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sábado, 5 de septiembre de 2026

Un artículo sobre el hotel W Barcelona

Estos días aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "W Barcelona: la vela se renueva frente al Mediterráneo".

domingo, 23 de agosto de 2026

Un artículo sobre el hotel Eurostars Sitges 5*


Estos días aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "El mejor verano posible en el Eurostars Sitges 5*"

jueves, 20 de agosto de 2026

Un artículo sobre los restaurantes Robata de Madrid y Barcelona


Estos días aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Dos ciudades, una misma mesa: el universo japonés de Robata".

viernes, 31 de julio de 2026

Un artículo sobre un triple aniversario en Perelada y el concierto de Sílvia Pérez Cruz

Tras dos días de ensueño en la localidad gerundense de Perelada, por una triple celebración: del Festival Perelada, 40 años; del Hotel Peralada, 25 años; y del Restaurant Castell Perelada, 10 años, aparece publicado hoy en La Razón este artículo mío que se hace eco de lo que sólo puede calificarse, cómo decirlo de otra forma, de auténtico paraíso cultural, hotelero, natural y gastronómico. Lleva por título "Sílvia Pérez Cruz lleva a Perelada un viaje musical entre la raíz y el abismo".

fotos: biblioteca que acoge una exposición de la historia del Festival de Perelada y la célebre tabla de quesos de Toni Gerez

martes, 28 de julio de 2026

Libros para no perder el rumbo en la «Odisea» de Nolan


Somos aún parte de la antigua civilización griega, y su cultura y bases políticas están entre nosotros; sus inquietudes, certezas y conjeturas nos sobrevuelan, y nuestras pasiones, luchas y ensueños permanecen al mismo tiempo en lejanos hexámetros, desde hace casi treinta siglos: en dos epopeyas que fueron atribuidas a Homero, un aedo con biografía poco fidedigna, y que el mundo conoce como la «Ilíada» y la «Odisea». Eduardo Gil Bera vio hace años que este campo es fértil para la especulación y la desconfianza, es decir, para la investigación. Publicó entonces «Ninguno es mi nombre» –en referencia al célebre episodio en el que Ulises se escapa de las garras de Polifemo–, en que trató de convencer al lector de que Tales (665-581 a. C.), sí, aquel conocido por su vida en Mileto como legislador y participante en el gobierno tiránico de Trasíbulo pero que nació en una localidad de Creta, Gortina, escribió el inmortal poema. Este «poeta secreto» habría escrito la «Odisea», cuya composición «duró más de treinta años».

Así, Gil Bera se preguntaba cómo es posible que se pusiera en marcha una red de homéridas (los rapsodas que recitaron el poema por tierras de Jonia) «a la vez, en islas y ciudades muy distantes entre sí», y quién estaba detrás de semejante empresa. Este no era otro que Tales, el primer editor de la «Ilíada» y la «Odisea», que en torno a la guerra entre Mileto y Lidia, iniciada en el año 613 a. C., va promoviendo esas lecturas homéricas en ciudades como Quíos, Esmirna y Colofón. Luego, al acabar la contienda once años más tarde, en la «Ilíada» se incorpora el escudo de Aquiles, como homenaje a la paz, y la «Odisea» goza de un nuevo final, también de carácter pacífico. Una obra en marcha, en definitiva, en función de la realidad sociopolítica: «La narración heroica y aventurera adquirió un aspecto costumbrista y educativo, adecuado para ser motivo de canto para todo un país». Así lo explicaba el autor, para quien la autoría de Tales era evidente tras analizar un panfleto, divulgado en su día por los homéridas, donde él mismo reconocía haber escrito la «Odisea». Ahí estaba el juego y… ¿por qué no la verdad?

De hecho, a ciencia cierta, sabemos muy poco sobre Homero. La tradición griega le atribuyó la autoría de dos poemas y lo situó en el mundo jonio, entre los siglos VIII y VII a. C., pero no existe ninguna prueba que confirme su biografía, su lugar de nacimiento o su existencia como individuo histórico. Lo que sí se acepta es que ambas obras son el resultado de una larga tradición oral que acabó fijándose por escrito en esa época, aunque sigue abierto el debate sobre si detrás de ellos hubo un único poeta excepcional llamado Homero o varios autores y generaciones de rapsodas que dieron forma al legado épico griego.

Aluvión de novedades homéricas

Ahora, a propósito de «La Odisea» de Christopher Nolan, Ulises ya ha emprendido el viaje de regreso. No hacia Ítaca, sino hacia las librerías, pues la expectación generada por la nueva película del director británico ha coincidido con una auténtica eclosión de publicaciones que recuperan el universo homérico desde perspectivas muy distintas. Nuevas ediciones del poema, reinterpretaciones gráficas, ensayos históricos, novelas, libros de viajes y estudios arqueológicos confirman que el interés por Homero continúa casi tres mil años después.

Entre las novedades destaca la nueva edición ilustrada de «Odisea» (Lunwerg), adaptada por el clasicista Barry B. Powell e ilustrada por Joanna Lisowiec. El volumen acerca el poema a nuevos lectores mediante una cuidada propuesta visual que acompaña las aventuras de Odiseo, desde su enfrentamiento con Polifemo y Circe hasta el canto de las sirenas y el regreso a Ítaca. Muy distinta es la propuesta del dibujante italiano Milo Manara, cuya «Odisea» (Lumen) traslada el poema al lenguaje del cómic e introduce un cambio de perspectiva: el relato adquiere una nueva dimensión a través de Telémaco, el hijo que creció sin conocer a su padre y reconstruye sus hazañas escuchando el relato del centauro Quirón.

Pero esta recuperación de Homero no se limita a la ficción. Buena parte de las novedades parten de una pregunta que lleva siglos fascinando a historiadores y arqueólogos: ¿qué ocurrió realmente detrás del mito? Durante mucho tiempo, la guerra de Troya fue considerada una invención literaria hasta que las excavaciones arqueológicas demostraron la existencia de la ciudad. Desde entonces, el debate ya no gira en torno a si Troya fue real, sino a cuánto había de historia en los poemas homéricos. Esa es la cuestión que aborda «Homero y su Ilíada», del historiador británico Robin Lane Fox (Crítica, 2024), fruto de medio siglo de investigaciones sobre el origen del poema, la figura de Homero y el contexto histórico en que pudo componerse. En la misma línea se sitúa «De Troya a Roma. La historia tras el mito», de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio (Desperta Ferro), que sigue el itinerario simbólico que une la destrucción de Troya con el nacimiento de Roma a través de Eneas, combinando arqueología, historia y reconstrucciones visuales. Completa este recorrido «El mundo de Homero» (Crítica, 2015), de John Freely, un singular viaje por los escenarios de la «Ilíada» y la «Odisea» que muestra cómo paisaje, arqueología y literatura siguen iluminándose mutuamente.

Personajes secundarios

Si la tradición sitúa el conflicto hacia el 1180 a. C., algunos estudios recientes sostienen que formó parte de una crisis mucho mayor que afectó a todo el Mediterráneo oriental. En ese contexto resulta especialmente iluminadora la lectura de «1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó», del arqueólogo Eric H. Cline, libro con el que entender el final de la Edad del Bronce. Su propuesta sitúa la guerra de Troya dentro de un escenario marcado por conflictos, migraciones, sequías, terremotos, la ruptura de las redes comerciales y la irrupción de los llamados Pueblos del Mar, convirtiendo la caída de la ciudad en uno de los episodios de una transformación mucho más amplia del mundo antiguo.

La ola editorial también ha desplazado la mirada hacia personajes que la tradición épica relegó a un segundo plano. Durante siglos, Aquiles, Ulises o Héctor monopolizaron el relato, mientras figuras como Helena, Penélope o Telémaco permanecían definidas por su relación con los héroes. Esa tendencia comienza a invertirse en «La vida privada de Helena de Troya», la recuperación que La Fuga hace de la novela publicada por John Erskine en 1925. La acción se sitúa después de la guerra, cuando Helena regresa a Esparta y debe enfrentarse a una existencia mucho más compleja que la leyenda. Menelao, su hija y toda la sociedad continúan juzgándola, mientras la novela desplaza el interés desde la épica hacia la intimidad de una mujer obligada a convivir con las consecuencias de un relato escrito por otros.

Muy diferente es la propuesta de «El viaje de Ulises. Sabiduría de la “Odisea” para aquellos que buscan dominar su destino», de J. P. Graham (Roca). El libro convierte el itinerario del héroe en un conjunto de enseñanzas sobre liderazgo, toma de decisiones, incertidumbre y fortaleza de carácter. En lugar de analizar el poema desde una perspectiva histórica o filológica, Graham lo interpreta como un repertorio de experiencias humanas cuya vigencia trasciende el mundo antiguo. Por último, quizá el ejemplo más inesperado de esta expansión del universo homérico sea «Historia del pan. Un viaje desde la “Odisea” a las guerras del siglo XXI», de Gabriele Rosso (Barlin). El ensayo utiliza la «Odisea» como punto de partida de una historia cultural del pan y sigue su recorrido desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto hasta la actualidad para mostrar cómo un alimento cotidiano ha estado ligado a la religión, la organización social, la economía, las hambrunas, los conflictos políticos y, hoy, incluso a la geopolítica del trigo.

Es evidente que la adaptación cinematográfica ha contribuido a despertar el interés de los lectores y a favorecer la aparición de nuevas ediciones y ensayos. Sin embargo, reducir esta oleada editorial a una simple estrategia comercial sería simplificar demasiado, pues realmente siempre hay trabajos de trasfondo homérico. La «Odisea» ha atravesado casi tres milenios porque contiene algunos de los grandes interrogantes de la experiencia humana: el deseo de regresar y la imposibilidad de hacerlo siendo la misma persona; la inteligencia frente a la violencia; la hospitalidad y la extranjería; la memoria, la espera y la tentación de olvidar quiénes somos.

Publicado en La Razón, 15-VII-2026


El inicio de la tradición literaria occidental

Se publica, por parte de la editorial Alianza, la traducción en prosa de Carlos García Gual de la «Odisea», acompañada por un estudio introductorio. Este gran helenista español propone una lectura de esta obra como el texto que desplaza la épica desde el campo de batalla hacia el viaje y la aventura. Frente a la «Ilíada», centrada en la guerra de Troya, aquí aparecen nuevos escenarios, múltiples registros narrativos y un protagonista mucho más complejo. Odiseo ya no es el héroe definido por su fuerza física, sino por su inteligencia, su capacidad de adaptación y esa «polytropía» que el traductor explica como la cualidad de quien sabe desenvolverse entre toda clase de peligros y cambiar de estrategia según las circunstancias. García Gual también analiza la cuidada estructura del poema, dividida entre la «Telemaquia», las aventuras marinas y el regreso a Ítaca, además de detenerse en la importancia del relato en primera persona, que convierte a Odiseo en uno de los primeros grandes narradores de viajes de la literatura. En suma, esta edición funciona como una auténtica guía de lectura para comprender por qué la «Odisea» inauguró un nuevo modo de contar historias y por qué su héroe resulta, todavía hoy, sorprendentemente moderno.

jueves, 23 de julio de 2026

Un artículo sobre el restaurante La Malontina


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "La Malontina: un bistró castizo para saborear el Barrio de las Letras".

jueves, 16 de julio de 2026

Irlanda reivindica a Jonathan Swift tres siglos después de «Los viajes de Gulliver»

Jonathan Swift y la maldad endémica del hombre en «Los viajes de Gulliver»

Exposiciones, representaciones teatrales, visitas literarias y actividades culturales recordarán durante 2026 el legado de una obra que escondía una de las críticas más incisivas a la sociedad de su tiempo.

Libro de viajes imaginarios, relato fantástico –algunos hablan de un precedente de la ciencia-ficción–, sátira mordaz y despiadada de la sociedad inglesa de la época y de la condición humana en general, historia para niños... Así son «Los viajes de Gulliver» (1726), difícilmente clasificables o, en cambio, tendentes a la etiqueta simplificadora de literatura infantil y juvenil. A pesar de que, paradójicamente, en un gran número de ediciones del libro se vean censurados los pasajes más amargos o las referencias sexuales escritas por su autor, el irlandés Jonathan Swift (Dublín, 1667-1745), pues, de cara a los más pequeños, a veces sólo procede ofrecer caballos que razonan o ciudades flotantes en el cielo; jamás una desalentadora imagen del ser humano.

Pero es que «Los viajes de Gulliver» es precisamente eso: una visión desesperanzada del hombre, a pesar de que su contexto utópico y sus geniales fantasías empujen al mundo editorial a dirigir el texto al público menor de edad. La sutileza de Swift radicaba en que tal crítica estaba elaborada mediante símbolos, lugares imposibles, personajes que bien podrían pertenecer en su origen a los mitos grecolatinos. Un texto, por lo demás, polémico en cuanto fue publicado, ya que su carácter satírico resultaba fulminante para las cabezas biempensantes de la política y la Iglesia. El médico Gulliver, al visitar sitios irreales, hablaba sin tapujos de la realidad: de los vicios y corrupciones cotidianos, y de ellos no se salvaba nadie.

Así, el escritor que en «Una humilde propuesta» (1729) propondrá que los niños irlandeses pobres sirvan de carne para los ricos con el fin de eliminar la hambruna que padece el pueblo, es el que recrea los defectos humanos en cuatro territorios inventados. En «Viaje a Lilliput», se burlará del rey Jorge I; en «Viaje a Brodbingnag», planteará la pequeñez de las ideas sociopolíticas en el momento de llevarlas a la práctica; en «Viaje a Laputa», ironizará sobre el centralismo inglés frente a Irlanda; en «Viaje al país de los Houyhnhms», el hombre será el salvaje y el caballo el racionalista. Con ello, Swift dará la vuelta a lo preestablecido, presentando las indignas y crueles contradicciones de las personas.

Rutas y exposiciones

Este próximo mes de octubre se cumplirán trescientos años de la publicación de esta obra, y el país ha preparado un amplio programa cultural para recordar al autor que convirtió una novela de aventuras en una de las sátiras más afiladas de la literatura occidental. Las conmemoraciones se extenderán a lo largo de 2026 en distintos puntos de la isla. Dublín concentrará buena parte de las actividades, con exposiciones dedicadas al escritor en instituciones vinculadas a su vida y a su legado. La Catedral de San Patricio, donde Swift ejerció como deán durante más de treinta años y donde hoy reposan sus restos, ofrecerá visitas especiales centradas en su figura. Allí se conservan objetos personales, documentos históricos y el célebre epitafio en el que el escritor reivindicó su lucha contra las injusticias de su tiempo.

También el Trinity College, donde cursó estudios, dedicará una muestra a la génesis y la recepción de «Los viajes de Gulliver», mientras que la histórica Marsh Library exhibirá ejemplares y traducciones que permiten seguir la extraordinaria difusión internacional de la novela, convertida con el paso de los siglos en un clásico global. Además, las celebraciones no se limitarán a exposiciones bibliográficas. El programa incluye representaciones teatrales y musicales inspiradas en la vida del autor, entre ellas una producción que explora la relación de Swift con Esther Johnson y Esther Vanhomrigh, conocidas popularmente como Stella y Vanessa. La obra se representará en Howth Castle, una fortaleza con la que el escritor mantuvo una estrecha relación.

El aniversario tendrá una dimensión histórica. El Dublin Festival of History incorporará actividades relacionadas con la Irlanda del siglo XVIII y con el contexto político y social en que surgió la novela. Rutas urbanas, visitas a archivos y encuentros con especialistas permitirán acercarse al mundo que inspiró a Swift. Por otro lado, la conmemoración alcanzará igualmente Irlanda del Norte, ya que la Robinson Library de Armagh exhibirá uno de los testimonios más valiosos relacionados con la obra: un ejemplar de la primera edición anotado por el propio Swift. El documento revela el descontento del autor con determinadas modificaciones introducidas por su editor y ofrece una mirada excepcional a los procesos de censura y negociación editorial de la época. El programa culminará en noviembre con el Jonathan Swift Festival, una cita que reunirá conferencias, lecturas públicas, espectáculos y actividades culturales en torno a la figura del escritor. Más que una celebración de un libro, el aniversario pretende reivindicar a un autor cuya mirada crítica sigue interpelando al presente. 

Escepticismo esperanzado

Sin duda alguna, Swift fue un ciudadano y un intelectual valiente, en una época en la que las críticas al gobierno eran castigadas con la cárcel, atreviéndose a señalar las corrupciones e injusticias que llevaron a sus compatriotas a la miseria y a él mismo a la marginación política. Sin embargo, sus consejos al pueblo irlandés, al que se dirigía con una enorme claridad en sus panfletos, cayeron en saco roto. Todo lo cual lleva a pensar que, por esta dedicación a defender los derechos del prójimo, más que un misántropo, una persona de humor tétrico que manifiesta aversión al trato humano, Swift fue un defensor decepcionado ante la historia que le tocó vivir. De ahí que, cansado de tomar partido por sus semejantes, se distanciara de ellos cambiando su crítica al poder por la crítica a sus compatriotas, resignados ante las restricciones legales que imponía Inglaterra.

Lo cierto es que, en una carta al poeta Alexander Pope, Swift habla de su menosprecio por la masa, pero también de su afecto por las personas concretas: «Sobre todo odio y detesto a ese animal llamado hombre, aunque amo con todo el corazón a Juan, Pedro, Tomás, etc.». Es, ante todo, un escéptico, un hombre que se enfrenta a la sociedad de su tiempo y pone en duda lo que le rodea, salvo unas cuantas ideas políticas de cariz conservador con las que congenia y su fe religiosa. La misantropía de Gulliver no tiene por qué compartirla Swift, quien ha sufrido la leyenda que se forjó sobre él cuando, a su muerte, se publicaron estudios que criticaban su personalidad de forma exagerada. Hasta tal punto que, en los siglos XVIII y XIX, se le empezó a calificar de loco —en parte por su tendencia a la escatología— y a acusársele de degradar al ser humano con su prosa.

Pero Swift no es, desde luego, un mero divulgador de ideas en contra del fanatismo político y religioso, sino un artista dotado de un ingenio sin igual para el sarcasmo y la mordacidad. Su objetivo era llegar a toda clase de lectores, cautivándolos con aspectos burlescos e irónicos, entreteniéndolos mientras introducía elementos de juicio y reflexión. «Una sátira es una especie de espejo donde los que miran ven las caras de los demás, pero no la suya», dejó dicho el autor. Así, de forma tan divertida como corrosiva, puso el dedo en la llaga de los ámbitos más relevantes de la sociedad: ridiculizó a la corte real y a los ministros en Liliput, a los estudiosos racionalistas en la Isla Flotante —el teólogo Swift no compartía el «Pienso, luego existo» de René Descartes (1637) por negar la intervención de la Providencia y estaba en contra de las teorías de Newton— y a los inventores y científicos en la Academia de Lagado, pues, no en vano, Swift prefería poner el acento en el intelecto puro, lo ético y lo moral, antes que en el progreso técnico.

Lo tragicómico define «Los viajes de Gulliver»: las situaciones absurdas, los personajes rocambolescos, las penalidades humorísticas del protagonista se mezclan con explicaciones dramáticas, acciones crueles y críticas despiadadas. Estamos ante una obra intelectual, aun enmarcándose en lo novelesco, en el sentido que invita a la reflexión sobre el entorno sociopolítico, indicando que, aunque este promueva teorías buenas, a la hora de ponerlas en práctica surge el obstáculo principal: la maldad endémica del hombre. Con todo, el pesimismo de Swift es relativo, pues su empeño moral radica en la fe en que el ser humano mejore, aunque se trate de una fe ingenua, desde luego: y así, la inocencia del viajero en los tres primeros viajes contrastará con su misantropía en el cuarto.

Publicado en La Razón, 14-VII-2026

 

Tories y whigs entre liliputienses

En realidad, estamos ante una obra de corte político que ridiculizó a personalidades de la época; de este modo, mediante el personaje del tesorero Flimnap, se alude al ministro Robert Walpole —al que el escritor detestaba por hacer caso omiso a la ayuda que pedía para Irlanda—, cuya destreza al caminar por una cuerda en un concurso ridículo representaría su perspicacia en los debates parlamentarios. El poder político de Liliput, al igual que en la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII, se encuentra dividido en dos facciones: los Tramecksan y los Slamecksan, que vienen a ser los tories y los whigs británicos, los primeros conservadores y los segundos liberales, y que se distinguirían cómicamente por la altura de sus tacones, altos y bajos respectivamente (reflejo también de la «Iglesia alta» y la «Iglesia baja», la primera asociada al tradicionalismo anglicano y la segunda al deseo de reforma y liberalización del catolicismo inglés). De hecho, el heredero al reino, al contrario que su padre, se inclina por favorecer a los Tramecksan, por lo que camina con zapatos de diferentes alzadas, y claro está, cojeando.

miércoles, 8 de julio de 2026

La revista "Qué Leer" de este julio

 

Ya está disponible en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (julio, núm. 328). En este otro enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

lunes, 6 de julio de 2026

Un artículo sobre el restaurante Albarada


Ayer aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Albarada, cocina mediterránea desde las alturas de Barcelona".

martes, 30 de junio de 2026

Un artículo sobre el hotel The Social Hub Madrid


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Dormir frente al Palacio Real: así es The Social Hub Madrid".

sábado, 27 de junio de 2026

martes, 9 de junio de 2026

La revista "Qué Leer" de este junio

 

Ya está disponible en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (junio, núm. 327). En este otro enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

lunes, 1 de junio de 2026

Un artículo sobre el Hotel Palace de Madrid


Ayer aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "El regreso del Palace: uno de los grandes símbolos de Madrid".

sábado, 30 de mayo de 2026

Un artículo sobre el Hotel Intelier Casa de Indias


Ayer aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Hotel Intelier Casa de Indias: historia, arquitectura y vida sevillana en un solo lugar".

jueves, 28 de mayo de 2026

Manuel Puig y la dignidad del folletín


En una conversación con Nora Catelli publicada en «Quimera» en 1982, Manuel Puig decía algo aparentemente simple pero decisivo para entender toda su obra: «Para mí, narrar es, de algún modo, conocer». La frase aparece mientras recuerda sus años italianos, pero en realidad funciona como una definición general de su literatura. Puig nunca dejó de creer en el placer narrativo, en la fuerza del melodrama y en la necesidad de contar historias, incluso cuando buena parte de la cultura prestigiosa sospechaba de esas formas consideradas «menores». Su gran descubrimiento fue comprender que el siglo XX hablaba mediante materiales despreciados: folletines, canciones sentimentales, frases hechas, películas de Hollywood, radionovelas o conversaciones triviales. Con todo eso construyó una de las obras más originales de la literatura hispanoamericana.

Durante mucho tiempo se repitió que Puig no tenía estilo, pero esa supuesta carencia era justamente la novedad radical de Puig, pues no buscaba una prosa inmediatamente reconocible, ornamentada o prestigiosa; es más, su literatura parecía desaparecer detrás de las voces de los personajes, como si quisiera inventar una narrativa construida a partir de la escucha. Algo que tenía mucho que ver con el cine. Así, cuando llegó a Italia en 1956, con una beca, llevaba consigo una devoción absoluta por Hollywood y directores Lubitsch, Hitchcock y Lang. Pero se encontró con un clima intelectual dominado por el neorrealismo y por la sospecha hacia la narración clásica. Puig entendió que esta jamás podría ser un adorno superficial, sino una forma de organizar la experiencia humana, y defendió esa idea sin abandonar nunca la experimentación formal, de ahí que sus novelas sean técnicamente complejas pero estén construidas con materiales que parecían indignos de la gran literatura.

Ahí aparece el núcleo de su obra: el folletín, el melodrama y la cultura sentimental de masas, ya que los hijos de inmigrantes y ex campesinos habían aprendido a sentir mediante el cine, la radio y las letras de tango; por eso parte de la crítica interpretó su obra desde lo kitsch y el sentimentalismo popular. Sin embargo, Puig no contempló a sus personajes desde arriba; incluso cuando hablan mediante clichés absurdos o frases melodramáticas, el escritor conserva hacia ellos una mezcla de ironía y ternura.

Su intuición más profunda era que las fantasías aparentemente ridículas contienen deseos auténticos. Y esa idea alcanza una formulación extraordinaria cuando habla de «Pubis angelical», en que quiso separar lo que la protagonista controla racionalmente de aquello que pertenece a «sus fantasías reprimidas, sus miedos, sus deseos inconfesados». Entonces añadió una frase magnífica: «Yo supongo que el inconsciente está poblado por el folletín, habla en términos altisonantes». Pocas definiciones mejores podrían darse del universo de Puig. El inconsciente moderno ya no habla el idioma de la tragedia clásica, sino el del melodrama cinematográfico y la novela sentimental.

La emoción dramática

Hay en su literatura, por otro lado, una preocupación constante por la imposibilidad de cambiar completamente. Sus personajes suelen vivir atrapados entre lo que creen pensar y aquello que aprendieron sentimentalmente en la adolescencia, de tal manera que la educación emocional deja marcas más profundas que las ideologías, una tensión esta que aparece de manera perfecta en «El beso de la mujer araña», probablemente su novela más célebre. La novela representó una verdadera revolución porque consiguió unir experimentación formal, reflexión política y emoción melodramática. La historia se sostiene sobre dos hombres encerrados en una celda: Molina, homosexual y apasionado por las películas románticas, y Valentín, militante revolucionario. Molina narra películas para sobrevivir al encierro, y Puig convierte esas narraciones sentimentales en el corazón emocional y político del libro.

Y aquí cabe hacer un aparte, pues en Argentina, el comportamiento homosexual podía llevar a un arresto o, al menos, a la humillación de verse etiquetado como «puto, palabra que siempre lo haría encogerse de vergüenza», como explicó su biógrafa Susanne Jill Levine. Puig, que solía vagar por La Boca, sintiendo el suspense y a la vez la atracción de lo prohibido, morirá en 1990 con la duda de si el sida ha sido el culpable. El caso es que en «El beso de la mujer araña», nunca trata a Molina como caricatura ni como símbolo abstracto, sino que el personaje está construido precisamente a partir de aquello que la cultura «seria» había despreciado: estrellas de cine, glamour, frases románticas, melodramas lacrimógenos. Pero Puig invierte todas las jerarquías culturales tradicionales y lo que parecía banal se vuelve profundamente humano. La adaptación cinematográfica de Héctor Babenco, estrenada en 1985, comprendió perfectamente esa complejidad. William Hurt interpretó a Molina sin convertirlo en simple emblema de la diferencia sexual, el actor ganó el Oscar por el papel, y la película convirtió internacionalmente a «El beso de la mujer araña» en una de las grandes historias queer, diríamos hoy.

Con todo, quizá el aspecto más fascinante de Puig siga siendo su método de trabajo, como contó Puig alrededor del origen de «Maldición eterna a quien lea estas páginas». Durante su estancia en Nueva York conoció en una piscina a un hombre llamado Larry. Lo observaba nadar y le intrigaba aquel individuo en apariencia perfecto y solo. «Yo quería ser él y él quería ser yo», recordó. Finalmente, le propuso encontrarse varias veces por semana para conversar. «Él no quería grabadora, así que todo lo que iba diciendo yo lo escribía a máquina. Ese diálogo, en el que yo me ponía en el lugar del viejo, es la novela». La anécdota revela hasta qué punto Puig concebía la literatura como una forma extrema de escucha. Sus novelas parecen espontáneas, pero están construidas mediante un trabajo minucioso sobre la oralidad, las interrupciones, los lugares comunes, las frases mal dichas y las fantasías sentimentales. Nadie habla nunca con una voz completamente propia, como si todos estuviéramos hechos de frases escuchadas en otra parte.

Publicado en La Razón, 15-V-2026

martes, 26 de mayo de 2026

Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años?

 

El cuerpo en Bad Bunny nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.

Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque sólo se disfruta, sólo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical ꟷsu apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadadoꟷ lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en lenguaje inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio ꟷnacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Ricoꟷ actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.

Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan con fluidez del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero pop, a composiciones festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.


De Puerto Rico a Nueva York

Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicionales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran sólo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.

Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes ꟷque suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»ꟷ sólo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y sólo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano ꟷchicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»ꟷ, como se aprecia en sus videoclips hechos, por destacados realizadores.

Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención (apenas unas pocas canciones) en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. No me negarán que los títulos son irresistibles. Este triunfador global que nunca deja de sentirse muchacho de barrio, es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.

 

El lenguaje badbunnyero

No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte de su magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.

Publicado en La Razón, 24-V-2026

fotos: Sergi P. Naches