Este ejercicio de estilo que llevó al autor a volcarse en una difícil
escritura desde 1957 a 1960, así como a sufrir un gran sinsabor por la
frustración de verse rechazado por las editoriales, permaneció inédito durante
décadas hasta que salió a la luz el año pasado en París. Era la primera novela
de Georges Perec; un debut arriesgado, de gran autoexigencia y ambición
literaria, ya que elaboraba un relato en el que en la primera página ya se
presentaba el quid –el asesinato del artista Gaspard Winckler a un hombre
llamado Anatole Madera, gordo, feo y pesado, que le da órdenes y mira cómo
pinta hasta sacarle de quicio–, en el que usaba habitualmente la segunda
persona del singular como punto de vista narrativo y donde se explicaban las
contradicciones de un pintor enfrentado al hecho de creerse «el mayor falsario
“in the world”».
El profesor universitario y ensayista Claude Burgelin da los detalles de
la concepción y destino de este manuscrito hallado póstumamente y que precedió
al primer éxito de Perec, “Las cosas” (1965). Así, “El Condotiero” (traducción
de David Stacey) recibió varios títulos y sufrió varias rescrituras hasta que
Gallimard rechazó la obra, que había aceptado en primera instancia. Al forofo
de Perec le gustará este texto desconcertante y talentoso a partes iguales,
pero a otro tipo de lectores cansará el leitmotiv que se prolonga durante todo
el libro acerca de la copia de ese cuadro de Antonello da Messina que se exhibe
en el Louvre; desde el comienzo: “Madera está muerto. ¿Y qué?”, hasta el final:
“Maté a Madera y alardeo de ello, y lo reivindico”. Ese “y qué”, más la vanidad
asesina y la afirmación de que “la muerte, al fin y al cabo, no quiere decir
gran cosa”, sostienen bien la lectura, pero también la hacen algo monótona pese
a fragmentos de gran calidad técnica e irreprochable originalidad.
Publicado en La Razón, 14-II-2013