Veo ayer el cuarto partido de la eliminatoria Boston-Filadelfia. Los Sixers dando pena en la primera parte, los Celtics perdiendo estrepitosamente su ventaja y dejándose igualar a dos victorias la serie de semifinales de la conferencia este. En un momento dado, mi admirado Antoni Daimiel comenta algo de la ciudad de Filadelfia.
Para visitar uno o dos días no está
mal, afirma, y entonces recuerdo exactamente que pensé eso aquella vez, al caminar
por la avenida gigantesca que llevaba de la estación de tren al centro, hasta
que el calor me empujó a tomar el metro para acortar la distancia, al admirar
luego desde un autobús su gran arquitectura, sus paredes llenas de historia de
la nación americana.
Qué ocurre con algunos espacios, que parecen no acogerte de buen principio. A veces, uno pisa una ciudad nueva y enseguida siente que sus pasos pertenecen a su suelo, que podrá mirar a su cielo con confianza, y otras veces uno se siente extranjero doblemente de ciudades como si llevara una ropa demasiada apretada. Philly me dio esa sensación; mi interés se limitó a la maravillosa área del parque donde se asientan el Museo Rodin y el Museo de Arte, al lado de la estatua donde Rocky levanta perpetuamente los brazos.
Una gran ciudad en la que a media
tarde todo está cerrado, muerto, desapacible; sin el atractivo infinito de
Nueva York, sin la afabilidad de Boston, sin el encanto de Baltimore; allí uno iría
a estudiar –a las magníficas universidades de las localidades vecinas del
estado de Pensilvania– pero nunca viviría. O sólo cuando en la cancha de los
Sixers se pudiera hacer un viaje en el tiempo y ver los mates de Julius Erving,
los rebotes de Moses Malone, los driblings de Allen Iverson.