sábado, 5 de enero de 2019

Transición, divino tesoro


En el año 2016, la revista “Turia” dedicaba un cartapacio a José María Conget, un homenaje que rendía tributo al excelso nivel artístico, insuperable en la narrativa española de los últimos lustros, de este trotamundos –Glasgow, Lima, Londres, Nueva York, París, entre otras, han contemplado sus tareas como profesor o impulsor de actividades culturales del Instituto Cervantes– que recibió el Premio de las Letras Aragonesas en 2007 y suele alternar libros de cuentos con novelas. Su estilo innovador, su ritmo novelesco, su originalidad en el punto de vista narrativo, su continuo desafío de sorprender, de hacer melancolía y humor de sí mismo, de toda una generación, son lecciones de primer orden en todos sus libros de ficción, entre los que se cuelan algunos otros de campos en los que es un especialista consumado, como el del cómic y el cine.

Hay dos cosas que se respiran cuando se lee al autor zaragozano: primero, el asombro por encontrar en cada página hallazgos expresivos maravillosos, tan sobrios como brillantes, en medio de tramas atractivas desde la primera frase; y segundo, los temas que va explorando el escritor sucesivamente y que son sus señas de identidad: la vida provinciana española y la vida en el extranjero, a veces la autobiografía de José María Conget convertida en tema literario. Y como en sus libros más recientes, los espléndidos volúmenes de cuentos “La ciudad desplazada” (2010), “La mujer que vigilaba los Vermeer” (2103) y “Confesión general” (2017), más la magistral novela “La bella cubana”, en esta “El mirlo burlón” vemos de nuevo a un Conget en estado de gracia; y así, conocemos, a través de esos elementos tan suyos –la transcripción del pensamiento y las charlas de los personajes sin diálogos convencionales, la importancia del sexo, la inseguridad profunda, el recuerdo familiar–, una temida y a la vez esperada reunión de viejos alumnos de un jesuita convertido con los años en una autoridad mundial en teología.

A las primeras de cambio, incluso ya sabemos cómo va a acabar la historia en cierto sentido, pero ese avance en el argumento aún hace más interesante e intenso todo lo que va a ocurrir: el pasado de ese grupo de jóvenes (tres chicos y una chica, idealizada y deseada) que representan aquellos años de represión franquista y exacerbación cultural con la que dar salida a la sempiterna frustración. Todo, como sugiere el título, de resonancias comuneras francesa, será un “ubi sunt” que, como en el resto de historias del autor, se va construyendo con ironía y ternura, con dolor e ilusión. Los cuatro personajes –un escritor exitoso, un maestro de escuela separado, un político adúltero y una traductora que ha trabajado en Naciones Unidas, aparte del profesor que tanto les influyó– se levantan ese día con la cita nocturna en mente, y los seguiremos en su día individual y en su pasado común, comprendiendo la psicología, por así decirlo, de la Transición española, y asumiendo el “divino tesoro” rubeniano que se va para no volver. Hasta que queda atrapado en una extraordinaria historia como esta.

Publicado en La Razón, 27-XII-2018