viernes, 24 de abril de 2015

Entrevista capotiana a Javier Vela

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Vela.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El patio ajedrezado de mi niñez —mágico, luminoso, andalucísimo—, en torno al que se articulaba la casa de mis abuelos. Una palmera, un pozo, plantas de toda especie, cal, hormigas. Era el paraíso.
¿Prefiere los animales a la gente?
A la hora de la siesta, decididamente sí.
¿Es usted cruel?
Solo conmigo mismo.
¿Tiene muchos amigos?
No. Conozco a mucha gente, pero amigos, amigos, tengo más bien pocos, aunque son todos muy guapos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Autenticidad, talento, entusiasmo y sentido del humor.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Hasta la fecha, no.
¿Es usted una persona sincera? 
Si le dijera que sí, le mentiría.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Paseando por la playa o el campo, leyendo y escribiendo. En ese orden.
¿Qué le da más miedo?
Que la gente que quiero desaparezca. No sé cómo afrontarlo. Suelo huir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La petulancia de los escritores que han hecho de sus redes y perfiles sociales un triste felatorio virtual.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Cultivar una pequeña porción de tierra, lo que no deja de ser una actividad gozosamente creativa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Juego al fútbol cada semana. En verano, suelo ir con frecuencia a nadar.
¿Sabe cocinar?
Diría más bien que hay ciertos platos que no se me dan mal: los arroces, la tortilla española con cebolla confitada, los pescados al horno, el salmorejo, las pastas. Me gusta mucho cocinar con Amara.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Sin duda, a Nancy Cunard.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Juego.
¿Y la más peligrosa?
Yo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
En el marco de algún sueño angustioso, sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Creo en la gestión pública de los recursos y las infraestructuras (aunque no en sus actuales gestores); en la potencialidad creativa de las personas frente a los sistemas de producción; en las relaciones de trabajo no jerarquizadas; en el sentido común.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Niño.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los que acontecen en horizontal.
¿Y sus virtudes?
Puede que el optimismo y la paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Quizá algo parecido a lo que he escrito en un libro reciente, hasta la fecha inédito: «Somos entre la niebla nuestro propio enemigo, vemos mal, somos torpes, fingimos ser filósofos con manos de joyeros y urdimos telarañas, metáforas y estrellas para cruzar el río de lo real. Un día nos uniremos en la orilla de donde no se vuelve, bajo el auspicio de los centinelas, y pasearemos juntos entre blandas palmeras faraónicas, y compareceremos en fiestas submarinas, y nadie faltará».

T. M.