sábado, 15 de junio de 2024

La literatura antes del móvil y de su propia muerte

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo que existía algo llamado Literatura, la cual, un mal día, desapareció, pese a que el ambiente editorial lance incontables novedades día a día. Y es que puede pensarse, precisamente a partir de examinar lo que se publica, que se ha certificado lo que Germán Gullón señaló en “Los mercaderes en el templo de la literatura” (Caballo de Troya, 2004): el hecho de que hacia el año 2000 llegó el final de la Edad de la Literatura, al producirse «un cambio radical en el panorama de las artes: la preferencia del hombre culto se trasladó de lo verbal a lo icónico, lo que vino a empañar un panorama cultural posmoderno ya de por sí confuso».

Las modas se impusieron más que nunca, desde el hecho de ser joven como un atractivo publicitario, a finales de los años noventa, hasta el día de hoy, cuando la tendencia preferida es lo femenino; entre medias, lo que podría considerarse literatura de calidad (por el lenguaje y el estilo, por la búsqueda de nuevas formas expresivas o estructurales o la ambición de sus temas argumentales) se dejó aplastar por la preponderancia de géneros de entretenimiento (policiaco, histórico, rosa) que, al final, han desplazado los textos “literarios” a la hora de recibir premios, reconocimientos, atención de los medios y ventas.

Internet y más tarde el teléfono móvil han degradado las costumbres del lector, interrumpiéndolas o anulándolas, y por el camino también han destruido la importancia tangible, diaria, que en su día tuvieron los periódicos y las revistas culturales o de libros. Poco a poco fueron muchos desapareciendo, o adaptándose a lo digital de forma precaria, con algunas excepciones que siguen resistiendo; notable ejemplo de ello es “Qué Leer”, de aparición mensual, que dio inicio en 1996 y cuya directora actual es María Borrás; y “Quimera”, nacida en 1980 y que sigue vivita y coleando. Tanto, que una de los sellos editoriales del grupo que lidera Miguel Riera, Ediciones de Intervención Cultural (Piel de Zapa, Montesinos, El Viejo Topo y Biblioteca Buridán) lanza un volumen extraordinario, en edición de Jofre Casanovas, “Las voces de Quimera”.

Escritores trabajando

No son usuales los libros que aglutinen entrevistas, pero los hay; sin ir más lejos, el formidable “Conversaciones en el tiempo. Veintinueve entrevistas”, que ha lanzado este año la editorial Amarillo, recuperando una serie de textos de los años setenta que Ana María Moix publicó en la revista “Tele/eXprés” a raíz de hablar con Gabriel García Márquez, Ana María Matute, Max Aub, Mario Vargas Llosa, Rosa Chacel, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Salvador Dalí, Juan García Hortelano, Nuria Espert, Pere Gimferrer, Concha Alós o Eugenio Trías. Asimismo, hace pocos años conocimos una estuche (casi tres mil páginas), en la editorial Acantilado, de un centenar de entrevista de «The Paris Review». El libro se llamó “El arte de la ficción. Entrevistas 1953-2012”, y recogía ese tiempo en que existió la Literatura. Por algo dijo Ernest Hemingway: «Hace años que las entrevistas de “The Paris Review” me tienen fascinado. Todas juntas forman el mejor estudio del “cómo” de la literatura, una cuestión mucho más interesante que el “porqué”». (Esta publicación trimestral se fundó en 1953 en la capital francesa, aunque con base en Nueva York y en inglés).

Ya habíamos podido comprobar mediante una selección en el año 2007, por medio de El Aleph, en edición de Ignacio Echevarría, quince de las charlas más celebradas de la revista, las protagonizadas por Georges Simenon, Isak Dinesen, William Faulkner, Evelyn Waugh, Louis-Ferdinand Céline, Saul Bellow, Christopher Isherwood, John Cheever, Kurt Vonnegut, Joyce Carol Oates, Jean Rhys, Philip Roth, Alain Robbe-Grillet, Manuel Puig, Iris Murdoch, Harold Brodkey, V.S. Naipaul y Salman Rushdie. Todas ellas pertenecían a la serie llamada “Writers at Work”, y la calidad de las preguntas y el conocimiento profundo, por parte de los entrevistadores, de la obra del autor por el que se interesaban, aparte de ser una rareza hoy en día que nos alecciona, devenían un testimonio excepcional del proceso creativo de cada uno de los autores.

El libro acogía conversaciones con un centenar de narradores, poetas y dramaturgos, y la literatura en español también cobraba presencia: Borges, García Márquez, Cabrera Infante, Cortázar, Vargas Llosa, Cela, Paz, Marías y Semprún. Y algo parecido podemos decir de “Las voces de Quimera. Las mejores entrevistas literarias de la década de los 80”, pues la nómina de literatos es tan hispana como internacional: Antonio Buero Vallejo, Toni Morrison, Rafael Alberti, Eugène Ionesco, Thomas Bernhard, Reinaldo Arenas, James Baldwin, Susan Sontag, Julio Cortázar, Umberto Eco, Jaime Gil de Biedma, William Burroughs, Ángel Crespo… El listado es de una relevancia mayúscula, unos cincuenta nombres, y todo va precedido por una entrevista con Riera, autor él mismo de las conversaciones con Bernardo Atxaga, José Donoso, Juan Goytisolo, Eduardo Mendoza, Cynthia Ozick, Soledad Puértolas y Augusto Roa Bastos.

Balcells y García Márquez

Como dice el editor, cuando apareció la revista, “era evidente que se había pro­ducido ya un cambio abrupto en el campo cultural. El libro rojo, gran protagonista editorial en los setenta, estaba en proceso de extinción”, pues se abandonó el libro político y llegó el momento de la literatura al hilo de la sociedad cambiante. Todos los escritores relevantes a los que “Quimera” solicitaba una charla respondían con agrado, excepto García Márquez, “a raíz de una crítica nada complaciente de uno de sus libros aparecida en la revista”. En todo caso, al recordar el panorama li­terario de esa época, Riera lo califica de “deslumbrante”, por la irrup­ción de la literatura hispanoamericana y porque “se produjo el rescate de la gran literatura europea”.

También, el libro también tiene entrevistas a no escritores, como al lingüista Roman Jakobson, al estudioso de la historia de la literatura Francisco Rico o a la agente literaria por excelencia, Carmen Balcells. Esta cuenta cómo en 1965 fue a Estados Unidos para un congreso de editores y luego visitó México, donde contactó con muchos escritores en un tiempo en que ya representaba a García Márquez, que le vino recomendado por José Caballero Bonald, que entonces vivía en Colombia. Lo curioso es que Balcells logró vender en Nueva York, por sólo mil dólares, cuatro libros suyos que habían sido rechazados por diez editoriales norteamericanas.

Las anécdotas, los comentarios sobre las propias obras o las ajenas, los debates intelectuales en boga de aquel periodo se van sucediendo de forma extensa por magníficos entrevistadores. Ya por entonces, se asomaba el tópico de «la novela ha muerto», así que resultaba una pregunta socorrida. A este respecto, Adolfo Bioy Casares contestó: «No, ¡yo estoy en total desacuerdo! Me parece que escribimos para los lectores, y creo que a los lectores les gusta la novela, porque en la novela conviven con un tema durante más tiempo que en un cuento. Conocen personales más reales que los de un cuento, y esa amistad con los per­sonajes es uno de los encantos de la lectura. Yo he estado muy enamora­do, por ejemplo, de la protagonista de “La cartuja de Parma”». ¿Volverá algún día otra fase de literatura deslumbrante; de enamorarse por personajes de ficción; de regresar, desde lo audiovisual, a las letras?

Publicado en La Razón, 11-V-2024

viernes, 14 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Carlos D. Lechuga

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos D. Lechuga.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una isla desierta en el Caribe llena de sembradíos de tabaco. O abrazado a una mujer desnuda con la cara pegada a su axila.

¿Prefiere los animales a la gente? No. Prefiero a la gente, que son un tipo de animal también.

¿Es usted cruel? No sé, soy una persona sin filtros y eso a veces quizá si sea un poco cruel.

¿Tiene muchos amigos? No. Tengo muchos conocidos y pocos amigos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sepan escuchar.  Que no sean envidiosos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Antes sí, ahora no espero nada de nadie. Me gusta compartir espacio sin esperar nada a cambio. Es un ejercicio difícil.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Fumando puros Habanos, leyendo y haciendo el amor.

¿Qué le da más miedo? Las enfermedades. Las enfermedades de la piel. Los desfigurados.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El descaro de los políticos cubanos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Hubiera sido vigilante de algún almacén abandonado donde no corriera mucho riesgo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hacer el amor.

¿Sabe cocinar? Sí. Pero que un cubano diga que sabe cocinar en un país donde se come tan rico es una falta de todo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Orson Welles y Eddy Campa.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Grajito.

¿Y la más peligrosa? Córrete.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A muchas personas.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Adorador de la libertad plena del ser humano.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un río.

¿Cuáles son sus vicios principales? No puedo dejar de fumar puros habanos. Me encanta estar acompañado por mujeres. Necesito trabajar en mis historias todo el tiempo. Soy un poco infantil.

¿Y sus virtudes? No le hago perder tiempo a la gente. Llego a la hora acordada.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las partes del cuerpo de una mujer. Pie. Muslo. Monte. Axila. Ojo. Boca. Pelitos. Un último abrazo con mi madre. Un chiste con mi hija.

T. M.

jueves, 13 de junio de 2024

Fidel Alejandro Castro Ruz

En Holguín, al este del caimán que forma Cuba, o en Pinar del Río (al suroeste de la isla), por no decir en La Habana, resulta difícil oír el nombre de Reinaldo Arenas. Es imposible encontrar alguna de sus novelas en las librerías que muestran en el escaparate pequeñas historias infantiles firmadas por el mismísimo Fidel Castro. Es inútil hacerlo desde los años sesenta, cuando el gobierno ordenó una limpieza social que llevó a homosexuales y gentes contrarias a la política del momento a cárceles o campos de concentración para, luego, en 1980, embarcarlos en dirección a Miami en un gran exilio del que se beneficiaría el propio escritor y algunos de sus amigos.

Citamos Holguín porque en una aldea colindante nació Arenas; Pinar del Río, porque allí fue enviado para cortar caña como trabajo forzado; La Habana, porque en la capital, además de difundir allá su vocación literaria con la ayuda de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, empezó a ser señalado. «En aquel momento, en que éramos perseguidos y vigilados, nosotros escribíamos cosas condenatorias contra el régimen», dice en Antes que anochezca, pensando en los que habían recibido «prebendas oficiales» (Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Cintio Vitier y Eliseo Diego) y en los colegas de tertulia desaparecidos en turbias circunstancias.

Hablar de Cuba y arte, por desgracia siempre, es hacerlo de censuras y maldades gubernamentales que de tan estúpidas y psicopatológicas, resultan cómicas. Pero tal realidad ha sido es sufriente en grado sumo para aquellos que, como el cineasta Carlos D. Lechuga (La Habana, 1983), han tenido que lidiar con la represión castrista. Sin embargo, su caso es más particular si cabe, pues, como reza el subtítulo de estas memorias, su historia es la “de un nieto de la Revolución”. Así, este cineasta a quien el régimen cubano intentó impedir la difusión de películas como Santa y Andrés –protagonizada por un “homosexual con problemas ideológicos”– o Vicenta B, presenta en Esta es tu casa, Fidel un magnífico testimonio de lo que fue crecer en la isla caribeña.

“Cuando era pequeño esperaba con ansias que mi abuelo muriera para ver si Fidel se aparecía en el entierro. Yo era un pionero comunista, de esos que llevaban pañoleta roja y eran obligados a recitar ¡Seremos como el Che! Y venía de una familia muy cercana al poder”, empieza diciendo el autor, a lo largo de un texto que aterra y conmueve, lleno de honestidad y claroscuros. Y es que Lechuga presenta sus vivencias entre grises, sin negar los privilegios que tuvo al formar parte de una familia más acomodada que la mayoría, pero poniendo el acento en las jerarquías colectivas y bajo el techo en que vivió a la vez.

Con el triunfo de la Revolución cubana, en 1959, el abuelo del escritor empezó a tener un peso preponderante, pero entonces “el gran jefe: Fidel Alejandro Castro Ruz” (nombre que repetía como un mantra Lechuga) lo envió de embajador al extranjero durante muchos años: “Era su manera de sacarse de encima a gente inteligente que pudiera caer en la tentación de debatirle”. De hecho, nadie se atrevía a cuestionar al dictador en voz alta; tampoco el abuelo, que vivía en el lujo pero decía que el comunismo consistía en tener todos lo mismo. No obstante, el autor se daba cuenta de niño que, en contraste con el grueso de la población, que sufría unas carencias descomunales, sobre todo en el llamado Periodo Especial, el entorno familiar constaba de mansiones que “visitaban militares, políticos o celebridades como García Márquez”.

Este seguimiento acrítico hacia Fidel por parte de sus acólitos o algunos cubanos incluso de vida inevitablemente austera se expone muy bien en Esta es tu casa, Fidel. Un ambiente de represión –que alcazaba ridículamente los juegos de mesa y las fiestas navideñas, aparte de la prostitución y la propiedad privada, claro está– en que era mejor mantener oculta toda fe religiosa y sexual no permitida por el gobierno, y que dejó atrás Lechuga “con una carcasa de hielo para no sentir”. De tal modo que no se permitió sentimentalismo alguno al decidir irse del país. Lo haría, muy probablemente, pensando, como escribió Gabriela Guerra Rey en el extraordinario Nostalgias de La Habana, memorias de una emigrante, que salir de allá era hacerlo “de esa ciudad fantástica que ha sido mi hogar y mi cárcel eterna, la luz de mi vida y las sombras y las tristezas” y que, al fin y a la postre, iba a generar “de forma irreversible esta necesidad de escribir”.

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (nº 886, julio 2024)

miércoles, 12 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Rubén Lardín

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rubén Lardín.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A bote pronto se me ocurre una sala de cine, pero es una respuesta falsa y además cursi. No, no imagino ningún lugar deseable de esa manera. ¿Elegir una prisión?

¿Prefiere los animales a la gente? No. Claro que no.

¿Es usted cruel? Seguro. Solo de palabra, pero es terrible cuando sucede.

¿Tiene muchos amigos? Unos pocos. Bastantes en distintos grados. Algunos de alto nivel.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Pese a carecer de erotismo, la bondad y la inteligencia me parecen irresistibles cuando van juntas. ¿Pero quién busca qué? Supongo que la lealtad es la única cualidad que la amistad exige. Bueno, y el humor, pero el humor ha de estar ahí de por sí, sin el humor no hay nada, está todo mal.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Nunca. A veces se dan pequeños desencantos, pero siempre soy yo, no son ellos. O los dos, a ver, ellos también tienen parte de culpa.

¿Es usted una persona sincera? No lo creo. No sé si eso es posible. Si lo fuera, puede que lo sea. No sé exactamente dónde se cifra esa condición.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta leer, la música y enredar a la intemperie, pero son cosas que hago todo el tiempo, todos los días. Soy muy poco exigente, cualquier cosa me sirve para perder el tiempo, pero trato de no hacer demasiado distingo entre el libre y un supuesto tiempo cautivo, así que me cuesta responder a esto.

¿Qué le da más miedo? La pérdida.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los idiotas. Y la injusticia sistémica, el abuso estructural. Antes de sentirme escandalizado o abatido trato de sublevarme, pero no siempre estoy a la altura.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No sé si yo he decidido algo del todo alguna vez en ese sentido, pero si no estuviera en esto podría estar haciendo recados, asintiendo a todo el mundo y tratando de escaquearme. Por otra parte, me gustan los oficios, no tanto las profesiones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nado a veces y después me ducho.

¿Sabe cocinar? Un poco. Lo justo. Siempre para mí. Me gusta pero a la vez me sofoca cocinar para alguien, me da bastante vergüenza.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No se me ocurre. Tendría que pensarlo. Hoy no me sale nadie.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¡Amor! No, perdón. Dinero. Un cuchillo. Amor.

¿Y la más peligrosa? Las mismas. La clave será el uso, el quién las usa. Esto está cada vez más lleno de hijos de puta usando palabras amables.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca durante el tiempo suficiente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy una especie de anarquista de salón ignorante y furioso. Soy inútil para la política.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Oh. Cualquier otra cosa.

¿Cuáles son sus vicios principales? No los tengo detectados. No deben de ser muchos. Creo que fue Brecht quien lo dijo, eso sí, que siempre hay que tener varios, porque uno solo es demasiado.

¿Y sus virtudes? Ah, no, esto no.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Toda esta gente que amo. Y un perro salchicha amigo mío.

T. M.

martes, 11 de junio de 2024

Prólogo de "Mecanismos gélidos. Literatura, arte, historia y viajes Italianos" en "Zenda"

             

Desde ayer, en Zenda, se puede leer el prólogo de mi último libro, Mecanismos gélidos. Literatura, arte, historia y viajes italianos (Alfar). Debo tal deferencia al coordinador de este sitio web sobre libros, el gran narrador y periodista Álvaro Colomer. 

lunes, 10 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Fernando García Ballesteros

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Fernando García Ballesteros.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un día de verano de mi ciudad. Un día despreocupado, que consistiera en nadar, tomar café con hielo y echar la siesta.

¿Prefiere los animales a la gente? Reconozco que lloré la muerte de mi perra Lola más que la de muchas personas que deberían importarme.

¿Es usted cruel? No, no forma parte de mi naturaleza.

¿Tiene muchos amigos? Conozco a mucha gente, pero tengo pocos amigos de esos a los que puedes llamar a la tres de la madrugada porque tienes un problema.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La verdad es que yo soy bastante tranquilo y me gustan que mis amigos sean aventureros o que hagan cosas a que a mí no se me ocurriría, viajar de repente a un sitio.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? La edad te enseña a ser tolerante y a intentar comprender a los demás.

¿Es usted una persona sincera? Suelo ser sincero, aunque creo que la hipocresía es la base de la civilización y yo soy bastante civilizado.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Uso programas de 3D para crear imágenes. Te puedes crear un mundo propio y quedar atrapado en él.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y perder la noción de uno mismo en la vejez.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los abusos sobre quien es vulnerable y no puede defenderse.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Estuve muchos años trabajando como profesional sanitario y ahora me dedico a la educación. Tengo suerte porque es lo que más me gusta aparte de ser escritor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago ejercicio físico habitualmente. Practico bicicleta y natación.

¿Sabe cocinar? Ahora estoy aprendiendo a preparar platos de puchero. Estoy perfeccionando la receta de las patatas con sepia. 

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría al Gran Gastby.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Amor.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, prefiero hacerlos sufrir.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy una persona liberal de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Futbolista de Primera División.

¿Cuáles son sus vicios principales? La procrastinación y morderme las uñas.

¿Y sus virtudes? Detectar enseguida los estados emocionales de las otras personas.  A veces es un problema.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La imagen de mis padres muertos.

T. M.

domingo, 9 de junio de 2024

Resistencia juvenil a la Alemania nazi

Desde el fin de la Guerra franco-prusiana, en 1871, y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, con un caldo de cultivo antisemita que iría en ascenso y tendría su espantoso clímax con la Solución Final hitleriana, no faltaron judíos que, con gran valentía, y además en la flor de la juventud, se enfrentaran a los actos criminales que estaban sufriendo, a veces de manera harto asombrosa. Pudo conocerse una realmente singular en “El chivo expiatorio de Hitler. La historia de Herschel Grynzspan y el inicio del Holocausto” (Galaxia Gutenberg, 2020), de Stephen Koch, en que vimos cómo el 9 de noviembre de 1938, un adolescente que vivía en París, llamado Herschel Grynszpan, compró un pequeño revólver, fue a la embajada alemana en la capital francesa y disparó al primer diplomático que se cruzó por su camino.

Grynszpan había sufrido la tragedia de haber perdido a sus familiares, que como tantos de miles de judíos polacos habían sido deportados de su Alemania natal. El diplomático falleció al cabo de dos días, y Hitler y Goebbels usaron tal acontecimiento para reforzar su impronta supremacista; se convirtió el ataque a la embajada en un pretexto para que se desencadenara «la gran ola de violencia y terror antisemita patrocinada por el Estado, que se conocería más tarde como Kristallnacht (“Noche de los cristales rotos”), el pogromo que muchos consideran el detonante del Holocausto», escribía Koch. Así, este muchacho furioso por el devenir de sus seres queridos y con ansias vengativas, de un día para el otro se hizo célebre, pues su cara apareció en los periódicos. Pero no todo acabó ahí, pues Grynszpan también tuvo un papel destacado, pese a estar confinado en una cárcel, nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

Koch desvelaba tal cosa hablando de la trayectoria de este joven, que fue capturado con la caída de Francia y llevado a Berlín, donde pasó a ser prisionero de la Gestapo, al tiempo que se iba elevando como una figura de resistencia frente al opresor. De hecho, su situación trascendió y una periodista muy conocida en la época por su vehemencia antinazi, llamada Dorothy Thompson –la primera periodista estadounidense en ser expulsada de Alemania por los nacionalsocialistas–, puso todo su empeño para contratar a los mejores abogados franceses que pudieran evitar el juicio y segura sentencia de muerte a Grynszpan.

Invierno de 1943

Entonces, empezó un enredo digno de una novela o película: «Se sucedieron los rumores de carácter sexual y político a su alrededor», puesto que se lanzó la hipótesis de que él era homosexual, y el asesinato había surgido por un motivo pasional, lo cual al final usó Grynszpan para tumbar las acusaciones de los nazis, con todo su conjunto de conspiraciones paranoicas; una idea que Goebbels reconocería muy insolente pero a la vez inteligente. Por otro lado, «los alemanes lo acusaron de ser un agente británico. Algunos antinazis influyentes sospechaban que era un agente de la Gestapo y que su misión era provocar la Kristallnacht», apuntaba el historiador.

La idea de que los judíos eran los instigadores de la guerra, y que la mecha de todo la había prendido Herschel, siguió en mente para Hitler, y el apresado percibió que estaba siendo usado para sus fines propagandísticos, hasta el punto de que Koch calificaba de un «duelo de ingenio» lo que se produjo entre el Führer y Goebbels y el muchacho, que buscó la forma de sabotear el juicio. Así, Grynszpan pasó el resto de su vida en custodia alemana, en prisión primero y luego en dos campos de concentración, en un búnker reservado a «prisioneros especiales», que compartía con el canciller de Austria, Kurt Schuschnigg.

Lo curioso es que Goebbels vio dificultades a la hora de juzgar a Grynszpan en Alemania por el hecho de haber cometido un crimen en territorio extranjero, y también por ser menor de edad en el momento del delito; estos dilemas se prolongaron durante los años 1940 y 1941, y al fin, sería acusado de traición, si bien los acontecimientos impidieron que se celebrara el juicio por la entrada de los Estados Unidos en la contienda y las derrotas germanas en el frente oriental cercano a Moscú. En última instancia, lo que siguió estaría inundado de misterios: diversos datos lo situaron con vida hasta en 1946, pero nada más se supo de él.

Grynszpan no fue el único joven que intentó detener a los nazis. Muy al contrario, hubo más, muy en particular los que operaron, desde la Universidad de Múnich, por medio de la asociación La Rosa Blanca: Hans y Sophie Scholl, (24 y 22 años), Alexander Schmorell (25), Willi Graf (24) y Christoph Probst (23) fueron sus principales baluartes. Ellos y otros colaboradores se encargaron de imprimir y distribuir panfletos entre la población alemana con el mensaje de resistir, de manera no violenta, ante los nacionalsocialistas, y a su estudio se ha dedicado Guillermo García Domingo (Madrid, 1975) hasta escribir “Enemigos de Hitler. Juventud y resistencia en la Alemania nazi”. El autor, profesor de Filosofía y experto en René Descartes, traslada al lector, al comienzo de un modo fuertemente narrativo, al invierno de 1943, en unos momentos en que aviones británicos tenían el objetivo de “desmoralizar a la población alemana con la ayuda de unas octavillas que iban a lanzar sobre ella, para que recapacitara y dejara de prestar apoyo a Hitler”.

En la guillotina

Este fenómeno ha sido poco explorado, entre otras cosas porque hasta fechas más o menos recientes no se había podido acceder a determinados archivos que permanecían clasificados y que nos abren a los componentes de La Rosa Blanca. Estos justamente habían sido los redactores de tales octavillas, los cuales tenían también otro miembro, más adulto, con el que empieza el libro García Domingo, preguntándose por él: Kurt Huber, profesor universitario que había escrito una particularmente subversiva y que llegaría a la Real Fuerza Aérea británica con el fin de lanzarse, después de ser multiplicada en miles de ejemplares, sobre el territorio de Alemania. “La respuesta da pie a un argumento digno de una novela de espías. Cada una de las letras mecanografiadas le costó un alto precio a su autor”.

Se trataba de la sexta hoja, “que resultó determinante y fatal para todos y cada uno de ellos. La hoja fue distribuida en Múnich y en otros lugares de Alemania, y cayó en manos de un personaje extraordinario: Helmuth James von Moltke”. El autor, así, sigue las huellas de este conde que, por su situación acomodada, no se vio obligado a buscar amparo en el partido nazi (como hicieron, por cierto, la friolera de ocho millones de alemanes al afiliarse a dicho partido durante el III Reich). El conde llevaba un ejemplar de esa hoja del grupo de la resistencia muniquesa y pudo compartirla en diversos lugares europeos por los que viajó aquel invierno, hasta que un contacto de Suecia (país neutral en la Segunda Guerra Mundial) llevó el papel a Inglaterra «junto con un breve informe sobre los valientes estudiantes de Múnich. Von Moltke quería que los aliados, Gran Bretaña particularmente, conocieran la existencia de la “otra Alemania”, la que se oponía a Hitler y que, con el apoyo de la población que cada vez manifestaba una mayor desafección hacia el régimen, por las recientes derrotas y bombardeos aliados sobre las ciudades, podía propiciar el final de la guerra y una consecuente posguerra democrática en Alemania».

Además, en Estocolmo, el conde escribió un informe sobre los universitarios de Múnich para que llegara a Londres donde aseguraba «que estaba impresionado y contento de que hubiera jóvenes con el coraje para “think for themselves” (pensar por ellos mismos) y actuar en consecuencia, aunque no compartiera del todo su método de enfrentarse directamente al régimen porque resultaba demasiado costoso en vidas». No en balde, por supuesto era extremadamente peligroso realizar cualquier acción de rebeldía ante la constante vigilancia de la Gestapo. De hecho, cuando el 18 de febrero se repartieran panfletos por los pasillos de la Universidad de Medicina de Múnich, Sophie tiró un puñado de papeles desde la planta superior, y de inmediato un conserje denunció a los hermanos Scholl a la policía secreta. El resultado: interrogatorio, un juicio sin abogado y condena instantánea al ser vistos como traidores a la patria. A los Scholl y al resto del grupo, que también fueron apresados, les esperaba una muerte por guillotina.

Publicado en La Razón, 5-V-2024

sábado, 8 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Roberto Corral

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Roberto Corral.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Pienso en la respuesta y tras descartar islas paradisíacas (pero aburridas), villas en la Toscana (algo solitarias), algún que otro castillo en Irlanda (algo fríos; y odio el frío), me quedo con mi casa. Sí, mi casa en Madrid. Así de sencillo.

¿Prefiere los animales a la gente? No, pero espero que Rex, mi perro, no lea nunca esta entrevista.

¿Es usted cruel? No, en absoluto.

¿Tiene muchos amigos? No, pero tengo algunos muy buenos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La bondad y la alegría por el bien ajeno. Creo que no hay nada peor para la amistad que la envidia.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Creo que les conozco bien y sé lo que puedo esperar de ellos.

¿Es usted una persona sincera? Sí. A ver quién es el guapo que contesta NO a esta pregunta. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Viajando. Y, si es posible, hacerlo en familia. Pero, como viajar no es siempre fácil, para el día a día, la respuesta sería: la lectura (no todo lo que quisiera), la escritura (es la que me quita el tiempo de la lectura), el cine (lo que me relaja) y, sobre todo, estar con mis nietos (lo mejor).

¿Qué le da más miedo? Que le pueda ocurrir algo malo a mis seres queridos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Hacer mal a un niño. No hay nada peor en el mundo que atacar la inocencia.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ser profesor. De hecho, lo soy. Tengo una escuela de español para extranjeros y en ella trabajo como director y como profesor, y compagino esta actividad profesional con la escritura.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Toda mi vida he hecho deporte (fútbol, taekwondo, pádel, boxeo, montar a caballo, tenis de mesa…) y actualmente (los años no pasan en balde) actividades más tranquilitas: voy al gimnasio con regularidad.

¿Sabe cocinar? Si saber hacer únicamente una tortilla a la francesa se considera cocinar, entonces, sí; sí que sé.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Si se tratara de un personaje real, sería Julio César; siempre Julio César. Si fuera un personaje de la ficción: Vito Corleone, sin dudarlo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Niños. En ellos está el futuro y la posibilidad de que la sociedad avance. De ser mejores, en definitiva.

¿Y la más peligrosa? “Miedo”. El miedo es capaz de sacar a flote lo peor del ser humano. Por miedo hacemos y dejamos de hacer; por miedo somos capaces de matar y por miedo dejamos de vivir. El miedo te paraliza y te hace saltar al vacío.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy demócrata. Y no diré ni una palabra más que me pueda quitar un solo lector, que no están los tiempos pa’ eso.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pianista.

¿Cuáles son sus vicios principales? Me muerdo las uñas. De nada sirvieron las amenazas de mi madre ni los regalos ni siquiera aquellos potingues de horrible sabor amargo que me ponían sobre las uñas.

¿Y sus virtudes? La constancia, la creatividad y la alegría.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que un salvavidas; tal vez una buena barca que pasara cerca; una maroma lanzada desde una fragata de la Marina… No sé, cualquier cosa que no fuera esa dichosa luz blanca al final del camino de la que hablan.

T. M.

viernes, 7 de junio de 2024

Mi charla sobre "La transformación", de Franz Kafka

                 

Ya está disponible para su adquisición, en la web de Nollegiu, la charla que di en esta librería a propósito de La transformación, de Franz Kafka, el pasado día 14 de mayo, dentro de la iniciativa de la librería "Club de lectura".

jueves, 6 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Pepa G. Lillo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pepa G. Lillo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? En el caso de contar con los que me importan y con lo imprescindible, elegiría mi casa. Es mi mundo de Oz. No necesito más.

¿Prefiere los animales a la gente? Tendría que saber más acerca de esa gente.

¿Es usted cruel? No. No disfruto con la crueldad, disfruto con el morbo. Parece lo mismo pero no lo es. O eso quiero pensar.

¿Tiene muchos amigos? No. Los amigos son para los niños. Yo tengo personas que me importan en mayor o menor medida. Y yo a ellos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, que no fidelidad. A duras penas la he encontrado, ni siquiera dándolo todo. Tal vez este sea el motivo, precisamente.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Siempre. Pero no me preocupa demasiado. Seguramente, la decepción es mutua, así que: tablas.

¿Es usted una persona sincera? La mayor parte de las veces, la sinceridad es un defecto, no una virtud, y nadie la practica totalmente, así que, no sirve de nada serlo. No me gusta mentir, no me gusta faltar a la verdad, no me gusta hablar con disimulos u ocultaciones, es de necios, pero eso es todo.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? ¿Tiempo libre? Me dedico a la literatura y a la música profesionalmente. El tiempo libre es para funcionarios, políticos y reyes. Prefiero entregar todo mi tiempo al desarrollo de una idea o una partitura antes que pasar el domingo paseando por un centro comercial o en yate.

¿Qué le da más miedo? El pasado. Que pueda volver para manifestar sus ignominias.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Bastantes cosas: ver a la gente disfrutar en una corrida de toros, a mamporros por un bolso en rebajas o llorando porque llueve en Semana Santa en un país seco. Me escandalizan los desahucios, la usura, el patriarcado institucional, los privilegios de la Iglesia… Incluso, me escandaliza pensar las formas que yo misma utilizaría si pudiera cambiar las tornas de todo esto.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Si no fuera escritora, músico, ilustradora o artesana, habría abierto hace años una churrería llamada “¡Churro va!”.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No. Cuando algún deportista de élite escriba novelas, ofrezca conciertos por toda España y viva de ello, me apuntaré para participar en los Juegos Olímpicos. Mientras tanto, seguiré con mis tranquilos paseos de cincuentona por el parque.

¿Sabe cocinar? Sí. Cocinar se parece un poco a escribir: eliges los ingredientes (personajes y sus circunstancias), preparas el fuego (escenarios, enclaves y situaciones), los mezclas con sentido común (trama, narración e intrigas) y lo pones en ebullición (desarrollo). Después lo catas (relectura) y corriges texturas (autocorrecciones). Cuando tienes el plato listo (manuscrito), lo sirves (envío a editoriales para su valoración).

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Florence Foster Jenkins. Su historia es triste y divertida a la vez. Una vida esperpénticamente fascinante la suya.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Libertad”, aunque algunos se hayan empeñado en prostituirla de tanto usarla a conveniencia. Que alguien se apropie de un concepto universal y ajeno a propiedades mal otorgadas es exasperante.

¿Y la más peligrosa? “Censura”. Por desgracia, los que nos dedicamos a cualquier disciplina artística estamos obligados a convivir con ella.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Me perdería las sandeces de la mitad del planeta.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Todavía no se han inventado. Bueno, se han inventado sueltas, sin amalgamar, un quiero y no puedo (o no me dejan). Soy partidaria de revoluciones, música, libros y flores.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Uno de esos peces abisales con una lamparita saliendo de mi frente. Allí abajo, en el fondo, donde duermen las sirenas. Viviría en un naufragio. En silencio. Saldría de vez en cuando a flotar en las corrientes. Lejos de las mareas ordenadas por lunas infames. A oscuras.

¿Cuáles son sus vicios principales? Ya no tengo vicios, se convirtieron en manías hace mucho. Queda algún rescoldo inútil, un recordatorio de la intensidad que he puesto en según qué cosas.

¿Y sus virtudes? Tampoco son virtudes ya. Ahora las llamo aptitudes, oportunidades que me brinda mi carácter.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Pues, ahora que acabo de terminarme el chato de tinto que me he servido al empezar este cuestionario, buscaría la calidez en ese terrible (o no) momento en el que te desconectas de este mundo y pensaría que morir es tan excitante como descorchar una botella de vino junto a la persona que amas. Una bonita imagen para comenzar el último viaje, ¿no?

T. M.