jueves, 22 de septiembre de 2011

Criminales a su pesar




Buena parte de los creadores estadounidenses de novela negra del último tercio del siglo XX parecen tener una deuda con George Vincent Higgins. Entre otros, Elmore Leonard, John Grisham y Norman Mailer saludaron la escritura del libro Los amigos de Eddie Coyle (1970) como si esta pequeña gran novela hubiera refundado el género policiaco. Y no es para menos, cabe decir a tenor de lo leído gracias a la traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté, pues con solamente treinta años, este escritor originario de un pueblo de Massachusetts, abogado de profesión y profesor en un par de universidades bostonianas, alcanzó uno de esos debuts literarios soñados.

Tan contundente fue su éxito, que al cabo de tres años Peter Yates llevó al cine esta historia sobre un «delincuente de poca monta» (página 91) que juega a dos bandas, relacionándose tanto con maleantes ansiosos por comerciar con ametralladoras como con la policía. La película, que en español se tituló El confidente, estuvo protagonizada por Robert Mitchum y dejó una gran impronta en artistas del celuloide tan diferentes como David Mamet o Quentin Tarantino. Es en este último tal vez donde más se aprecia el influjo de George V. Higgins.

Porque lo más característico de Los amigos de Eddie Coyle son sus diálogos, tan destacados por el prologuista, Dennis Lehane –el autor de Mystic River, también de trasfondo bostoniano–, que presentan personajes calmados, casi indiferentes pese a tratar con armas o ejecutar acciones violentas, y que son capaces de intercambiar opiniones sobre las cosas más banales mientras preparan el siguiente golpe. Casi diría que los criminales de Higgins lo son muy a su pesar, como si no tuvieran más remedio. El tono indolente de los personajes es un soberbio hallazgo literario que, según Lehane, Higgins no pudo superar en el resto de sus obras, casi una treintena. La suerte es que ya contamos con la primera y mejor de ellas.

Publicado en La Razón, 22-IX-2011