miércoles, 20 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Raquel Gavilán Párraga

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Raquel Gavilán Párraga.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un sitio con luz natural y cerca del mar. Y, si puede ser, con una mesa grande donde escribir… o donde acaben merendando mis hijos.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende del día. Hay días muy de querer compartir con gente… y días en los que un perrete o gatete me parece una opción bastante mejor.

¿Es usted cruel? No lo creo, ni con los demás ni conmigo misma.

¿Tiene muchos amigos? No, no muchos. Pero sí los suficientes como para sentirme acompañada.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que pueda ser yo sin medir cada palabra. Y que haya buen rollo, incluso en los días raros.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como todos, a veces sí. Pero yo también decepciono, porque la decepción existe mientras haya expectativa, así que intento mirar eso con cierta calma.

¿Es usted una persona sincera? Sí, aunque he aprendido que no todo tiene que decirse siempre ni de cualquier forma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo… o simplemente estando con mi familia sin hacer nada especial. Eso cada vez me parece más valioso.

¿Qué le da más miedo? No estar presente en mi propia vida. Ir demasiado rápido y no enterarme de lo importante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía, los psicópatas que van por la vida como personas normales, caminan y trabajan entre nosotros, ocupan escaños en el congreso y puestos de responsabilidad en las empresas.

Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguramente algo relacionado con acompañar a otras personas. Es algo que siempre me ha salido como algo natural.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, intento moverme varios días a la semana, aunque hay épocas en las que la vida (y los niños) mandan más que la rutina.

¿Sabe cocinar? Sí, lo básico… y alguna cosa rica cuando tengo tiempo. Pero no voy a engañar a nadie: también tiro de soluciones rápidas más de lo que me gustaría.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A una mujer normal. De esas que sostienen mundos enteros sin pedir reconocimiento.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”.

¿Y la más peligrosa? “Mañana”. Porque a veces es una forma elegante de no hacer nada hoy.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No… pero sí he tenido días de paciencia bastante limitada, sobre todo con el cansancio acumulado.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy apolítica, creo sinceramente que el sistema es una farsa. Me importan las personas y su calidad de vida. Todo lo demás debería ir al servicio de eso.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien un poco más tranquila por dentro. Una seta, por ejemplo, jeje.

¿Cuáles son sus vicios principales? El buen vino y el chocolate negro.

¿Y sus virtudes? La sensibilidad y la capacidad de ver belleza en cosas muy pequeñas y cotidianas.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Momentos muy concretos: mis hijos naciendo de mi cuerpo, un beso que no pudo repetirse, un atardecer en la playa de Torimbia.

T. M.