miércoles, 25 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Salvador Perpiñá

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Salvador Perpiñá.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? De adolescente me entregaba a fantasías de reclusión: el Nautilus, una base lunar, hasta el hotel Overlook de El Resplandor me parecían destinos deseables. Tras una vida de intensa sociabilidad mis sueños de retiro no llegan hoy a tanto. Un pequeño pueblo con restos suficientes de historia, el mar o un río a mano, un campanario y una taberna. Silencio, compañía y una buena conexión a internet colmarían mis veleidades de eremita.

¿Prefiere los animales a la gente? La gente y los gatos son mis animales preferidos.

¿Es usted cruel? Puedo ser sarcástico, pero cruel no lo fui ni de niño y eso que el niño es amoralmente cruel. Esto me ha incapacitado bastante para desenvolverme con normalidad en la vida. 

¿Tiene muchos amigos? Soy una mezcla epiléptica de misántropo y hombre mundano. Sí, tengo muchos amigos, de los de juergas y de los que están ahí cuando viene la tormenta.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Alegría y bondad. Antes valoraba mucho la inteligencia, ya no. Me debo de haber vuelto más inteligente.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Yo soy el primero que me he decepcionado a mí mismo. No hay nada bajo el sol que no nos decepcione. No amo a los demás porque se ajusten a mis expectativas, eso sería ingenuo y narcisista.

¿Es usted una persona sincera? Soy transparente con mis emociones hasta el absurdo, pero cuando practicamos la mentira piadosa comprendemos que la hipocresía es un hijo no deseado del amor al prójimo. Cuando me encuentro con alguien que me dice «soy una persona muy sincera, yo tal y como pienso las cosas te las digo» me alejo todo lo posible.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Zambullirme en mi colección de discos y no leer a Judith Butler.

¿Qué le da más miedo? Morir. Contra toda sabiduría, deploro la impermanencia. Vivo en el apego, me gustan demasiado las cosas de este mundo y me quiero demasiado a mí mismo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Hay muchos hechos que me entristecen, pero ¿escandalizarme? No me escandalizo por nada. El escándalo, el rasgamiento de vestiduras me parece una emoción sacristanesca y timorata. Nuestra especie es capaz de todo bien y de todo mal. Somos débiles y fallidos, sí, pero también en la oscuridad de un universo indiferente ha brillado nuestro coraje y nuestra piedad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiera encantado ser un lutier, construir en silencio y con las manos instrumentos de música, siempre iguales, siempre diferentes.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nunca he sido alguien activo, de los que no pueden estarse quietos. Solo ahora empiezo a practicarlo y de haberlo sabido habría empezado antes.

¿Sabe cocinar? Me encanta, adoro cocinar. Hay un punto de concentración santa en manejar los alimentos terrestres y obrar esa alquimia. Es algo que me hace muy feliz.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Saber qué era el Reader’s Digest delata fatalmente mi edad. Creo que elegiría a un viejo amigo, Juan Navarro, una de esas biografías hiperbólicas de anarca español. De todos modos, hay algo valioso y único en la experiencia vital de todos los humanos. Bueno, de casi todos.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Amor.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A veces me consiento fantasías humorísticas de exterminio. Pero más en la línea del Coyote y el Correcaminos.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy una rara quimera en el sentido mitológico del término: un liberal clásico dotado de un corazón socialdemócrata.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Como me costaría mucho renunciar a mi yo, sí que me interesaría vivir una versión alternativa de mí como mujer. Experimentar la feminidad desde dentro. No sé si estoy preparado.

¿Cuáles son sus vicios principales? He sido un hombre muy de vicios. Los vicios me han hecho inmensamente feliz sin haberme deteriorado demasiado. La pereza me ha acompañado mucho. Ahora bien, si hablamos de vicios en un sentido moral, del viejo concepto de pecado, diría que la impaciencia, una cólera de personaje de comedia bufa y una envidia confinada dentro de unas medidas razonables.

¿Y sus virtudes? Me educaron en la idea de que hablar bien de uno mismo no es elegante, pero venga, creo que soy divertido. Me gustaría ser recordado sobre todo por alguna de las muchísimas tonterías que he dicho a lo largo de mi vida.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los rostros queridos, el paso de las estaciones y las magias de la luz en la infancia, la música de un absurdo anuncio del desodorante Tulipán Negro.

T. M.