lunes, 1 de agosto de 2011

Inocencia interrumpida


En uno de los ensayos de Enormes minucias (editorial Renacimiento), un G. K. Chesterton en estado de gracia –es decir, el de siempre–, cuenta cómo un día, hojeando novelas contemporáneas, no pudo por menos que fijarse en un libro cuya novedad siempre estaba latente: los cuentos de Grimm. Dichas novelas, todas ellas con títulos pseudomisteriosos y realistas, le parecían pura falsedad al lado de historias como «La abuela del dragón». Por fin algo comprensible y lógico, pensó el escritor, que en otro lugar dejó dicho: «La esencia del país de las hadas es ésta: se trata de un país cuyas leyes nos son desconocidas. Peculiaridad que comparte con el universo en que vivimos».


He aquí tal vez la explicación de por qué tantos relatos extraídos del folclore –en el caso de «Blancanieves», las primeras fuentes datan del siglo XVI– han alcanzado una celebridad imperecedera e inspiran recreaciones generación tras generación. Los hermanos Grimm conocían el poder de lo moral insertado en lo imaginario cuando publicaron el cuento en 1812; después, los estudios culturales restringieron su obra al ámbito infantil, pero la realidad nos dice que su público verdadero es el adulto. Al niño le sobra fe en lo imposible; al mayor le falta tiempo para soñar con la seriedad de sus hijos, pero una nueva versión de un cuento de hadas le recuerda que aún su alma no ha crecido lo suficiente para abandonar la inocencia.

Publicado en La Razón, 27-VII-2011