viernes, 31 de julio de 2026
Un artículo sobre un triple aniversario en Perelada y el concierto de Sílvia Pérez Cruz
martes, 26 de mayo de 2026
Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años?
El cuerpo en Bad Bunny nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.
Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque sólo se disfruta, sólo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical ꟷsu apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadadoꟷ lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en lenguaje inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio ꟷnacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Ricoꟷ actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.
Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan con fluidez del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero pop, a composiciones festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.
De Puerto Rico a Nueva York
Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicionales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran sólo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.
Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes ꟷque suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»ꟷ sólo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y sólo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano ꟷchicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»ꟷ, como se aprecia en sus videoclips hechos, por destacados realizadores.
Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención (apenas unas pocas canciones) en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. No me negarán que los títulos son irresistibles. Este triunfador global que nunca deja de sentirse muchacho de barrio, es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.
El lenguaje badbunnyero
No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte de su magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.
Publicado en La Razón, 24-V-2026
fotos: Sergi P. Naches
lunes, 18 de diciembre de 2023
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martes, 12 de diciembre de 2023
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sábado, 29 de octubre de 2022
"Muy al norte en el turbio mar. Una historia de la literatura inglesa" en "Revista de Letras"
lunes, 4 de julio de 2022
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viernes, 24 de junio de 2022
CapiNàs: la sabiduría de la juventud

En toda banda de música hay, con suerte, y si ha habido una
perseverancia y un trabajo arduos previamente, un punto de inflexión en que lo
que ha ocurrido en el pasado parece cuajar en un presente iluminador. Eso les
pasó a la banda de música CapiNàs este mes, cuando, la noche del día 11, la
sala barcelonesa La Nau se llenó para verles actuar en su propuesta de irresistible
rumba fusión. Una noche memorable y emotiva para los presentes.
Su líder, David González, compositor,
cantante y guitarra española, está acostumbrado a levantar al público de sus
asientos en los bares y eventos públicos en los que ameniza el rato de forma
absolutamente espectacular, conectando un sinfín de canciones sin apenas
respiro y haciendo bailar a diferentes generaciones. Ahora, con otros magníficos
músicos publica el álbum Visceral, y
el resultado no puede ser más apetecible.
Quererse a uno mismo al querer a otro, la
verdadera simplicidad del amor, dejarse de mandangas y fluir, el choque entre
la imaginación y la realidad, afrontar la vida de manera natural sin frustrarse
ante las cosas que no salgan como esperabas, el carpe diem de sentir que jamás seremos tan jóvenes como hoy… Estos
asuntos, más el simpático hecho de dejarse engatusar para acabar disfrutando de
una noche de fiesta –y en donde caben también cosas negativas, como la
precariedad laboral o los desengaños de la adultez–, es el trasfondo argumental
que se asoma a lo largo de una serie de canciones formidablemente pegadizas, en
catalán y castellano, con tonos salseros y una producción musical detrás
impecable de Carlos Manzanares.
González no es un poeta lírico; es un
escritor que, haciendo versos con el difícil ingenio de la sencillez, describe nuestra
prosa cotidiana, y ejemplifica lo que su banda y los jóvenes de su entorno
experimentan cada día: todos ellos, me parece a mí, tienen la desgracia de
vivir en un Occidente moribundo culturalmente, en que la desinformación y el
analfabetismo artístico e histórico están a la orden del día, en que no eres
nadie si no produces y en que la soledad te hace sentir nada. Y sin embargo, con
su modo de encarar el existir, con la valentía de ser felices y apuntarse a un
bombardeo, nos superarán a todos los que nos hemos cultivado con nuestra
pedantería de pacotilla, con una hiperestesia afectada por el miedo y los
prejuicios. Y es que su fresca mirada frente a la sociedad y la convivencia es
infinitamente más sabia que haber leído todos los libros, que haber escrito las
mejores páginas posibles.
Además, en algunas de las piezas surgen colaboraciones
diversas que dan color a una recopilación a la que pudiéramos “reprochar” que
sea demasiado breve (ocho temas), porque la calidad del conjunto da ganas de
más, mucho más; una de tales colaboraciones es la maravillosa voz aflamencada
de dos integrantes del grupo Maruja Limón, en la canción “Es lo que hay”. Una
pieza que, como todo el resto, encarna el humor, el coloquialismo, la sapiencia
de ser joven y ser consciente de ello, y que nos transmite la idea del
altruismo de la generosidad –con letras y melodías que arrancan sonrisas,
fuerza e ilusión–, de hacer dichosos a los demás, de recordarnos que hemos de
practicar eso que de repente sentimos al escuchar este conjunto de canciones y
que no podemos llamar más que alegría.
martes, 26 de octubre de 2021
El antisemita de legado infinito
Pero
cualquier novedad wagneriana, diríase que durante décadas, quedará eclipsada
por este mastodóntico, definitivo estudio del estadounidense Alex Ross, que en «Wagnerismo. Arte y política a la sombra
de la música» (traducción de
Luis Gago) logra iluminar cada faceta del astro alemán de manera impresionante.
Y además desde la perspectiva, tan oportuna, de cómo ha ido influyendo, hasta
para bien y para mal, en la política, el arte, el cine, la literatura… Este crítico
musical del “New Yorker” parece
no haberse dejado nada en el tintero: la relación con Nietzsche, el Wagner de carácter
“esotérico, decadente y satánico”, el feminista y gay, el que fue idolatrado
por algunos de los mejores escritores del siglo XX, y por supuesto el músico
antisemita aparecen en una oleada de prosa absorbente, de gran músculo
narrativo.
No cabe
olvidar que en 1850 publicó Wagner de forma anónima el panfleto antisemita «El
judaísmo en la música», y de hecho los orígenes personales del antisemitismo de
Wagner son similares a los de Hitler. El músico definió a los judíos «como
incapaces de toda creación artística y, por añadidura, como elementos de
corrupción del arte alemán y responsables de su decadencia». Idea que retomará el
Führer para «Mi lucha». Así, en el Festival de Bayreuth de 1925, dijo que «la
obra de Wagner engloba todo aquello a lo que aspira el Nacionalsocialismo».
Ross no puede elegir mejor inicio que el justamente dedicado a explicar su
legado intelectual y artístico, a partir del día de su muerte: “Cinco mil
telegramas fueron enviados al parecer desde Venecia en un lapso de veinticuatro
horas”. La noticia había viajado hasta Nueva Zelanda al instante. No en balde,
acababa de morir, como dijo Thomas Mann, «probablemente el mayor talento de
toda la historia del arte».
Publicado en La Razón, 23-X-2021
miércoles, 25 de agosto de 2021
Javier Perianes en la Schubertíada

Asisto al concierto de Javier Perianes, el domingo pasado, en la Canònica de Santa Maria de Vilabertran, dentro de la Schubertíada. A
este pequeño pueblo gerundense llegan astros del firmamento de la música
clásica, en un festival que no puede ser más exquisito, de mayor calidad.
Ejemplo de ello es este pianista al que había escuchado mucho en Catalunya
Música, donde siempre hablaban maravillas de él, tanto en el plano artístico
como personal. Y a pocos metros de él, en este monasterio construido en el
siglo XI, le veo interpretar a cuatro autores, y es una hora y media
extraordinaria.
La piedra centenaria de Santa Maria y lo efímero sonando ese rato, y el alud de sensaciones e imágenes que me asaltan, a veces convertidas en palabras, para definir lo indefinible: cómo la música nos afecta, nos penetra. Perianes, además, añadió dos propinas musicales, pero ni ese instante dijo una palabra. Vestido de negro, discreto, como un sabio antiguo que rehúye la notoriedad, llegó, saludó, tocó el piano y desapareció. Se diría que es tal su compromiso con el arte de los tiempos, que toca con la misma intensidad estando en su casa a solas, ensayando, que frente al público. En realidad, sus oyentes son otros: se llaman Beethoven, Chopin, Granados, Liszt. Por eso no necesita abrir la boca, salvo los “gracias” que se adivinan que pronuncia mientras los aplausos colman la iglesia. Frente a divos que pretenden ser estrellas de rock, o algún que otro que se cree que con llevar una camiseta y zapatillas y dar una imagen informal se acerca la música clásica a la gente, y que parlotean más que tocan su instrumento, necesitados de cubrir su ego, Perianes destaca sobremanera por su elegancia portentosa, por su profesionalidad y rigor, por el respeto a los que le precedieron que se adivina cada vez que pone sus manos sobre las teclas del piano.
domingo, 5 de abril de 2020
martes, 31 de diciembre de 2019
El swing de la mujer triste
domingo, 11 de noviembre de 2018
"24 horas en la vida de una mujer", de Stefan Zweig, en un teatro de Barcelona
sábado, 29 de septiembre de 2018
Gould sin extravagancias
sábado, 25 de noviembre de 2017
Partituras de pasiones
jueves, 2 de marzo de 2017
El pianista de los guantes
La fragilidad de un genio
lunes, 14 de noviembre de 2016
Leonard Cohen: 10 canciones en unos versos
domingo, 1 de mayo de 2016
Concierto de Jordi Savall y la OBC
sábado, 12 de septiembre de 2015
Fernando Fraga: “No hay ninguna diva española”
El estudioso de la ópera Fernando Fraga, en Simplemente divas (Fórcola Ediciones, 384 páginas, 23,50 euros), recorre la historia en busca de aquellas cantantes a las que sin duda se las podría llamar “divas”; entre ellas, la más famosa, Maria Callas.







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