lunes, 25 de marzo de 2019

Una literatura universal


El mundo que conocemos hoy en día es plenamente literario; la literatura, acompañada de la tecnología que la haría haciendo posible en forma de libro, nos ha convertido en lo que somos en la actualidad, viene a decir Martin Puchner en “El poder de las historias” (traducción de Silvia Furió). Cuenta con un título y subtítulo –que reza “O cómo han cautivado al ser humano, de la Ilíada a Harry Potter”– comerciales ahora en español, pero en inglés ambas cosas eran más certeras y honestas con respecto al contenido: “El mundo escrito. El poder de las historias para dar forma a la población, la historia y la civilización”, podríamos decir. Porque esa es la tesis principal: no cómo ciertas narraciones y publicaciones nos han cautivado, como si se tratara de un mero entretenimiento, sino cómo nos han formado desde diversos puntos de vista y han marcado nuestra personalidad y memoria actuales.

Imaginemos por un instante un mundo sin literatura, comienza sugiriéndonos Puchner; algo realmente difícil, pues “nuestro sentido de la historia, del auge y caída de imperios y naciones, sería totalmente distinto y muchas de las ideas filosóficas y políticas nueva habrían visto la luz, porque la literatura que las originó no se habría escrito. Casi todos los credos religiosos desaparecerían junto con las escrituras que les dieron voz”. De modo que el hecho de que hace cuatro mil años apareciera lo que denominamos literatura ha venido conformando las existencias de los que han vivido, de los que vivimos y de los que vivirán en el planeta. Para demostrarlo, el autor se adentra en textos fundacionales: de religiones, de naciones, de géneros literarios, entendiendo que la historia literaria se desarrolló en cuatro fases.

La primera, nos dice, sería aquella formada por grupos de escribas que podían tener el control de los sistemas de escritura arcaica, y que recopilaban diversas narraciones, como “La epopeya de Gilgamesh”, la Biblia hebrea y la “Ilíada” y la “Odisea” homéricas; una segunda fase la protagonizarían “maestros carismáticos como Buda, Sócrates y Jesús, que denunciaron la preponderancia de los sacerdotes y escribas”; la tercera correspondería al advenimiento de los autores individuales, algunos de los cuales tuvieron la facultad visionaria de innovar en el mundo de las letras de manera trascendente, como en el caso de la japonesa Murasaki Shikibu, con su “Novela de Genji” (alrededor del año 1000) y Cervantes; y por el último, la cuarta estaría marcada por el uso globalizado del papel y la imprenta, que originaría un mundo caracterizado por la producción en masa y la alfabetización universales.

Viajes por el mundo

A partir de estas claras premisas, Puchner demuestra por qué pisamos un “mundo escrito”, y lo hace además no desde su mesa de la Universidad de Harvard, donde da clases, sino en forma andariega, con una curiosidad insaciable y sin ponerse límites geográficos en aras de urdir bien su investigación. Así las cosas, viaja a Beirut y Pekín, visita ruinas literarias en Troya y Chiapas, busca las huellas de Goethe en Sicilia, con el innovador concepto que acuñó, “literatura universal”, y consigue entrevistarse con Orhan Pamuk en Estambul y Derek Walcott en la caribeña Santa Lucía, para reflexionar sobre la literatura poscolonial. Todo para explicar, en efecto, el poder de la escritura y cómo esta ha transformado la Tierra. Por eso, da inicio a su libro desde una perspectiva que no puede ser más panorámica: con los astronautas del Apolo 8 que, en 1968, además de poder estudiar la superficie lunar a distancia y fotografiar nuestro planeta, se convirtieron en poetas improvisados al requerírseles que describieran oralmente a la base de Houston lo que estaban contemplando, para lo cual se apoyaron en la lectura de un extracto del “Génesis” bíblico. 

Porque, primero, vinieron las historias orales, y luego llegó ese instante de intersección del que surgió la literatura, a medida que iban evolucionando “las tecnologías creativas: el alfabeto, el papel, el libro y la imprenta”. “El poder de las historias”, de este modo, constituye un recorrido formidable, lleno de rigor y erudición tanto como de amenidad expositiva, por determinados momentos clave relacionados con la influencia de un texto concreto. Todo empieza con el libro de cabecera de Alejandro Magno, que tenía bajo su almohada un ejemplar de la “Ilíada”, “porque era el relato a través del cual contemplaba su propia campaña y su vida, un texto fundacional que cautivó la mente de un príncipe que no se detendría en la conquista del mundo”, y a ello le siguen una serie de capítulos a cuál más apasionante. Es el caso del dedicado a Gutenberg, mediante el cual se puede ir conociendo todo el proceso que llevó al inventor a realizar biblias para la Iglesia, y el consagrado a Benjamin Franklin, el impresor por antonomasia de la República de las Letras, lo llama el autor, y cuyas increíbles iniciativas cambiaron por completo el devenir del mundo escrito.

Publicado en La Razón, 14-III-2019