sábado, 3 de julio de 2010

Mi biblioteca de libros de memorias: IV

Casa-museo de Neruda, La Chascona, Santiago de Chile
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PABLO NERUDA
Confieso que he vivido
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Hace frío. Es el otoño de 1993. En una de las plazas de Alcalá de Henares, donde se celebra una pequeña feria del libro, el joven adquiere un tomo grande en oferta. Uno de los poetas que mejor le hablan de su propia soledad, de la sinrazón que se adueña de la existencia como si todas las brújulas estuvieran rotas, Pablo Neruda, se le aparece también como un prosista fabuloso: “Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Éste nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época”, afirma en la nota inicial. Cinco otoños después, al publicar su primer poemario, justo al aterrizar en el aeropuerto de Caracas para visitar otra feria del libro, el joven sentirá lo que Neruda recuerda cuando vio editado su inaugural Crepusculario: “Ese minuto está presente una sola vez en la vida del poeta”.
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La tierra chilena salvaje, la bohemia paupérrima, el desamor, el viaje a Oriente como diplomático –semilla biográfica para Residencia en la tierra–, la Guerra Civil Española, las travesuras con García Lorca, las charlas en París con Vallejo, la conexión comunista y la persecución política con la subsiguiente fuga a caballo atravesando toda Sudamérica... Confieso que he vivido es el camino para entender la situación cambiante del poeta en el tormentoso siglo XX; cómo, tocado por un romanticismo simbólico, el escritor comprometido con su arte y con el prójimo se adentra en la vanguardia, dejando que en sus versos penetre la tragedia del mundo.