sábado, 10 de marzo de 2018

El culpable de «Ulises»


Cuenta Richard Ellmann, en su gloriosa biografía de James Joyce, que un día de 1903, éste decidió ir de París a Tours a escuchar a un famoso tenor que actuaba en la catedral: «Cuando iba de camino tomó en un quiosco de estación de ferrocarril un libro de Édouard Dujardin, que él sabía que era amigo de George Moore», otro escritor irlandés antaño de solera. La obra se titulaba «Les lauriers sont coupés» y su lectura sería determinante para la escritura de «Ulises», pues presentaba la técnica del monólogo interior, o, como lo define el biógrafo estadounidense, «un soliloquio sin ninguna intromisión por parte del autor», un acto de «autocreación por parte del protagonista» que usará la vida de la mente, en una mezcla de lirismo y prosa, para contar lo que le ocurre durante seis horas.

Marta Cerezales Laforet, que ya había ofrecido en El Desvelo una antología de cuentistas franceses decimonónicos, «Estampas de mujer» (2016), se encarga ahora de prologar y traducir «Han cortado los laureles», publicado por entregas en 1887 y que acabaría constituyendo su obra más recordada. En buena parte, gracias al propio Joyce, que siempre reconoció esa deuda estilística, lo que le sirvió para contradecir a amigos y críticos que pensaban que la idea la había tomado de Freud. Más en concreto, le dijo a Valery Larbaud, que se interesó por los planes del «Ulysses» en 1921, que el lector queda instalado «en el pensamiento del personaje principal, y el desarrollo ininterrumpido de ese pensamiento, al sustituir la forma corriente de narración, nos da lo que el personaje hace o lo que le ocurre».

Y lo que hace el joven estudiante de Derecho Daniel Prince es moverse según de sus deseos amorosos (está enamorado de una actriz) una tarde cualquiera: «...Es hoy, es aquí; el reloj da la hora; y a mi alrededor, la vida; la hora, el lugar, una tarde de abril, París, un atardecer claro con puesta de sol, los monótonos ruidos, las casas blancas, los follajes de sombras; la tarde más suave, y la alegría de ser alguien, de ir; las calles y las multitudes, y, en el aire lejanamente disperso, el cielo...». Obra adscrita al simbolismo, experimental, de frases cortas, tomadas de la más objetiva realidad –la realidad que ven los ojos de Daniel al entrar en un restaurante o en casa de un amigo–, que Larbaud y Joyce auparon para que desde su inadvertencia se convirtiera en uno de los textos fundadores de la nueva literatura. Porque, en verdad, estos laureles, como dijo el irlandés al propio Dujardin, son de hoja perenne, y se leen hoy con jugosa curiosidad, asombrados de cómo el flujo de conciencia humano puede llevarse tan genialmente a la palabra escrita.

Publicado en La Razón, 8-III-2018