jueves, 27 de marzo de 2025

Publicación de "El amor por la muerte en la cultura germana. De Goethe a Günter Grass y del antisemitismo al Muro de Berlín"


Qué espléndido ha quedado este nuevo libro mío, ya a la venta, gracias a El Desvelo Ediciones: El amor por la muerte en la cultura germana. De Goethe a Günter Grass y del antisemitismo al Muro de Berlín

En el enlace del título se puede acceder a la imagen de cubierta, a la ficha con el contacto de prensa y demás datos, y a un extracto del contenido: el inicio de la introducción. A continuación, reproduzco el texto de contracubierta.

¿De dónde procede la querencia de los literatos alemanes por el morir? ¿Esa deleitación morbosa es algo propio de singularidades o impregna toda la cultura germana? Toni Montesinos responde a estas preguntas con una extensa relación de autores, vidas y obras que, abrumadoramente, ponen de relieve cómo la muerte preside la lengua alemana y ha marcado el devenir histórico de sus tierras. De este modo, el autor hace alarde de su maestría investigadora para ofrecer una historia de las letras alemanas, desde el siglo XVIII hasta el XXI, en que cuestiona a muchos de sus protagonistas, desmitificando biografías y libros, al tiempo que lleva al lector a ese imán social hacia el suicidio o el afán mortuorio en forma de guerras o exterminio de seres humanos. Y es que, como escribió George Clemenceau: «En la naturaleza de los hombres está el amar la vida. Alemania no practica este culto. En el alma alemana, en el arte, la filosofía y la literatura de este pueblo no se comprende lo que es verdaderamente la vida, lo que constituye su magia y su grandeza. Y hay en él una atracción morbosa y satánica por la muerte. Este pueblo ama la muerte».

PVP: 25,50 €
ISBN: 978-84-12950-94-6
Páginas: 496
Tamaño: 13,50 x 21 cm
Encuadernación: rústica con solapas
Publicación: 28/03/2025

miércoles, 26 de marzo de 2025

Entrevista capotiana a Francine Zapater

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Francine Zapater.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Bàgneres-de-Luchon, en el sur de Francia. Mi lugar favorito en el mundo, a orillas del rio Garona, rodeada de montañas, lagos, crêpes y cabinas de teléfono antiguas donde intercambiar libros gratis. 

¿Prefiere los animales a la gente? No sé si es una cuestión de preferencia, pero me siento más cómoda acariciando a un perro que entablando una conversación con otra persona. Aunque lo disimulo bastante bien.

¿Es usted cruel? Más bien sarcástica, pero intento controlarlo porque luego me arrepiento. No me gusta hacer daño gratuito a nadie, así que suelo usar el humor para encubrir alguna que otra puñalada cargada de sarcasmo. En el plano literario sí que soy muy cruel. A veces me sorprendo a mí misma de las maldades que invento sobre el papel.

¿Tiene muchos amigos? No. Soy una antisocial extrovertida. Un concepto extraño, lo sé, pero me define bastante bien y limita mis amistades. Me relaciono alegremente con todo el mundo, aunque con muy poca gente comparto mi tiempo y mi vida. Los amigos que tengo puedo contarlos con una sola mano y me sobran dedos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No soy buena buscando cualidades. En ocasiones he conocido a personas que no he soportado en un primer contacto y después han acabado siendo imprescindibles en mi vida. Al revés también me ha pasado. Conectar con alguien de una forma brutal y acabar en agua de borrajas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Una vez, hace muchos años, hubo una persona que consideraba amiga, de esas que tanto me cuesta tener en mi vida, que me decepcionó. Pero como de todo se aprende, desde entonces no le pongo el letrero de amigo a cualquiera ni tengo altas expectativas en aquellos que logran ganarse ese título.

¿Es usted una persona sincera? Me gustaría decir que sí, pero miento más veces de las que voy a reconocer. Muchas otras me muerdo la legua para evitar conflictos o bien recurro al humor para enmascarar una verdad. Es posible que la sinceridad no sea tan buena como la pintan. A veces bajo esa supuesta cualidad podemos ser muy crueles con los demás.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Como buena escritora leer es una de mis aficiones favoritas, pero no la única. Me encanta ir de excursión a la montaña, jugar al Cluedo o al Monopoli con mis hijos, tomar una cerveza bien fría con mi pareja sin mirar el reloj o grabar videos de humor para TikTok.

¿Qué le da más miedo? El fracaso y la falta de control, en cualquier aspecto de mi vida. Me aterra que las cosas no salgan como yo las tengo planeadas. Es algo en lo que estoy trabajando porque siento que limita mis posibilidades. Me encantaría ser capaz de soltar y dejar que la vida me sorprenda, pero me cuesta porque tengo miedo a que eso desemboque en fracaso.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la facilidad para hacer juicios ajenos que tenemos todos los seres humanos y esa obsesión insana por imponer nuestra verdad al resto como la única posible y aceptable.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Tener una pequeña librería donde montar pequeños clubs de lectura de cuatro o cinco personas e invitar a escritores y vender sus obras como si fueran propias. De hecho, es un futuro que no lo descarto.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Una cosa que llaman “caco” y que yo no tenía ni idea de que alguien le había puesto un nombre. Lo que viene a ser caminar y correr. Cuando me canso de correr, me pongo a caminar y vuelta a empezar. Por lo visto los que paramos para recuperar el aliento sin hacer kilómetros corriendo del tirón, estamos en esa categoría.

¿Sabe cocinar? Sí, y me encanta. Hasta me atrevo a cocinar recetas búlgaras para la alegría de mi marido que es de ese país. Aunque mi plato fuerte es el arroz meloso con rovellons y pollo. Una fantasía para el paladar.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? ¡Qué difícil elegir! Aunque a día de hoy escribiría sobre Pere Gil i Estalella. Un jesuita y calificador de la Santa Inquisición, que hizo uso de su cargo para defender a las mujeres que acusaban de brujería en el siglo XVII. Su historia me impactó cuando me documentaba para mi novela, y su coraje para enfrentarse a otros religiosos y defender su postura, también. Otro tema es que a esa revista le interesase la vida de este buen señor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Comprensión. Si conseguimos aceptar al otro, comprenderlo, sin querer cambiarlo, el mundo será un lugar mejor.

¿Y la más peligrosa? Razón. Todo el mundo quiere tenerla. Nadie está dispuesto a perderla y ha arrastrado a la humanidad a una infinidad de desgracias.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Solo en la ficción. Por fortuna nunca me he encontrado en una situación tan extrema como las que le provoco yo a mis personajes. En la vida real con alejar a las personas tóxicas de mi vida tengo suficiente. Cuando eso sucede, siempre me acuerdo del refrán: “tanta paz lleves como gloria dejas” y sería en sumun de mi venganza.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas, aunque no tengo una afinidad especial por un partido específico. En las ultimas tres elecciones, nunca he votado al mismo, pero siempre he votado a la izquierda.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No quiero ser otra cosa. Aunque estaría bien mejorar mi propia versión, con más seguridad en mí misma, más facilidad para dejarme llevar y sin síndrome de impostora. Y en el caso hipotético de que exista eso de la reencarnación, vivir la vida de mi perro no me parece mala idea.

¿Cuáles son sus vicios principales? Las películas románticas de navidad, esas super predecibles donde siempre está nevado y un milagro de Papá Noel lo arregla todo al final. La Nutella con pan que desayuno los domingos, pero que me comería todos los días y a todas horas. Y comprar nuevos libros, aunque tenga una pila de pendientes en la estantería de casa.

¿Y sus virtudes? Mi sentido del humor y mi empatía. Intento relativizar todo lo que puedo el malestar ajeno soltando chascarrillos hasta en situaciones difíciles. Si logro arrancarle una sonrisa a alguien que está triste me siento feliz. El único inconveniente es que al ser tan empática sufro mucho si, más allá de hacer reír a esa persona, no logro darle una solución real a su problema.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un amanecer en la montaña buscando setas con mi padre. Mi madre y yo bailando en el salón de casa. Las payasadas nocturnas de mi hermana mayor para dormirnos a mi otra hermana y a mí cuando éramos pequeñas. Las risas con mi familia hasta que nos duele la barriga. Los abrazos de mis hijos. El primer beso de mi marido en nuestra primera cita. Y como soy tan controladora y planificadora, aprovecharía esos últimos instantes de vida para ordenar cada una de las imágenes y reproducirlas en orden de mayor a menor intensidad emocional, no vaya a ser que fluyan desordenadas y además de ahogarme me dé un infarto.

T. M.

martes, 25 de marzo de 2025

Un artículo viajero sobre el hotel Le Méridien Barcelona



Desde hoy está disponible este artículo, en la sección de Viajes de La Razón, titulado "El estilazo de Le Méridien barcelonés", sobre este establecimiento pegado a las Ramblas tan magnífico.





lunes, 24 de marzo de 2025

Entrevista capotiana a David Fajardo Rodríguez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Fajardo Rodríguez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una cabaña alejada, llena de libros, cuadernos en blanco y muchos víveres.

¿Prefiere los animales a la gente? Ambos, amor y crueldad pueden convivir en esas dos dimensiones. Yo me quedo con el amor, provenga de donde provenga.

¿Es usted cruel? Prefiero definirme como justo, que es una virtud más alta que la bondad. Y en la justicia a veces uno es cruel con quien lo merece, y extremadamente bondadoso con quien corresponde.

¿Tiene muchos amigos? No. Cada vez me cuesta más hacer uso de esa palabra tan seria. Pocos, pero confiables y cercanos en principios y sensibilidades.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Profundidad y valores.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como restrinjo esa cota, pocas sorpresas me llevo, pero alguna decepción siempre llega en el viaje.

¿Es usted una persona sincera? Sí, me considero una persona sincera.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Familia, lectura y escritura. También ejerciendo el arte de no hacer absolutamente nada, asunto que, en estos tiempos de agresivo neoliberalismo productivo, está muy demonizado.

¿Qué le da más miedo? La ignorancia cuando se combina con el poder. Desgraciadamente, lo estamos viendo demasiado.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Nuestra capacidad para no aprender y reproducir errores.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Muy pocas personas pueden hacer de la escritura su medio de vida, es más bien un ejercicio de resistencia y supervivencia. Yo me dedico profesionalmente a la psicología, no elegiría nada distinto a lo que he hecho.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta el pádel, el yoga y caminar.

¿Sabe cocinar? No se me da mal, lo que me cuesta encontrar son el tiempo y las ganas.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Nicholas Winton. Me parece un ser extremadamente humano y valiente.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Luz.

¿Y la más peligrosa? Todas las que contemplen la capacidad de borrar el mundo: Guerras, genocidios…

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Por ahora no, aunque en algún poema me he llevado a alguien por delante.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Aquella que va de la mano de la justicia y la equidad. La que no juzga, la que comprende, aquella en la que todos tenemos espacio.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pianista, pero sin gloria. Un músico sombrío que toca para que otros tejan su vida mientras la música suena.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los libros.

¿Y sus virtudes? La escucha.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que serían cosas sencillas, escenas familiares, cotidianeidades varias. Nada trascendental.

T. M.

jueves, 20 de marzo de 2025

Un artículo viajero sobre el Hotel Almanac Barcelona

Desde hoy se puede leer, en la sección de Viajes de La Razón, mi artículo "La exquisita modernidad del Hotel Almanac Barcelona", sobre este establecimiento de cinco estrellas que es una auténtica maravilla en todos los sentidos.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Entrevista capotiana a Víctor Herrero de Miguel

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Víctor Herrero de Miguel.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Quizás es que vivo, allí donde en cada momento me toca vivir, como si fuera ese el único lugar, consciente de que allí está, al alcance, todo lo que a la vida le hace falta.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la personas que cuidan a los gatos. Como aquel verso de Borges que nombra como uno de los justos a quien acaricia a un animal dormido.

¿Es usted cruel? Sé que ninguno, en determinadas circunstancias, estamos libres de caer en la crueldad. Por eso, levanto bien alta la cerca y me protejo, para que no entren en mí esas bestias.

¿Tiene muchos amigos? Tengo amigos de muy profunda amistad. Y, en lo profundo, nunca hay masas.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Más que buscarla, he encontrado su capacidad de quererme sin hacerme igual a ellos. 

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Tengo la inmensa fortuna de no haber probado jamás esa hiel.

¿Es usted una persona sincera? Si dijera que no, resultaría que, al estar mintiendo, sí que lo soy.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Soy fraile franciscano, doy clases de literatura antigua y soy poeta. No tengo muy claras las fronteras entre el tiempo libre y otros tiempos.

¿Qué le da más miedo? Dañar. Dejar de agradecer. Volverme exigente o descuidado.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La delectación en el mal.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me encantaría haber sido jardinero o guarda forestal, pero entonces seguiría estando muy cerca de la poesía.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A diario camino unos diez kilómetros. De vez en cuando corro. Me gusta la montaña. Y estoy aprendiendo a estirar.

¿Sabe cocinar? Sé hacer lo necesario pero sé que no lo hago bien.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Francisco de Asís.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Umbral.

¿Y la más peligrosa? La que se emplea de forma absoluta: Dios, dinero, naturaleza, progreso, libertad, sexo, yo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero reconozco haber sido infectado por el virus de la indiferencia

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que conducen al encuentro, las que conceden tiempo a la gente, las que se centran en cuidar.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Podría decir que me gustaría ser jilguero, pero es mejor ser yo y seguir contemplando a los jilgueros. 

¿Cuáles son sus vicios principales? Si algo de verdad no me interesa lo más mínimo, carezco de capacidad de fingir.

¿Y sus virtudes? Saber leer, escuchar, contemplar.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Rostros de seres que amo.

T. M.

martes, 18 de marzo de 2025

Ir de museos a los Países Bajos sin salir de casa

En 2013 Ramón Andrés publicaba «El luthier de Delft», en que se estudió la música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza, es decir, durante el segundo tercio del siglo XVII. Para ello partía del análisis del cuadro de Carel Fabritius «Vista de Delft con el puesto de un vendedor de instrumentos musicales» (1652), y explicaba cómo en esta localidad holandesa sucedió la explosión de un polvorín que a todos sus habitantes afectaría en mayor o menor medida, incluida la casa de Vermeer, y cómo se fue configurando una pléyade de pintores y artesanos en todo el país que se interrelacionarían intensamente. Es el periodo de nuevas teorías sobre la perspectiva que atraen a pintores como Saenredam o Emanuel de Witte, de los cuales sabe mucho la escocesa Laura Cumming, crítica de arte en prensa escrita y autora de un libro sobre Velázquez.

En «Trueno. Una historia de arte, vida y muerte» (traducción de Sion Serra) cada `pintura observada cobra vida a partir, por ejemplo, de una visita a la National Gallery de Londres, con la que empieza el libro. Así, la autora rememora cómo de joven se sintió identificada con uno de los personajes de «Una vista de Delft», una percepción que justifica de la siguiente manera: «Las imágenes pueden apuntalarnos, recordarnos quiénes somos y qué representamos. La relación que cada uno de nosotros tenemos con ellas es tan singular que nadie puede negar nuestra experiencia. Lo que ves es lo que tú ves, solo tuyo y siempre fiel a ti, digan lo que digan los demás».

Realmente, es una oda al subjetivismo y a la moda imperante actual de destacar lo emocional como vara de medir el mundo en vez de un camino de análisis y conocimientos científicos. Este enfoque personalista sigue hasta ver cómo la autora tiene una especial querencia por el arte neerlandés, por una anécdota familiar, pero en todo caso es un buen trabajo para conocer más a Fabritius, «un joven de un sombrío atractivo»; pero también para fijarnos en detalles de la obra de pintores como Rembrandt u otros menos conocidos como Hendrick Avercamp, cuyos «cuadros muestran un mundo helado».

Publicado en La Razón, 7-XII-2024

lunes, 17 de marzo de 2025

Entrevista capotiana a Álvaro Guijarro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Álvaro Guijarro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? San Vicente de la Barquera (Cantabria), aunque es duro en invierno. Mi madre empezó a ir con mis hermanos y conmigo cuando yo tenía 14 años, y desde entonces. Aprendería a jugar bolos cántabros, me conocerían en la lonja y sabría diferenciar las mareas. Si ese lugar, por el contrario, fuera un lugar metafísico, y eligiera el fuego, como Jean Cocteau cuando le preguntaron qué salvaría de un incendio, tal como canta la banda Migala, no saldría nunca de mi intimidad.

¿Prefiere los animales a la gente? Trabajé algunos años en el Museo de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y fue una experiencia mágica, si bien esos animales estaban disecados/naturalizados. Ya en vivo, tengo una gata carey que se llama K., ahora que ha sido el aniversario de Kafka, y que ha aprendido mucho desde que salió de un antro en la Sierra, del cual me pidieron que no compartiera las señas, para que la gente no llevara gatos allí. Desde luego, a esa gente no la elegiría. Todo el mundo es todo el mundo, etc.

¿Es usted cruel? No, claro que no y oficialmente. De hecho, la crueldad es una de las cualidades humanas que más temo. En perspectiva, parece el resultado de lo aprendido allí, en el Infierno, cuando no se transforma en algo más común como la burla, la ridiculización o el ataque al más débil, hacia los que los crueles se enemistan.

¿Tiene muchos amigos? Tantos como para sentir que el camino ha sido suficiente, o los caminos. Por épocas o etapas, tengo amistades de veinte años y otras de los últimos meses. Y, en algún momento malo, ha sido un hecho que había amigos, y además buenos. Los amigos son un milagro; el tesoro que retornara siempre a nosotros. Suelo dedicar una parte de la tarde-noche a hacerles llamadas, todavía en analógico.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Ternura, empatía, sentido del humor…, y un alto sentido de la conversación. Me gusta admirar el carisma de mis amigos, su bienestar, todo lo que se merecen. Quedarme impactado en una silla ante lo que acaba de decir X, hacer Y, y seguir y actuar como si nada. ¡Como si esa belleza fuese habitual, presente, cotidiana!

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, y los que me decepcionaron me hicieron entender que no eran tan amigos míos.

¿Es usted una persona sincera? El «yo» que escogí es confesional, pero sin mentir, está bien tener algún secreto, lo que no evita seguir siendo sincero. De todas formas, máscara y persona se atan por algo. Dicho esto, una cosa es la literatura y otra la vida, por mucho que algunos confundan hasta lo literal lo que expresa un yo en una página impresa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pasear todo lo que puedo y pensar ahí, en esa libertad, e ir a la matinal en los cines Verdi, cuando es posible. Aprovechar el día desde temprano, leer, escribir y trabajar y que el trabajo no me embrutezca; más los afectos. Y tengo una relación especial con la ciudad, que bien mirado, es el origen de la Modernidad: la del sujeto en ese escenario, con sus imágenes, ritos y correspondencias. De ahí al situacionismo y la deriva hay un paso, y más hoy en día.

¿Qué le da más miedo? El verme absorbido por el propio miedo, que muchas veces es irracional. Lo irracional apoderándose de lo racional, sin que haya nada que pueda pelear contra esa naturaleza neta. Y el señalamiento y la humillación de mis acciones.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El propio escándalo, que es una suspensión del tiempo donde todo es presente.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Hubiera sido fotógrafo (aunque también lo soy, en menor medida que escritor). Arte fundacional, es un lenguaje que aprendí antes incluso que el de la escritura y que siempre me ha acompañado, pero no le he dedicado el tiempo necesario como para poder ponerlo en primer plano. En él, decir «memoria», «abismo», «vitalidad» es mucho más difícil, aunque parta de lo real-real, que con palabras.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? El del paseo, como Robert Walser, con el que comparto además otras cuantas cosas personales. O al menos ahora, como que lo pequeño es grande y viceversa.

¿Sabe cocinar? El cuestionario se pone técnico. La respuesta es «sí», pero no soy ningún virtuoso, aunque tengo platos a-los-que-vuelvo, como pasa con El Quijote.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sylvia Plath, y a todos los niveles. Del humano al literario al celestial.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Sabiduría.
¿Y la más peligrosa? Violencia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Prometo que no, y lo juraría, pero no me gusta la connotación del juramento.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Una izquierda leída por algunas de las vanguardias del siglo XX, o bajo su actitud. Tengo también amigos anarquistas, hacia los que siento cercanía. En general, más partidario de la justicia social, la igualdad y unas condiciones de vida dignas para todos que partidista de partidos, que me han conducido a cierto desencanto. A la política he llegado yo por vías profundas, verdaderas, de papel en sociedad.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? El que aún no soy, pero seré.

¿Cuáles son sus vicios principales? El tabaco, principalmente. Aunque mi amigo Nico fumó todo lo que pudo hasta los 30 y luego se quitó: ésa fue la promesa que él mismo se hizo, ¿no es brillante? También bebo mucho café con leche, y soy perfeccionista hasta la médula.

¿Y sus virtudes? Que lo digan otros.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Pensaría en mi madre, que sufrió más de lo debido y me entregó un testamento abstracto. No me atrevería a pedir un mondadientes como Alfred Jarry, o tal vez sí, si hubiera alguien conmigo. Pensaría en que lo hice, aquí, de la mejor manera, y me acordaría de los días enamorados, de las fiestas, de los vínculos que vinimos a trazar. Y cuando mi cuerpo tocara la arena, pensaría que eso es el Más Allá.

T. M.

domingo, 16 de marzo de 2025

Irse “a la Cochinchina” hasta Borneo y Camboya

El vasto mundo de los dichos populares nos dice que «irse a la Cochinchina», o referirse a alguna cosa que «está en la Cochinchina», es sinónimo de aludir a un sitio tan desconocido como lejano. Lo explica así la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA): «Uno se puede ir de viaje lejos. Luego puede irse de viaje más lejos aún. Pero sólo cuando se ha ido a la Cochinchina el interlocutor entenderá que está realmente en un sitio tan raro y lejano como para no seguir preguntando más».

Todo el mundo asentirá tras leer esta definición, pero tal vez pocos sabrán que el nombre de Cochinchina (o Conchinchina, no se sabe cuándo ni por qué se le añadió una ene) es hoy el sur de Vietnam y, mucho menos, que España tuvo una relación directa con la zona al apoyar la iniciativa de Francia de anexionar ese territorio, en el delta del río Mekong y llamado originalmente Annam, que los galos rebautizaron como Cochinchine. En un año muy reciente, un libro escrito por un militar que presenció todo aquello —fue segundo jefe de las tropas españolas destinadas en esa zona, de 1858 a 1863— y que se publicaría en Cartagena en 1869, el mariscal de campo Carlos Palanca Gutiérrez, titulado Reseña histórica de la expedición de Cochinchina (Miraguano, 2015) reavivó ese episodio prácticamente olvidado.

Tal olvido era denunciado por Alejandro Campoy Fernández, oficial del Ejército de Tierra en activo, en una breve pero muy completa nota al comienzo del extenso volumen, dado que semejante y exótica expedición apenas está reflejada en los libros de estudios secundarios; se dedica, como mucho, «algún párrafo a esta hazaña bélica que desgarró la vida de más de mil españoles en tierras ajenas y hostiles y que no tiene la conmemoración histórica que a todas luces merece».

Pero ¿de dónde partió la decisión de que las tropas españolas alcanzaran una región tan lejana, tanto en lo geográfico como en lo que respecta a sus intereses políticos o económicos por aquel entonces, como el Reino de Annam durante la segunda mitad del siglo XIX y que, asimismo, iba a constituir el comienzo de la colonización gala de Indochina? Campoy lo resume del siguiente modo: «La participación de España en la guerra de la Cochinchina es consecuencia del compromiso internacional que adquirió nuestro país con la firma del Tratado de la cuádruple Alianza compuesta por Gran Bretaña, Portugal y Francia. Las ambiciones mercantiles y comerciales de este último país demandaron la colaboración del nuestro y requirió la cooperación de un contingente español acuartelado en Filipinas, compuesto por más de 1.500 soldados españoles y tagalos».

 

Ir más allá


Fue un acto valiente aquel, como lo refleja el hecho de que durante seis meses varias docenas de soldados españoles en Saigón resistieran tenazmente las embestidas del enemigo, a la espera de que llegaran refuerzos franceses, y un acto sacrificado sin rédito alguno de ninguna clase; de hecho, el resultado sería sangriento por el número de bajas sufridas, que se añadirían a los asesinatos previos de diversos misioneros españoles por orden de los mandarines locales. Al fin, se firmó un tratado en 1862, entre Francia, España y el Reino de Annam, por el que Francia recibía varias provincias annamitas y España, una indemnización de guerra por su participación en un conflicto bélico que había empezado en 1858.


Pues bien, el libro que presentamos a continuación tiene mucho de este ejemplo de Cochinchina: «Conquistas prohibidas: Españoles en Borneo y Camboya durante el siglo XVI», es decir, se trata de un texto por completo desconocido y reproduce, por decirlo con el subtítulo, las «relaciones de viaje, memoriales y breve y verdadera relación de los sucesos del reino de Camboya de fray Gabriel de San Antonio». Una historia, así las cosas, de conquistas, poder y dominio, sobre, también, la aventura española en ultramar que ha editado el académico Juan Gil, que destaca nada más empezar que «a nadie se le oculta que el ímpetu conquistador de los españoles», puesto que, «lejos de detenerse en las islas llamadas Filipinas en honor de Felipe II, hizo suyo el emblema de Carlos I, Plus ultra, y quiso ir más allá, sometiendo a su dominio las islas y tierras comarcanas».


La mirada histórica y filológica de Gil quedó reflejada en el hecho de que fue asesor del Pabellón del Siglo XV de la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Este catedrático de Filología Latina de la Universidad de Sevilla, y licenciado en Filosofía y Letras, además de catedrático de instituto, profesor de Filología Latina de la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de esa misma especialidad en la Universidad de Sevilla, ha sido pionero de los estudios del latín medieval en España, con trabajos sobre el latín de los visigodos y los mozárabes, y entre sus especialidades destaca la especial atención a la historia de Cristóbal Colón en tres libros. En resumidas cuentas, estamos ante un experto en los asuntos que presenta en «Conquistas prohibidas», en que se centra en las expediciones militares enviadas a Borneo y a Camboya.


Estas fueron auspiciadas por sendos gobernadores, Francisco de Sande y Luis Pérez das Mariñas, en un contexto en que la religión tenía una trascendencia social y diplomática absolutas. De esta manera, Sande «exigió al sultán de Brunei que prohibiese en sus dominios la enseñanza del Corán. En definitiva, “la predicación del Evangelio” fue “el designio principal de Vuestra Majestad y de sus católicos antecesores”, como Guido de Lavezaris [maestre de Campo y Contador de la Armada que descubrió las Islas del Poniente, en Filipinas] recordó al rey el 25 de julio de 1567». Pero Felipe II no necesitaría tales indicaciones, pues él mismo explicó, prosigue relatando Gil, «el motivo que lo impulsaba a prolongar sus dominios por el Sureste asiático.


Un imposible imperio asiático

Las instrucciones del monarca, dirigidas a Francisco Tello, el gobernador entrante de Filipinas, versaban sobre esta y «otras islas de aquel gran archipiélago, cuya latitud tiene más de 900 leguas y más de 500 de longitud, sin los grandes reinos circunvecinos de que están rodeadas las dichas islas de tierra firme: China, Cochinchina, Champá, Camboya, Sian, Patán y otros». Y en efecto, esta busca de dominar el mundo procedía de «un purísimo y filantrópico deseo: la salvación de unas almas, que, ciegas por la idolatría están, consecuentemente, condenadas al fuego del infierno». Así, Felipe II se veía impelido a extender «lo más posible su poderío por el universo mundo: la razón por la que se permitió avizorar ya la cristianización —es decir, la sumisión— de los reinos vecinos a las islas Filipinas».

El problema es que esta ideología tan «buenista», como se diría ahora, derivó en abusos de todo tipo en esta empresa imperialista-religiosa. En todo caso, en el libro se habla de Sande (que venció, al sultán de Brunéi) y Pérez das Mariñas (que lideró la segunda campaña), pero también de los testimonios de los soldados, como Juan Juárez Gallinato o Miguel de Jaque, más los de diversos religiosos que vieron cómo los españoles intentaron conquistar Camboya y Borneo. Sobre todo, el lector conocerá la figura de fray Gabriel de San Antonio, si bien escribió sobre determinados hechos sin haberlos presenciado en persona. Fue al volver de Filipinas cuando este fraile publicó en Valladolid la “Breve y verdadera relación de los sucesos del reino de Camboya” (1604).

Se trataba de construir un imperio, similar al americano, desde la base filipina, en tierras asiáticas, pero este tipo de iniciativas no acabaron de cristalizar, dentro además de un ambiente bélico generalizado en la zona, dado que durante todo el siglo XVI, refiere el editor, además de la amenazadora intimidación de los piratas chinos y el afán expansionista de Portugal y Japón, los reinos de Pegú, Arakán, Siam, Laos, Champá y Camboya estaban fuertemente enfrentados, hasta que la victoria de Siam hizo que Camboya quedara destruida. En este embrollo guerrero el plan español era apoyar al rey camboyés, que se supone que quería pasarse a la fe católica, pero se fracasa en el intento, y además con el agravante de que los soldados españoles debieron huir en condiciones espantosas, sufriendo sed y hambre, hasta que pudieron alcanzar el Mekong y luego, por medio de naves, llegar al comienzo de la salvación tras una aventura tan ambiciosa como estéril, y pisar la Cochinchina.

Publicado en La Razón, 1-XII-2024

sábado, 15 de marzo de 2025

Entrevista capotiana a María Ovelar

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Ovelar.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Sin duda, una isla; el mar salvaje en invierno, tranquilo en verano, con hamacas en los pinares, robledales en las colinas y cardúmenes entre arrecifes. Abundarían las bibliotecas y librerías, los centros comunitarios, las residencias artísticas, la comida sabrosa, la gente y los animales.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué gente. Tengo fe en el ser humano, pero los gatos nunca me defraudan.

¿Es usted cruel? Intento no serlo, pero la escritura tiene algo de disección, y eso puede ser cruel.

¿Tiene muchos amigos? Tengo la suerte de tener unas amigas y amigos maravillosos, una familia elegida que crece y se nutre a cada paso.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La bondad, el sentido del humor, la parresia, el entusiasmo, la pasión.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Pero debemos aprender que muchas veces no son ellos los que decepcionan, sino nosotros los que nos sentimos desilusionados tras imponerles el yugo de la expectativa.

¿Es usted una persona sincera? Sí, mucho. Ya lo dijo Pessoa, "El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente". Y estoy más con él que con Platón, que en La República, expulsaba a los poetas de su ciudad ideal porque consideraba que eran mentirosos y manipulaban las emociones del pueblo con sus ficciones. Pero hay una gran verdad en la mentira de los poetas.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, haciendo el amor, visitando exposiciones, viajando, acariciando a Totoro, mi gato.

¿Qué le da más miedo? Dormirme y despertarme en una oficina gris atrapada en un relato de Kafka sin final.  

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Un mundo sin poesía, sin reflexión, sin amistad, sin amor. La guerra, la violencia (contra todo ser vivo).

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me resisto a pensar que solo los llamados artistas son creativos, todo ser es un artista, todos creamos. Hay muchas profesiones que me fascinan, la arquitectura, la arqueología, la restauración… 

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí: practico yoga, corro, nado. Y bailo mucho. Adoro bailar.

¿Sabe cocinar? Sí, aunque no siempre encuentro el tiempo para hacerlo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A cualquiera de las mujeres anónimas que cocinaron, lavaron la ropa de sus maridos e hijos, plancharon camisas mientras urdían un plan para escapar de la dominación.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Guerra.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero en la ficción he matado ya a mucha gente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Antifascista, anticapitalista, antirracista. De izquierdas. Feminista.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pintora y escultora.

¿Cuáles son sus vicios principales? La nostalgia y el perfeccionismo.

¿Y sus virtudes? La curiosidad, la pasión, la perseverancia, la capacidad de asombro, la paciencia.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un atardecer con mi amigo Chuchi y una cerveza en Famara (Lanzarote), la sonrisa de mi madre al verme disfrutar de sus canelones, la mirada de mi padre en el crepúsculo lento de Villaescusa, el instante antes de besar a Eros, yo recitando Contención mecánica en frente del Ministerio de Salud; Totoro persiguiendo un fantasma debajo de una sábana en mi cuarto, mi amiga Sara tocando el piano, Notre Dame de Paris cuando corrí la medio maratón…

T. M.