Homero, un aedo con biografía poco fidedigna, y que el mundo conoce como la «Ilíada» y la «Odisea». Eduardo Gil Bera vio hace años que este campo es fértil para la especulación y la desconfianza, es decir, para la investigación. Publicó entonces «Ninguno es mi nombre» –en referencia al célebre episodio en el que Ulises se escapa de las garras de Polifemo–, en que trató de convencer al lector de que Tales (665-581 a. C.), sí, aquel conocido por su vida en Mileto como legislador y participante en el gobierno tiránico de Trasíbulo pero que nació en una localidad de Creta, Gortina, escribió el inmortal poema. Este «poeta secreto» habría escrito la «Odisea», cuya composición «duró más de treinta años».
Así, Gil Bera se preguntaba cómo es posible que se pusiera en marcha una red de homéridas (los rapsodas que recitaron el poema por tierras de Jonia) «a la vez, en islas y ciudades muy distantes entre sí», y quién estaba detrás de semejante empresa. Este no era otro que Tales, el primer editor de la «Ilíada» y la «Odisea», que en torno a la guerra entre Mileto y Lidia, iniciada en el año 613 a. C., va promoviendo esas lecturas homéricas en ciudades como Quíos, Esmirna y Colofón. Luego, al acabar la contienda once años más tarde, en la «Ilíada» se incorpora el escudo de Aquiles, como homenaje a la paz, y la «Odisea» goza de un nuevo final, también de carácter pacífico. Una obra en marcha, en definitiva, en función de la realidad sociopolítica: «La narración heroica y aventurera adquirió un aspecto costumbrista y educativo, adecuado para ser motivo de canto para todo un país». Así lo explicaba el autor, para quien la autoría de Tales era evidente tras analizar un panfleto, divulgado en su día por los homéridas, donde él mismo reconocía haber escrito la «Odisea». Ahí estaba el juego y… ¿por qué no la verdad?
De hecho, a ciencia cierta, sabemos muy poco sobre Homero. La tradición griega le atribuyó la autoría de dos poemas y lo situó en el mundo jonio, entre los siglos VIII y VII a. C., pero no existe ninguna prueba que confirme su biografía, su lugar de nacimiento o su existencia como individuo histórico. Lo que sí se acepta es que ambas obras son el resultado de una larga tradición oral que acabó fijándose por escrito en esa época, aunque sigue abierto el debate sobre si detrás de ellos hubo un único poeta excepcional llamado Homero o varios autores y generaciones de rapsodas que dieron forma al legado épico griego.
Aluvión de novedades homéricas
Ahora, a propósito de «La Odisea» de Christopher Nolan, Ulises ya ha emprendido el viaje de regreso. No hacia Ítaca, sino hacia las librerías, pues la expectación generada por la nueva película del director británico ha coincidido con una auténtica eclosión de publicaciones que recuperan el universo homérico desde perspectivas muy distintas. Nuevas ediciones del poema, reinterpretaciones gráficas, ensayos históricos, novelas, libros de viajes y estudios arqueológicos confirman que el interés por Homero continúa casi tres mil años después.
Entre las novedades destaca la nueva edición ilustrada de «Odisea» (Lunwerg), adaptada por el clasicista Barry B. Powell e ilustrada por Joanna Lisowiec. El volumen acerca el poema a nuevos lectores mediante una cuidada propuesta visual que acompaña las aventuras de Odiseo, desde su enfrentamiento con Polifemo y Circe hasta el canto de las sirenas y el regreso a Ítaca. Muy distinta es la propuesta del dibujante italiano Milo Manara, cuya «Odisea» (Lumen) traslada el poema al lenguaje del cómic e introduce un cambio de perspectiva: el relato adquiere una nueva dimensión a través de Telémaco, el hijo que creció sin conocer a su padre y reconstruye sus hazañas escuchando el relato del centauro Quirón.
Pero esta recuperación de Homero no se limita a la ficción. Buena parte de las novedades parten de una pregunta que lleva siglos fascinando a historiadores y arqueólogos: ¿qué ocurrió realmente detrás del mito? Durante mucho tiempo, la guerra de Troya fue considerada una invención literaria hasta que las excavaciones arqueológicas demostraron la existencia de la ciudad. Desde entonces, el debate ya no gira en torno a si Troya fue real, sino a cuánto había de historia en los poemas homéricos. Esa es la cuestión que aborda «Homero y su Ilíada», del historiador británico Robin Lane Fox (Crítica, 2024), fruto de medio siglo de investigaciones sobre el origen del poema, la figura de Homero y el contexto histórico en que pudo componerse. En la misma línea se sitúa «De Troya a Roma. La historia tras el mito», de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio (Desperta Ferro), que sigue el itinerario simbólico que une la destrucción de Troya con el nacimiento de Roma a través de Eneas, combinando arqueología, historia y reconstrucciones visuales. Completa este recorrido «El mundo de Homero» (Crítica, 2015), de John Freely, un singular viaje por los escenarios de la «Ilíada» y la «Odisea» que muestra cómo paisaje, arqueología y literatura siguen iluminándose mutuamente.
Personajes secundarios
Si la tradición sitúa el conflicto hacia el 1180 a. C., algunos estudios recientes sostienen que formó parte de una crisis mucho mayor que afectó a todo el Mediterráneo oriental. En ese contexto resulta especialmente iluminadora la lectura de «1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó», del arqueólogo Eric H. Cline, libro con el que entender el final de la Edad del Bronce. Su propuesta sitúa la guerra de Troya dentro de un escenario marcado por conflictos, migraciones, sequías, terremotos, la ruptura de las redes comerciales y la irrupción de los llamados Pueblos del Mar, convirtiendo la caída de la ciudad en uno de los episodios de una transformación mucho más amplia del mundo antiguo.
La ola editorial también ha desplazado la mirada hacia personajes que la tradición épica relegó a un segundo plano. Durante siglos, Aquiles, Ulises o Héctor monopolizaron el relato, mientras figuras como Helena, Penélope o Telémaco permanecían definidas por su relación con los héroes. Esa tendencia comienza a invertirse en «La vida privada de Helena de Troya», la recuperación que La Fuga hace de la novela publicada por John Erskine en 1925. La acción se sitúa después de la guerra, cuando Helena regresa a Esparta y debe enfrentarse a una existencia mucho más compleja que la leyenda. Menelao, su hija y toda la sociedad continúan juzgándola, mientras la novela desplaza el interés desde la épica hacia la intimidad de una mujer obligada a convivir con las consecuencias de un relato escrito por otros.
Muy diferente es la propuesta de «El viaje de Ulises. Sabiduría de la “Odisea” para aquellos que buscan dominar su destino», de J. P. Graham (Roca). El libro convierte el itinerario del héroe en un conjunto de enseñanzas sobre liderazgo, toma de decisiones, incertidumbre y fortaleza de carácter. En lugar de analizar el poema desde una perspectiva histórica o filológica, Graham lo interpreta como un repertorio de experiencias humanas cuya vigencia trasciende el mundo antiguo. Por último, quizá el ejemplo más inesperado de esta expansión del universo homérico sea «Historia del pan. Un viaje desde la “Odisea” a las guerras del siglo XXI», de Gabriele Rosso (Barlin). El ensayo utiliza la «Odisea» como punto de partida de una historia cultural del pan y sigue su recorrido desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto hasta la actualidad para mostrar cómo un alimento cotidiano ha estado ligado a la religión, la organización social, la economía, las hambrunas, los conflictos políticos y, hoy, incluso a la geopolítica del trigo.
Es evidente que la adaptación cinematográfica ha contribuido a despertar el interés de los lectores y a favorecer la aparición de nuevas ediciones y ensayos. Sin embargo, reducir esta oleada editorial a una simple estrategia comercial sería simplificar demasiado, pues realmente siempre hay trabajos de trasfondo homérico. La «Odisea» ha atravesado casi tres milenios porque contiene algunos de los grandes interrogantes de la experiencia humana: el deseo de regresar y la imposibilidad de hacerlo siendo la misma persona; la inteligencia frente a la violencia; la hospitalidad y la extranjería; la memoria, la espera y la tentación de olvidar quiénes somos.
Publicado en La Razón, 15-VII-2026
El inicio de la tradición literaria occidental
Se publica, por parte de la editorial
Alianza, la traducción en prosa de Carlos García Gual de la «Odisea»,
acompañada por un estudio introductorio. Este gran helenista español propone
una lectura de esta obra como el texto que desplaza la épica desde el campo de
batalla hacia el viaje y la aventura. Frente a la «Ilíada», centrada en la
guerra de Troya, aquí aparecen nuevos escenarios, múltiples registros
narrativos y un protagonista mucho más complejo. Odiseo ya no es el héroe
definido por su fuerza física, sino por su inteligencia, su capacidad de
adaptación y esa «polytropía» que el traductor explica como la cualidad de
quien sabe desenvolverse entre toda clase de peligros y cambiar de estrategia
según las circunstancias. García Gual también analiza la cuidada estructura del
poema, dividida entre la «Telemaquia», las aventuras marinas y el regreso a
Ítaca, además de detenerse en la importancia del relato en primera persona, que
convierte a Odiseo en uno de los primeros grandes narradores de viajes de la
literatura. En suma, esta edición funciona como una auténtica guía de lectura
para comprender por qué la «Odisea» inauguró un nuevo modo de contar historias
y por qué su héroe resulta, todavía hoy, sorprendentemente moderno.