domingo, 21 de octubre de 2018

Amor-odio a Rusia


Una cita del poeta Alexandr Blok, que sirve de epígrafe para esta novela de Serguéi Dovlátov, “Incluso así, Rusia mía, eres mi tierra más querida”, refleja bien a las claras la relación de amor-odio del autor hacia un país que le puso las cosas tan difíciles que hubo de exiliarse. “La maleta” (traducción de Justo E. Vasco) empieza realmente bien, en una evocación del Departamento de Visas y Registro, el organismo policial encargado de los tramites de salida al extranjero de los ciudadanos soviéticos, cuando el escritor hacía los trámites para irse de tierras rusas. Es un delirante mediante el cual el autor borra todo rastro de dramatismo en torno a la obligatoriedad de sólo poder llevarse un equipaje mínimo una vez cruce la frontera.

La maleta que lo acompañaría en su salida y que contenía algo de ropa y poco más sirve de presencia continua, simbólica, sobre la pobreza y esperpento comunista que se vivió en la URSS; Dovlátov escribió este libro después de llevar viviendo en Estados Unidos diez años, y en él irá rememorando episodios de su vida, desde sus andanzas cuando era estudiante en la Universidad de Leningrado, tenía una novia que estaba en contacto con gentes cultas y sofisticadas y había de subsistir por medio de todo tipo de peripecias que acababan en diversos trapicheos que jamás eran como se preveía. Así, la alocada historia de cómo robó los botines al alcalde, o su situación en casa, pues su mujer le reprocha que es tan perezoso que ni siquiera se molesta en abandonarla, se cuentan con gracia y desparpajo en una prosa que probablemente para ciertos lectores sea un mero cúmulo de anécdotas biógrafas.

Fondo autobiográfico

Lo que pasa es que tales anécdotas retratan muy bien una época, como la de los años sesenta, cuando Dovlátov trabajaba en la redacción de un periódico, o como cuando se despertó borracho en un hospital, siendo miembro del ejército soviético después de una etapa como boxeador profesional. Toda esta andadura tan particular tiene etapas tan decisivas para su escritura como la experiencia de ser guardián de un campo de prisioneros en Komi, su traslado, en los años setenta, a Estonia, donde intenta convertirse en escritor, aunque el KGB le confisque algunas de sus obras, o su trabajo como guía turístico en el museo Pushkin. Todas estas experiencias le inspirarán cada uno de sus libros, siempre con trasfondo autobiográfico, y su perseverancia hará que éstos lleguen a Estados Unidos microfilmados y transportados por algunos amigos. Allí, gracias a su viejo amigo Joseph Brodsky, colaborará con “The New Yorker y llegará a ser redactor jefe del periódico ruso “The New American”, y por fin se hará un nombre como narrador mientras en su tierra se le ninguneaba.

Publicado en La Razón, 18-X-2018