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sábado, 20 de septiembre de 2025

El dolor de perder a Antonio Rivero Taravillo

 

Querido Antonio: hoy serás ceniza, ceniza impregnada por siempre a mí. Es imposible agradecerte tu amistad y cariño, tu interés y entrega, tu trabajo y tus libros, tu bondad y generosidad desde enero del 2009. Cómo se agradece eso. ¿Me estás oyendo? ¿Me estás leyendo? Yo creo que sí. Porque si no, el dolor sería demasiado grande, más de lo que ya es al perderte. Descansa en paz.


martes, 1 de julio de 2025

"In memoriam", Germán Gullón (1945-2025)

A la memoria de Germán Gullón, a mis ojos el hombre de letras más importante del mundo en las últimas cinco décadas. Gracias por tantísimo, querido amigo, desde hace más de veinte años para mí, y por siempre.

miércoles, 17 de julio de 2024

Contra el comunismo, Ismaíl Kadaré


Uno de los últimos acontecimientos en la vida de Ismaíl Kadaré fue el hecho de que Emmanuel Macron le distinguió con el título de la Legión de Honor francesa. El presidente galo, él mismo un gran amante de la literatura, en el discurso en el que se refirió a distintas obras del autor albanés, destacó el hecho de que representó un gran acicate en contra de los regímenes comunistas, en particular el que sufrió en carne propia, el de Albania, y del que huyó en 1990 para acabar instalándose, precisamente, en París. En palabras de Macron, era merecedor de dicho título "por sus obras, su valor para levantarse contra un sistema dictatorial" y, asimismo, por tratarse de "un defensor de la libertad, un gran escritor de la humanidad".

En efecto, el país de la península balcánica tuvo que soportar al dictador comunista Enver Hoxha desde 1944 hasta su muerte, en 1985. De hecho, este político y militar llegó a romper la relación con la Unión Soviética, lo que justamente aparecía reflejado en el último libro Kadaré, "Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak", en la editorial Alianza, como la mayoría de los escritos que tenemos disponibles en español de este autor que estaba continuamente en las quinielas para recibir el premio Nobel. En la citada obra, el autor evocaba aquel tiempo, de tal modo que "Moscú y Tirana estaban a punto de prenderse fuego la una a la otra, pero cuando se trataba del escritor maldito, compartían la misma opinión y el mismo decreto: la fama, buena o mala, la tenéis aquí, en nuestro mundo. Mejor será que os olvidéis de ese otro mundo. Nada, salvo veneno y duelo, procede de él".

Se estaba refiriendo, con lo del escritor maldito, a Osip Mandelstam, que en la URSS había sido enviado a un gulag y en Albania tenía su obra prohibida, como tantos otros autores que pretendían exponer su voz en libertad. De hecho, esta última obra que mencionamos, "Tres minutos", condensa muy bien algunos de los asuntos que despertaron el mayor interés en Kadaré. Se trataba de un libro donde eran centrales tanto este poeta ruso como su amigo Borís Pasternak, que vio cómo el gobierno ruso prohibió la publicación de "El doctor Zhivago" y le obligó a rechazar el premio Nobel en 1958.

Sintonía con Pasternak

A este Pasternak que fue tan vilipendiado le dedicaba Kadaré un libro que giraba alrededor de lo que pudo ocurrir durante una conversación telefónica entre el tirano y el autor moscovita, en junio de 1934, que generó una variada ola de interpretaciones. Kadaré construía un texto narrativo al presentar a un protagonista, también escritor, un alter ego por lo tanto, que sentía una fuerte ligazón con Pasternak. En parte, ello se debía a que el personaje también en su momento estaba en las quinielas para recibir el premio de la Academia sueca y a que había de lidiar con el órgano censor de Albania. Así, Kadaré hacía un ejercicio literario con respecto a qué pasó en verdad cuando Stalin le preguntó a Pasternak qué pensaba de Mandelstam.

El talento novelesco de Kadaré y su investigación sobre esa legendaria llamada le llevaba a comentar hasta un total de trece versiones de lo que pudo haber sucedido en aquellos tres o cuatro minutos de charla en la que, según varias fuentes, Pasternak contestó de forma elusiva y breve, lo que disgustó a Stalin, llevándole a colgar bruscamente el teléfono. En suma, lo interesante era ver cómo "se habían juntado, pues, los tres. Pasternak, Stalin, Mandelstam. Dos poetas y el tirano en medio"; cómo, por otra parte, Kadaré daba un tratamiento narrativo al comienzo de su texto, al mostrar al protagonista en el trance de hacer una novela sobre Pasternak, muy extensa, que abordaba la campaña contra el escritor ruso, lo que llevaba a un diálogo con un miembro del departamento de censura.

Esto, por supuesto, resultaba muy comprometido, pues "tras cada libro prohibido llegaba el lacerante examen. La pregunta: ¿cómo no percibiste tú, editor, el veneno que destila el autor?, por fría que pareciera, era muy simple. Similar habría de ser la respuesta: fui un ingenuo, un lerdo, a consecuencia de mi superficial comprensión del marxismo-leninismo. Soy culpable. Que el partido me castigue". De esa culpabilidad, de carácter kafkiano, que consigue extender e imponer el comunismo entre su población, da buena cuenta Kadaré desde que publicó su novela "El general del ejército muerto" en 1963, y se hizo conocido a escala internacional. En ella, se contaba la forma en que un oficial del ejército italiano acudía a Albania para recuperar y repatriar los cadáveres de los compatriotas que murieron allí durante la Segunda Guerra Mundial. Al protagonista le acompañaba un sacerdote con grado de coronel, y ambos estaban movilizados “en defensa de la patria” sin saber muy bien por qué habían recibido semejante misión.

Prestigio internacional

Aquella obra era un ataque contra los patrioterismos y los abusos de los políticos, y sobre el drama de toda guerra, con sus deserciones y afán por sobrevivir de la gente más humilde, con su violencia extrema, y muy en especial sobre la historia de Albania, tan sufrida y terrible, de la que ha escribió el narrador: "No existe pueblo que a lo largo de los siglos haya conocido una suerte más triste". De hecho, en otras obras como "El cerco" (1994), el autor natural de Gjirokastra, donde nació el 28 de enero de 1936, recreaba la invasión turca del siglo XV, aunque haciéndolo desde el punto de vista otomano. Las citadas obras fueron valiendo un ascendente prestigio internacional para Kadaré, lo que se tradujo en que sus escritos vieron la luz en más de cuarenta lenguas. Este hijo de unos comerciantes del sur de Albania desde muy pequeño había manifestado una gran pulsión artística, que se vio reflejada en su primer libro de poemas, "Líricas" (1953), cuando aún era un estudiante de educación secundaria.

Más adelante, estudió filología en la Universidad de Tirana y también fue alumno del Instituto Gorki de Moscú, que tanto le inspiró una obra como la novela "El ocaso de los dioses de la estepa" (1978) como, en última instancia, "Tres minutos", con ese trasfondo estalinista. Tras esta etapa, volvió a Tirana en 1960 y, ante la dificultad de llevar adelante sus proyectos literarios en un entorno dictatorial, se hizo ciudadano francés. Desde entonces, su obra narrativa ascendió a unas treinta novelas, varias colecciones de relatos y novelas cortas; entre todo ello, cabe destacar: "El monstruo" (1965), "Los tambores de la lluvia" (1969), "Crónica de la ciudad de piedra" (1970), "El invierno de la gran soledad" (1973), "El palacio de los sueños" (1976), "Abril quebrado" (1978), "El nicho de la vergüenza" (1978), "El año negro" (1985), "El firmán de la ceguera" (1984), "El concierto" (1988), "Spiritus" (1996), "Frías flores de abril" (2000), "Tres cantos fúnebres por Kosovo" (1999)…

"Hace veinte años, en mi país comunista, si alguien le hubiera sugerido a alguien la posibilidad de que, un día, un escritor albanés recibiría un premio en España, para mayor abundamiento entregado por el príncipe heredero, ese alguien habría sido de inmediato calificado de loco, lo habrían encadenado y conducido al manicomio. Y este habría sido el menor de los males. De acuerdo con una segunda versión, ese alguien acabaría en el juzgado y torturado como un peligroso complotador". Estas palabras al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2009, captan a la perfección la importancia absoluta de la lucha contra el comunismo en la obra de Kadaré. Aquella vez, hizo además referencia a cierta rivalidad conflictiva, la de la vida y el arte: "El mundo real posee sus propias armas contra el arte en ese enfrentamiento: la censura, las doctrinas, las cárceles", afirmó, convencido de que el arte jamás iba a claudicar ante las políticas más perversas.

Publicado en La Razón, 1-VII-2024

miércoles, 19 de junio de 2024

Alice Munro: la narradora doméstica


En el último libro de Alice Munro, “Mi vida querida”, publicado por la editorial Lumen en invierno, está la esencia de toda una andadura vital, iniciada en 1931 en un pueblo de Ontario, Wingham, y de toda una andadura literaria, iniciada con el libro de cuentos “Dance of the Happy Shades” (1968). En él se fraguan sus recuerdos autobiográficos de modo directo, con el estilo característico que la ha emparentado con Raymond Carver, ese otro cuentista de realismo seco, duro, áspero; de hecho, como dice ella misma en el prólogo: «Las cuatro últimas piezas de este libro no son exactamente cuentos. Forman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento, aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último –y lo más íntimo– de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida».

Una vida presidida por la elaboración de relatos que pronto destacaron en el panorama literario canadiense. En 1961, Munro aparecía en la portada de una revista en la que se destacaba su doble faceta de ama de casa y… escritora. Estaba en el ecuador de lo que sería su primer matrimonio, en Vancouver, pronto tendría a su tercera hija, su traslado a Victoria para regentar una librería con su marido no se iba a hacer esperar. Elementos domésticos, personales, que en el caso de Munro son fundamentales para captar en su dimensión una narrativa que se ancla en las pequeñeces de la convivencia y cuyas protagonistas, sin embargo, esconden sueños de liberación, de huir de la burbuja de hembra que cuida de su camada y espera obediente al esposo a que vuelva del trabajo, incluso mediante el adulterio. «Felices sombras», se decía en un juego de contrarios en aquel su primer libro, «Escapada», se tituló el que RBA publicó en 2004, y qué decir de este otro: «Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio», en 2001. Formas de relacionarse y formas de distanciarse alrededor de los sentimientos más comunes.

No en vano siempre se la ha tildado de la Chéjov canadiense por su dominio de los espacios cortos, domésticos en el exterior y anímicos en el interior. Claro está, en versión femenina, dado que es fácil relacionar esa vida gris de los inicios, en la Munro que aprovechaba las siestas de sus hijas para sentarse a escribir –muchas veces con la mente puesta en sus orígenes, en el seno de una estricta familia presbiteriana, lo cual enfatizó mucho después, en «La vista desde Castle Rock» (2006), en que hablaba de sus antepasados escoceses que emigraron al Canadá–, con la Virginia Woolf que expresó la necesidad de tener «un cuarto propio» en un tiempo en que esa pieza de la casa a utilizar como despacho estaba reservado a los hombres (ella usaría el cuarto de la plancha). Otro título sintomático de lo que sacamos a colación con este comentario feminista: la novela «Las vidas de las mujeres» (1971), pues la indagación de tal cosa es lo que más destaca en toda su trayectoria, muy significativamente más de cuarenta años después en «Mi vida querida», donde desde aquel plural llega a su singularidad una vez reconocido que el mayor tramo de la existencia ya ha pasado por delante, poco después de los cuentos que configuraron una de sus obras más celebradas, «Demasiada felicidad» (2009); un volumen que ofrecía cuentos en los que el sufrimiento de la mujer volvía a ser el epicentro: una mujer cuyo marido, en la cárcel, había matado a sus hijos; una madre que volvía a ver al hijo que creía perdido para siempre, por ejemplo.

La biografía privada de las mujeres de su generación converge en la suya propia: la del ama de casa y escritora que se asomó a la escena pública hace cuatro décadas; «Una doble vida», por decirlo con el título de la biografía que de ella hiciera Catherine Sheldrick; una «Vida de madre e hijas. Creciendo con Alice Munro», por decirlo con el título del libro de su hija Sheila. En «Mi vida querida», Munro se recrea a ella misma en uno de los cuentos sin pudor: una mujer en el hogar que, oprimida por esa cotidianidad rutinaria y previsible, responde a la llamada de la creatividad literaria y, a la vez, responde al acertijo de su pasado: la granja familiar, sus padres, el colegio, la juventud. Y entonces todo lo comprende, y al cabo deja de fabular para decir, sin tapujos: «Esto no es un cuento, tan solo es vida».

Publicado en La Razón, 14-V-2024

jueves, 30 de mayo de 2024

Una deuda de lealtad hacia Francisco Rico


Los alumnos de Filología Hispánica, por siempre, estarán en deuda con Francisco Rico, uno de esos profesores, investigadores, historiadores –que es como le gustaba definirse más a sí mismo, más que como filólogo– de la vieja escuela; esto es, del tiempo en que los conocimientos y la erudición eran un tesoro preciado para entender el ancho mundo, pasado y presente, y el mundo de las letras. En el siglo XX, estuvo al mando de una colección de la editorial Crítica que recorría, en enormes volúmenes y con la participación de numerosos hispanistas, nuestra historia de la literatura, desde la Edad Media hasta la poesía de la Transición. En ese contexto editorial, Rico, maestro y referente de tantas generaciones de estudiantes, surgía por ejemplo, en 1980, en el último capítulo del tomo 1 de aquella «Historia y crítica de la literatura española» dirigida por Rico, un deseo de Alan Deyermond, responsable de aquel volumen dedicado a la Edad Media, que en el 2005 se convirtió en realidad.

Así, este estudioso señalaba la necesidad de una «edición crítica de la “Tragicomedia” con un completo aparato de variantes, así como también nuevos estudios sobre los primeros textos impresos». Y he aquí que tal cosa, la “Celestina” de Fernando de Rojas, se hizo realidad por medio de un trabajo descomunal de aparataje filológico, logrando con ello una impresionante edición de una obra que muchos investigadores han contemplado como la primera novela europea, a pesar de su disposición dialogada y de otras particularidades que le confieren absoluta independencia estética y argumental en su época: la del ocaso del espíritu medieval y el acercamiento humanístico del Renacimiento. Y para obtener una visión erudita y diáfana de ello, bastaba leer el texto preliminar de Rico, «La realidad y el estilo (el humanismo de “La Celestina”)», una verdadera lección magistral que nos hablaba ampliamente de la esencia del relato desde sus elementos adyacentes: contexto histórico y entorno cultural.

Rico veía otro hito en su carrera del que todo el orbe hispano ha salido beneficiado, en paralelo a su medio siglo como profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. Hablaba de Rojas, y eso era la excusa para enmarcar el origen de esta obra en Petrarca, otra de sus grandes especialidades, un autor que hace unas semanas ha protagonizado su última obra, en la editorial Arpa. Y casi se puede decir de este fumador empedernido y hombre muy crítico con la actualidad cultural –a sus ojos el pueblo español estaba desalfabetizado– lo que él decía de Rojas y del otro autor anónimo que escribieron la famosa historia de Calisto y Melibea: que había aprendido los preceptos de los «studia humanitatis» pero sin llegar a ser de ningún modo humanistas, en el sentido de tener un carácter exclusivo y pedante; muy al contrario, serían «francotiradores excéntricos a cualquier “establishment”, enterados e incluso deudores de las tácticas y las estrategias de los demás, pero resueltos a hacer la guerra exclusivamente por su cuenta y riesgo».

Quijotes y lazarillos

Rico hizo su trabajo investigativo de este modo, liderando un sinfín de proyectos de historicidad literaria, uno magno de entre todos, todos mayúsculos, que fue su ediciones del “Quijote” y del “Lazarillo”; por algo será recordado por ser uno de los que más supo del Renacimiento y de la llamada literatura picaresca. Hoy, probablemente el número de estudiantes de Filología Hispánica ha descendido, y que el tiempo de las grandes y continuas lecturas que formaban el acerbo intelectual de las nuevas promociones de alumnos, ya ha pasado, pero si hay algún interesado en entrar en la personalidad e intereses de Francisco Rico, sus libros hablarán por él, lo recordarán mejor que nadie y nada. Y es muy fácil hacerlo, pues el profesor donó su colección a la Biblioteca de Humanidades de la referida universidad.

Lope de Vega o Mateo Alemán, con las ediciones respectivas de “Guzmán de Alfarache” (1967 y 1983) y “El caballero de Olmedo” (1984); o joyas de su andadura escrita como “La novela picaresca y el punto de vista” (1970), “Nebrija frente a los bárbaros” (1978), “El sueño del humanismo” (1993), “Tiempos del "Quijote" (2012) o “El primer siglo de la literatura española” (2022) son su biografía, su excelsa dedicación a la sabiduría y a la divulgación de las obras que nos abren la puerta a infinitas formas de pensamiento, belleza, conocimiento, arte y humanidad. Había entrado en la Academia de la Lengua el 4 de junio de 1987 con el discurso titulado "Lázaro de Tormes y el lugar de la novela", y le respondió, en nombre de la corporación, otro de esos otros filólogos que tanta falta hacen ahora y siempre, Fernando Lázaro Carreter, que tan preocupado estaba por el uso que del lenguaje hacían los españoles.

Con la muerte de Rico, en cierta forma, muere todo un campo que no se reconoce lo suficiente, ni siquiera en el ámbito hispánico –no digamos desde terrenos anglosajones–, el Siglo de Oro, el clímax de la literatura de todos los tiempos. En torno a todo ello, cómo no agradecerle, estando en deuda con él, que dirigiera la colección Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, que incluyó, entre sus 111 títulos, las obras completas de Miguel de Cervantes, que fueron presentadas en 2019 ante los reyes de España. En la editorial Acantilado, en 2022, publicó, por cierto, “Una larga lealtad. Filólogos y afines”, todo un homenajes a personas a las que profesó admiración. Y esta misma es la que hoy le debemos.

Publicado en La Razón, 28-IV-2024

miércoles, 19 de julio de 2023

Querido Ibáñez...

Foto: Fernando Sánchez Dragó, en su programa de TV, expuso Que todo en la vida es cine y El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau

Me entero de la muerte de Francisco Ibáñez en el justo momento en que tengo su último álbum en las manos, como regalo a un amigo, Mortadelo y Filemón. Mundial de baloncesto 2023. Con este dibujante, el más trabajador, humilde y bondadoso de la historia de los tebeos, muere de alguna manera, definitivamente, mi infancia, llena de miles de dibujos en los que practicaba cómo era hacer sus personajes. Qué más puedo decir.


Nunca lo conocí en persona, pero hace diez años, en el salón del cómic de Barcelona, me pude acercar, acompañado, y pedirle que me firmara uno de sus libros. Le había dedicado un homenaje en forma de texto para la revista de cine Versión Original, a partir de La gran aventura de Mortadelo y Filemón, que en el 2016 incluí en Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas. Y es así como, en efecto, entes de ficción disparatados: Rompetechos, los miembros de 13 Rue del Percebe, Pepe Gotera y Otilio o el Botones Sacarino, forman parte de la propia vida, como regalos de felicidad que jamás la humanidad y tantas generaciones podrán agradecer como se merecería Francisco Ibáñez.


jueves, 13 de julio de 2023

Muere a los 94 años el escritor Milan Kundera

 

Foto: biblioteca de Praga

La sombra del totalitarismo soviético se alarga en determinados autores de varias generaciones que lo padecieron en sus carnes, reflejándose en obras de trasfondo grave. Uno de ellos fue Milan Kundera –hijo del pianista Ludvik Kundera–, del que se recuperó en fechas recientes un par de textos en “Un occidente secuestrado. La tragedia de Europa Central”. Se trataba del discurso que dio ante el Congreso de Escritores de 1967, titulado “La literatura y las pequeñas naciones”, en el que defendió la libertad creativa de los escritores, y de “Un Occidente secuestrado” (1983), en que analiza cómo quedó el continente después de la Segunda Guerra Mundial: compuesto de la Europa occidental, la Europa oriental y “esa parte de Europa situada geográficamente en el centro, culturalmente en el Oeste y políticamente en el Este, la más complicada de las tres”.

Para el autor checo, allí se concentraba el drama de Europa, el lugar donde sucedió la revuelta húngara de 1956 y su subsiguiente masacre; la Primavera de Praga y la ocupación de Checoslovaquia en 1968; las revueltas polacas de 1956, 1968, 1970… “Ni por su contenido dramático ni por su alcance histórico, nada de lo que ocurre en la Europa geográfica, ni en el oeste ni en el este, puede compararse con esa cadena de revueltas centroeuropeas”, decía gravemente. Sin embargo, en sus años de senectud, Kundera también demostró que podía enfrentarse a lo que implica vivir en el totalitarismo con un tinte, podríamos decir, lúdico.

De esta manera, escribió el divertimento “La fiesta de la insignificancia” (2014), que significó una forma muy personal de volver a la narrativa quince años después de componer “La ignorancia”, la historia de dos checoslovacos que regresaban a su tierra tras exiliarse y veía cómo se desmoronaba el comunismo en el Este europeo. Lo hizo entre ocurrencias supuestamente humorísticas a partir de las andanzas de unos cuantos amigos en el París actual; todo ello en torno a las alusiones a cierto seductor muy brillante en sus chistes, a cierta reciente viuda y a la idea de hacer un teatro de marionetas, más la explicación de por qué Kaliningrado se llama así. Y es que la ciudad báltica perteneciente a Prusia, que se anexionó a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial, fue rebautizada (se llamaba Königsberg) en homenaje al revolucionario bolchevique Mijaíl Kalinin, uno de los secuaces más fieles y despiadados de Stalin.

Sentimiento de culpa

Así pues, en aquel momento, cuando contaba ochenta y cinco años —nació en Brno en 1929—, el autor se dio una tregua en sus temas trascendentes o de tono sociopolítico; era un Kundera nuevo, irreconocible, que lograba algún pasaje notable, pero al fin frívolo en su empeño de entretener sin un argumento detrás que alcanzase un desenlace óptimo. Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán eran los amigos que protagonizaban escenas en grupo o en solitario, concebidas a modo de breves apariciones teatrales. Los párrafos de tipo humorístico sobre lo erótico del ombligo de las mujeres, sobre las colas que se formaban en una exposición de Chagall, sobre la forma de mentir con respecto a que se sufre cáncer… eran meras anécdotas cuya calidad narrativa cabía cuestionar, por lo que hacía pensar que los mejores periodos de la narrativa del autor habían quedado bastante atrás.

La dispersión de asuntos que abordaba este texto se acentuaba al hablar de las madres de los personajes, de una suicida convertida en asesina y de los llamados «perdonazos», o sea, aquellos que piden perdón por cualquier cosa: «Sentirse o no sentirse culpable. Creo que todo radica en eso». Y con eso pareciera que Kundera hubiera querido sintetizar la médula espinal de la personalidad literaria y personal de algunos de sus compatriotas, de un Franz Kafka, de un Bohumi Hrabal, siempre tendentes a verse culpables de algo por la presión social o un exceso de autocrítica, lo cual se deja sentir incluso en el momento de afrontar la muerte. El propio Kundera, en 1989, publicó “La inmortalidad”, en cuyo capítulo «El suicidio», escribía a propósito de una mujer que amenazaba con quitarse la vida: «Todo el mundo tiene derecho a matarse. Es parte de su libertad».

Tal libertad podía ser extremadamente difícil de obtener en el plano más simple, habida cuenta de que tras la guerra, en 1948, en tierras checas se impuso el régimen comunista desde Moscú, y enseguida se vio que la obra de autores como el mismo Hrabal no podía sintonizar con los estándares que se querían para el arte, en que debía primar el realismo socialista. En un cómic, de David Zane Mairowitz y Robert Crumb, se dice que «quizás el verdadero peligro de que los disidentes checos leyeran a Kafka era precisamente que lo consideraban realista. Los pocos que lograban obtener un ejemplar de “El proceso” ingresado de contrabando, no encontraban allí demasiadas diferencias con su vida cotidiana en la Checoslovaquia estalinista, con sus informantes, sus denuncias públicas y, sobre todo, sus “juicios de exhibición” de los exdirigentes comunistas, que se acusaban a sí mismos públicamente de delitos que nunca cometieron». De modo que se ordenó que dejaran de distribuirse sus libros.

Literatura para soportar la vida

Por su parte, Kundera buscó la manera de criticar la sociedad comunista checa en sus primeras novelas, “La broma” (1967), “El libro de los amores ridículos” (1970) y “La vida está en otra parte” (1973). Fueron años duros, en los que, tras la invasión soviética de Checoslovaquia, en 1968, cayó en el ostracismo: no sólo sus obras fueron prohibidas, sino que perdió su puesto de profesor en el Instituto Cinematográfico de Praga, donde dio clases de historia del cine desde 1959 a 1969, de forma que empezó a proyectar lo que sería vivir en el extranjero. Lo consiguió en 1975, haciéndose profesor de literatura comparada en la Universidad de Rennes hasta 1980 y, más adelante, en la École des Hautes Études de París. Es más, en 1981 adoptó la nacionalidad francesa y supervisó durante los años siguientes una traducción completa de su narrativa al francés.

Aparte de las narraciones citadas, cabe citar entre sus escritos los ensayos literarios “El arte de la novela” (1986) y “Los testamentos traicionados” (1993), y, como dramaturgo, “Los propietarios de las llaves” (1962) y “Jacques y su amo” (1975). Pero, sobre todo, a Kundera se le recuerda desde hace décadas por “La insoportable levedad del ser” (1984), una historia de amor realmente intensa, donde se asoman los celos, el sexo y las traiciones: todo un cóctel explosivo de emociones protagonizado por una mujer de apariencia frágil, Teresa, y el cirujano (y muy mujeriego) Tomás, por una parte, y por Franz y la pintora Sabina, a su vez amante también de Tomás, en plena Primavera de Praga. La obra tuvo una famosa adaptación al cine por parte de Philip Kaufman, en una cinta con grandes dosis de erotismo y un elenco de actores que harían una carrera brillante: Daniel Day-Lewis, Juliette Binoche y Lena Olin, entre otros. Una novela que, en suma, recorría la historia reciente de Checoslovaquia y su trasfondo de represión comunista, hasta el punto de que Tomás sufría la depuración del gobierno y, Sabina, la presión de no poder salirse de las directrices artísticas que marcaba el régimen, en busca de una libertad imposible.

Publicado en La Razón, 12-VII-2023

martes, 27 de junio de 2023

Antonio Gala: el dandi califa


En la Fundación que lleva su nombre, dedicada a apoyar a los jóvenes creadores desde el año 2002, hay un verso que sirve de lema para esta institución sin ánimo de lucro, perteneciente al “Cantar de los cantares”: “Ponme como un sello sobre tu corazón”. Dicha idea la quiso extender Antonio Gala a los escritores o artistas que acogía allí, en el antiguo Convento del Corpus Christi (del siglo XVII), de Córdoba, “donde durante siglos se levantó la reflexión y el amor más espiritual”, decía él mismo. Lo decía advirtiendo que, cuando a tales creadores le llegue “el éxito, o la mejor plenitud”, obtendrán, así lo expresaba con fuerte anhelo, algo que aseguró que era mejor que la inmortalidad, esto es, “ser recordado, con afecto y respeto, por quienes nos sucedan”.

Él mismo, ahora con su muerte, pero durante toda su vida, logró que los demás lo conocieran y reconocieran, pues forma parte del imaginario literario de varias generaciones de lectores. Con sus bastones, que décadas atrás llevaba, más que por necesidad, por un rasgo de coquetería a lo dandi, y sus elegantes pañuelos en el cuello, su voz dulce y enorme facilidad para hablar en público, Gala fue un seductor nato, capaz de tener un poder de convocatoria sin igual cuando hacía presentaciones de libros, conferencias o se ponía detrás de una cámara de televisión. Pero, tras esa imagen que proyectaba, está el escritor, fecundo y polifacético, el que firmó sobre todo obras de teatro, pero que también se dedicó triunfalmente a la novela y la poesía.

Sus inicios letrados eran tan antiguos, que los datos biográficos suyos que todos tenemos al alcance dicen que fue un escritor de lo más precoz, por cuanto a los cinco años escribió un relato corto y a los siete su primera obra teatral. Es más, a los catorce dio ya una ponencia en el Círculo de la Amistad de Córdoba, y un poco después, en 1951, con solamente tres lustros cumplidos, ingresó en la Universidad de Sevilla para estudiar Derecho, a lo que le siguió un par de licenciaturas más en Madrid: en Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Económicas. Se dice, asimismo, que pasó por dificultades económicas y se vio obligado a trabajar como peón de albañil, repartidor de una panadería, hasta que logró un empleo más acorde con sus intereses, como profesor de Filosofía y de Historia del Arte en diversos colegios madrileños, tras lo cual, en 1962, residió un año en Florencia.

Sin embargo, su destino era ser escritor, y desde su etapa universitaria, cuando publicó poemas en diversas revistas. Y su debut no pudo ser mejor, pues por su poemario “Enemigo Íntimo” (1959) recibió un accésit en el Premio Adonáis de Poesía. Desde entonces, los galardones iban a rodear su figura literaria, ya fuera en el género narrativo –en 1963 recibe el premio Las Albinas, por su relato “Solsticio de Verano”– como teatral, con el Premio Nacional Calderón de la Barca por su comedia “Los Verdes Campos del Edén”, que también sería reconocida por el Ciudad de Barcelona en 1965. Y es que todo lo que tocaba Gala lo convertía en oro literario, y la aceptación por parte del público fue abrumadora, más si cabe cuando los medios de comunicación o los famosos acontecimientos editoriales contaron con él de forma continua.

Su poesía lírica se adueñó de su escritura también novelesca, y su teatro, muchas veces de carácter también poético y simbólico, fue también para él una oportunidad de plantear problemas morales y críticos de la sociedad contemporánea. Por otro lado, sería gracias a su faceta como novelista que acabó siendo todo un superventas y un hombre de fama absoluta en España. Así, con su primera novela, “El manuscrito carmesí” (1990), ganó el Premio Planeta, pero tal vez su historia más conocida sea “La pasión turca” (1994), a la cual le seguiría “La regla de tres” (1996). Este trío novelesco presenta el rasgo común de un personaje femenino en busca de la exploración de su erotismo y enseguida fue material jugoso para el cine; de este modo, se hizo una adaptación de “La pasión turca”, dirigida por Vicente Aranda, con Ana Belén como protagonista y que no agradó demasiado al autor.

Publicado en La Razón, 28-V-2023

domingo, 25 de junio de 2023

Cormac McCarthy y el Apocalipsis americano

Fue casi un acontecimiento el hecho de que Cormac McCarthy –nacido en Rhode Island, en 1933, y muerto este 13 de junio en Santa Fe–, de continuo ajeno al mundillo socioliterario, concediera una entrevista en televisión. Rompía así una suerte de aislamiento que había potenciado la calidad de autor de culto que ya tenía desde su debut con “El guardián del vergel” (1965) y, sobre todo, a partir de “Meridiano de sangre” (1985), obra que, según Harold Bloom, lo instala en la senda artística de, nada menos, Herman Melville y William Faulkner.

Aquel día, 5 de junio de 2007, la archifamosa Oprah Winfrey habló de “La carretera” y, evidentemente, el libro se convirtió en un superventas. Al día siguiente, las secciones culturales de los periódicos de medio mundo ofrecían la noticia: por fin McCarthy, oculto como sus compatriotas J. D. Salinger o Thomas Pynchon, tan conscientemente reacios a dejarse ver, fotografiar o entrevistar, hablaba de su vida —viajes, pobreza extrema, alejamiento absoluto al ambiente artístico y editorial— en la localidad donde vivió, Santa Fe, en el estado de Nuevo México. Al parecer, a la edad de setenta y cinco años (ha fallecido con ochenta y nueve), se permitía relajarse y ceder ante el impulso publicitario del panorama cultural.

De McCarthy ya se habían llevado a la gran pantalla cuatro adaptaciones de sus novelas, a destacar “Todos los hermosos caballos” (National Book Award en 1992) y “No es país para viejos”, pero es “La carretera” (premio Pulitzer en el año 2007) la que quizá tenga un condicionante más exclusivo del arte cinematográfico: el género de las historias de anticipación. Y es que McCarthy, con un estilo sintético como nunca en su trayectoria, describía un mundo devastado por la guerra nuclear al que un padre y un hijo (sin nombres) buscan un sentido. Entre tanta muerte y cenizas, juntos cruzan los Estados Unidos, sufren calamidades y ven a hombres convertidos en caníbales por la carencia de comida. Es simplemente el fin del mundo, una visión de cómo sería el ocaso de la humanidad.

 Diálogo para despistar a la muerte

Pero como siempre, tras la fuerza arrolladora de sus historias, plenas de violencia y desgarro, en McCarthy siempre cupo una lectura entre líneas: de carácter moral y visionario. El escritor hablaba de lo más terrible y, en el núcleo de la situación, colocaba a un niño —un homenaje a su propio hijo, John Francis, de ocho años entonces— como víctima singular de ese Apocalipsis que, como todas las tragedias, tenía, en su desesperanza, la esperanza de un mañana.

Pero no todo fue narrativa en la trayectoria de McCarthy, pues también estuvo interesado en el mundo del teatro. A este respecto, su primera obra fue “The Stonemason”, de 1970 pero publicada mucho más tarde, y la segunda, “El Sunset Limited”, que disfrutó de un largo y exitoso camino. En 2006 vio la luz en un teatro de Chicago, para luego trasladarse a Nueva York, y hasta se hizo del texto un telefilm, dirigido por Tommy Lee Jones y protagonizado por este y Samuel L. Jackson. Un actor blanco y un actor negro para los dos únicos personajes de la obra, llamados así directamente, Blanco y Negro, los cuales mantienen un férreo debate, de tintes filosóficos, espirituales, religiosos y mundanos, encerrados en «una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York», tal como se dice en la primera acotación.

McCarthy subtituló su obra «Una novela en forma dramática», y precisamente algunos críticos reprocharon al autor que “El Sunset Limited” estaba pensada más en términos novelescos. Extraña conjetura, pues la obra funcionaba perfectamente a efectos teatrales. El diálogo, chispeante, vivo, próximo, hacía que el lector se mantuviera atento hasta el final, con la curiosidad de cómo iba a acabar este encuentro de un hombre que ha salvado a otro de suicidarse en el andén del tren Sunset Limited, si bien al lector le pudiera parecer algo tópico el empleo de los dos personajes: el negro marginal y el blanco aburrido de la vida, todo lo cual planteaba la acuciante idea de desear o no seguir vivos.

Publicado en La Razón, 13-VI-2023

martes, 11 de abril de 2023

En memoria de Fernando Sánchez Dragó

En el XXV Encuentro Eleusino en El Escorial (18-20 enero 2019)

Aún impresionando, dolorido, por la muerte de Fernando Sánchez Dragó, quiero rendirle aquí un pequeño homenaje. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por cuánto y cómo se interesó por mis libros y habló de ellos en la prensa, y por su trato, tan afectuoso y auténtico. Fue el caso del pasado mes de junio, cuando publicó un artículo sobre mi libro El fragmento honesto, lo que le llevó a pensar en su infancia lectora. Todo empezó hace más de diez años, cuando para mi sorpresa descubrí que conocía mi escritura, y desde entonces tuve el placer de estar en contacto de continuo con él. Siempre aprovechó para escribirme diciendo cosas formidables sobre mis libros, lo que disfrutaba con ellos. Parecía leerlo todo, saberlo todo, cómo no sentirse honrado frente a tamaña generosidad. Si le contaba algún trance difícil mío, solía aconsejarme seguir la doctrina del Tao: parar y templar, no reaccionar, dejar las cosas fluir. Y por supuesto, tenía razón.

No consiguió llevarme al programa Uasabi con Libros, como era su deseo, al no renovar con Televisión Española, pero ya esa intención para mí valió oro. Con todo, me hizo un regalo maravilloso al empezar uno de ellos hablando de El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau. Asimismo, comentó El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico en Esradio, y también en una columna en El Mundo (en aquella ocasión, me avisó estando él ¡en Camboya!) Siempre tan atento con mi forma de abordar la literatura, me invitó a colaborar en su proyecto digital La Retaguardia con reseñas de libros, y a una experiencia que me resultó gratísima: dar una conferencia en el XXV Encuentro Eleusino en El Escorial, que se celebró en enero del 2019, sobre Thoreau.

Yo, por mi parte, le propuse contestar la entrevista capotiana, en el 2013, hablé de sus memorias Galgo corredor en la radio y lo entrevisté por extenso para la revista Qué Leer, en septiembre del 2020. Pero todo ello son cosas tangibles o visibles, de compartir un interés común en torno a lo literario. Tras eso queda lo humano, el recuerdo vívido de este hombre excepcional, increíblemente erudito, simpático y sensible; capaz de llorar al recitar un poema de Claudio Rodríguez que le acompañó siempre, pero sobre todo de celebrar la vida, viajar por todo el planeta, disfrutar de los placeres y escribir. Escribir cada día. Todo ese legado humano descansa en su hija, la espléndida Ayanta Barilli, que tan amable y cariñosamente también acoge mis libros. Mi pésame a ella, a todos para los que Fernando fue alguien tan y tan especial, único e irrepetible.

viernes, 17 de marzo de 2023

Kenzaburo Oé y la impronta de la guerra en Japón

Cuando Kenzaburo Oé vino a España para promocionar, en 2004, su voluminosa «Salto mortal» (que publicó la editorial Seix Barral), novela publicada en Japón cinco años atrás, parecía otro escritor diferente, casi irreconocible, de aquel que deslumbró antes y después de recibir el premio Nobel, cuando la editorial Anagrama ya había divulgado sus cuentos y novelas descarnadas, realistas en su sentido más grotesco, cercanas además a la sensibilidad occidental.

En aquella obra, recreaba el reencuentro de varios personajes decididos a volver a emprender las tareas de una secta activa quince años atrás. De este modo, «Salto mortal» constituía un texto independiente en la trayectoria del autor nipón por su gran volumen, cuyo argumento giraba, de forma ininterrumpida, en torno a las disquisiciones acerca de cómo redefinir la «Iglesia del Salvador y el Profeta», fundada por los que se convertirían en sus líderes espirituales; estos habían protagonizado un acto de apostasía diez años antes, no sólo abandonando a sus fieles, sino renunciando a la vez a la propia fe. Asimismo, los comentarios en paralelo a la poesía del galés R. S. Thomas y otros escritores creaban un clima de exquisitez intelectual encaminado a edificar una «Iglesia del Hombre Nuevo», una propuesta personal del propio Oé, como contó en las entrevistas que concedió aquel año.

Y es que, pese a la advertencia editorial de que se trataba de su primera novela no biográfica, lo cierto es que el texto estaba inundado de guiños hacia sus gustos literarios (Twain, Hemingway, Flannery O’Connor), sus ideas políticas sobre la desmilitarización asiática, su «teoría de la rehabilitación» médica que trasladó a la escritura, o su hijo con discapacidad mental y músico, presencia ineludible en casi todas sus obras, en especial «Una cuestión personal» (1964). Es suma, el lector descubría a un Oé renovado, lejos de la concisión y la dureza argumental de su primera novela, “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” (1958), cuyo trasfondo, la Segunda Guerra Mundial, él había sufrido desde la pequeña isla en la que nació e inundó sus creaciones, incluyendo aquel gran salto narrativo.

De una aldea al Nobel

Oé, que, en efecto nació en un pequeño pueblo, Ose, en 1935, y alcanzó su mayor fama al recibir el premio Nobel de Literatura en 1994, se trasladó para estudiar literatura francesa a la Universidad de Tokio, en 1954, y al cabo de tres años tuvo un primer éxito literario, al recibir, por su novela corta “La presa”, el premio Akutagawa. Desde buen comienzo, la sombra de los efectos de la guerra se hará omnipresente en su obra, así como sus reflexiones sobre la malformación neurológica del citado primer hijo, Hikari, nacido en 1963. Precisamente, este asunto le llevó a escribir libros como “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” (1969), “Las aguas han inundado mi alma” (1973) y “Despertad, jóvenes de la nueva era” (1983).

El otro gran tema al que dedicó muchas páginas tiene su cumbre en el libro «Cuadernos de Hiroshima», cuyo origen hay que buscarlo en los artículos que Oé publicó en la prensa japonesa sobre sus visitas a Hiroshima en los años 1963-65. Habían pasado casi veinte desde la fatal fecha, 6 de agosto de 1945, cuando el bombardero Enola Gay, por orden del presidente Harry Truman, lanzó una bomba atómica sobre la ciudad que mataría y heriría a cientos de miles de civiles (tres días más tarde, otra nave B-29 atacaría Nagasaki). Era el final de la Segunda Guerra Mundial. El inicio de un infierno cuyas consecuencias están muy lejos de cerrarse, por lo que este libro publicado en 1965 sigue estando de actualidad.

Tragedia y esperanza

Marcado por estos acontecimientos desde la infancia, Oé va a vivir un shock de carácter personal en esa etapa: justo cuando viaja a Hiroshima, nace su hijo, que se dirime entre la vida y la muerte en una incubadora, y su padre pisa el territorio donde tal cosa ocurre a diario: gente con cáncer, leucemia o ceguera producto de la radiación atómica; personas que se acaban suicidando para cortar la agonía; ancianos que han perdido a sus hijos y a sus nietos y que existen por inercia. Con individuos así va a entrevistarse Oé en distintos hospitales; los llama moralistas “porque han vivido los días más crueles de la historia de la humanidad”, porque nadie puede tener una experiencia tan abrumadora después de haber sufrido tal cosa.

Oé declaraba que conoció la dignidad humana en Hiroshima –dedicaba un ensayo a este concepto–, y volvió a referirse a ella en la entrevista que le hizo un periodista de “Le Monde” aquel año de 2004 y que sirvió de epílogo al libro. En definitiva, ese contacto con una realidad grotesca y espeluznante, pero también esperanzadora al ver el coraje de los supervivientes, se volcarán en su propia narrativa: le esperaba la escritura de su obra maestra, en aquella «Una cuestión personal» (1964) inspirada en su bebé, que también iba a sobrevivir.

Publicado en La Razón, 13-III-2023

martes, 6 de diciembre de 2022

Adiós a la alegría solidaria: muere el escritor francés Dominique Lapierre


Hubo un punto de inflexión rotundo en la trayectoria de Dominique Lapierre. Se llamó “La ciudad de la alegría”, y se vio en cines de todo el mundo gracias a la película dirigida por Roland Joffé en 1992. Se trataba de una producción norteamericana, inglesa y francesa que contó con Ennio Morricone como autor de la banda sonora y la interpretación de Patrick Swayze. Fue un éxito que, además, removió conciencias e hizo aún más popular de lo que era a Lapierre. Ese libro se vendió por millones de ejemplares, y tanto dinero ganó el escritor galo –le han contemplado noventa y un años; nació en La Rochelle en 1934 y le encontró la muerte este 4 de diciembre– que cedió la mitad de sus ganancias a iniciativas relativas a la población que reflejaba en aquella novela superventas.

Era “La ciudad de la alegría” una obra tan dolorosa como luminosa, que cantaba a la vida, al amor y a la esperanza. Contaba cómo un sacerdote francés, un joven médico norteamericano, una enfermera de Assam y un campesino indio coincidían un día bajo las cataratas del monzón. La circunstancia hacía que se acabaran instalando en un barrio de Calcuta y ayudando a la gente del lugar, frente a todo tipo de adversidades. Se había publicado en 1985 y era toda una descripción de la existencia en un entorno miserable de chabolas. Lapierre conocía bien el terreno, pues durante un par de años había estado conviviendo con gentes que arrastraban todo tipo de trabajos precarios, pobreza y enfermedades.

Fue uno de esos casos excepcionales en la historia de la literatura en que esta se convierte en una función social y política capaz de cambiar el rumbo de toda una ciudadanía, porque la labor en primera persona de Lapierre, mediante conferencias y todo tipo de ayudas solidarias, hizo que los habitantes gozaran de una mejora significativa en sus vidas desde entonces. Tampoco sería la primera adaptación al cine de sus obras. Su novela “¿Arde París?” se llevó a la gran pantalla en 1966, así como “Era medianoche en Bjopal”, convertida en un documental en 2001, y “Esta noche en libertad”, que daría como resultado “El último virrey de la India” en 2017.

De sus acciones humanitarias también se beneficiarían otros lugares recónditos como Bengala y áreas de África y Sudamérica especialmente golpeadas por la miseria. Era una labor que Lapierre compartió desde 1982 con su esposa, ambos comprometidos en intentar salvar a niños enfermos de lepra o de tuberculosos. Una labor por la que se le concedió en 2008, de manos de la presidenta de la India, la más alta condecoración civil, el Padma Bhushan. Así las cosas, Lapierre fue un ciudadano del mundo ejemplar, un hombre solidario que también quiso retratar la realidad histórica compleja de Sudáfrica en obras como “Un arco iris en la noche”.

Una de sus frases que más se le recuerdan fue: "La fuerza del hombre consiste en continuar, en momentos de prueba, creyendo en sus sueños y luchando por hacerlos realidad". Y así lo entendió desde joven cuando, con solo diecisiete años publicó “Un dólar cada mil kilómetros”. Más adelante, sucedería un encuentro crucial para su carrera al conocer a Larry Collins en 1954 mientras cumplía con el servicio militar. Los dos se convirtieron en periodistas, Lapierre en “París Match” y el norteamericano en “Newsweek”. Pero lo importante fue la decisión, en 1960, de escribir al alimón libros de investigación periodística y también novelas como “El Quinto Jinete”, con una trama de intriga internacional basado en un chantaje nuclear. Y, unido a eso, sus viajes a la India que tanto le impactaron y tanto hicieron para dar a conocer lo que sucedía en esos lares.

Publicado en La Razón, 5-XII-2022

sábado, 4 de diciembre de 2021

El último tango de Almudena Grandes


La trayectoria de Almudena Grandes, nacida en Madrid, en 1960, y titulada en Geografía e Historia, se contó desde sus inicios por éxito de crítica y público, por multitud de premios recibidos y la atención del mundo del cine, que adaptó bastantes de sus obras. La primera de ellas, la novela que la dio a conocer en 1989, “Las edades de Lulú”, tras recibir el XI Premio La Sonrisa Vertical, que convocaba la editorial Tusquets, a la que la autora siguió ligada estrechamente desde entonces, y que fue adaptada por Bigas Lunas al año siguiente.

Desde aquel momento, con la referida obra de tinte erótico, la popularidad de Grandes no hizo más que crecer, gracias a su presencia en los medios y a su trabajo en la prensa, obteniendo el beneplácito de libreros, críticos literarios y diversas asociaciones. Así, vendrían las novelas “Te llamaré Viernes”, “Malena es un nombre de tango” (llevada al cine por parte de Gerardo Herrero en 1995), “Atlas de geografía humana” (que generó una miniserie chilena llamada “Geografía del deseo” y una película en el 2007), “Los aires difíciles” (que adaptó de nuevo Herrero en el 2006; Premio Cálamo al Mejor Libro del Año 2002 y Premio Crisol 2003), “Castillos de cartón” (que llevó al celuloide Salvador García Ruiz en el 2009), “El corazón helado” (Premio Fundación José Manuel Lara 2008 y Premio del Gremio de Libreros de Madrid 2008) y “Los besos en el pan”, junto con los volúmenes de cuentos “Modelos de mujer” (uno de ellos, «El vocabulario de los balcones», vio la luz en la pantalla grande con el nombre de “Aunque tú no lo sepas”, obra de Juan Vicente Córdoba en el 2000) y “Estaciones de paso”.

Asimismo, con su serie “Episodios de una guerra interminable” siguió recibiendo reconocimientos por algunas de sus entregas: con “Inés y la alegría”, el Premio de la Crítica de Madrid 2011, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2011; y con “Los pacientes del doctor García”, el Premio Nacional de Narrativa 2018, convocado por el Ministerio de Cultura. Además, tuvo en su haber el Premio Julián Besteiro de las Artes y de las Letras 2002 por el conjunto de su obra y el Premio Liber 2018 al autor hispanoamericano más destacado, otorgado por la Federación del Gremio de Editores. 

De izquierdas y feminista

Una trayectoria, pues, extraordinariamente fecunda y exitosa, en paralelo a su actividad combativa en terrenos políticos y feministas, desde posturas de izquierdas –apoyó a Izquierda Unida, aunque en las últimas elecciones generales dijo no votar al no sentirse representada por ningún partido– y con una gran querencia por la España salida de la época republicana. En concreto, en 2010 se publicaba la primera entrega de los “Episodios de una guerra interminable”, que alcanzó el quinto libro el año pasado y que iba camino de tener un cierre titulado “Mariano en el Bidasoa”, presumiblemente de próxima publicación.

Grandes, desde el primer momento, ya tuvo clara la estructura de tamaña empresa, pues ya adelantó en el primer libro los títulos que iban a venir; y también ese nombre general de carácter galdosiano. No en vano, en todas estas novelas ponía el foco en la ciudad de Madrid de forma significativa, atravesando las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta. En aquella ocasión, con “Inés y la alegría”, la narradora madrileña nos hacía viajar al Toulouse de 1939, con un personaje, Carmen de Pedro, responsable en Francia de los comunistas españoles, que se unía a un excargo del partido que tenía el propósito de organizar la Resistencia contra la ocupación alemana, preparando la plataforma de la Unión Nacional Española con la ayuda de un ejército de hombres dispuestos a invadir España. Lo que recibirá el nombre de operación Reconquista de España llegará a oídos de Inés, una mujer republicana que vive recluida en la profunda Lérida con su hermano, delegado provincial de Falange en Lérida.

De este modo, Grandes ya colocaba los asuntos centrales que iban a caracterizar toda la serie: la vida precaria en la España de la posguerra, el aliento de venganza y sospecha, el clima de enfrentamiento y peligro, la ideología como campo de batalla para imponer ideas o mantenerse en los ideales de libertad, la situación de la mujer como elemento sufriente ante una sociedad violenta, represiva y extremadamente machista. Y es que, tanto en esta novela con Inés como el resto la condición femenina destaca sobremanera. En el segundo relato, “El lector de Julio Verne”, cuando se contaba la vida de un niño hijo de guardia civil, para su desgracia, y su deseo por recibir una educación, aparecía un cortijo donde una familia de mujeres solas, viudas y huérfanas resistía en la frontera entre el monte y el llano. En la siguiente, “Las tres bodas de Manolita”, la heroína se dejaba ver en el Madrid recién salido de la guerra civil, buscando sobrevivir a sus dieciocho años, con su padre y su madrastra encarcelados, y su hermano Antonio escondido en un tablao flamenco, teniendo que hacerse cargo de su hermana Isabel y de otros tres más pequeños.

Fe y desesperanza

Asimismo, en “Los pacientes del doctor García”, se contaba cómo, tras la victoria de Franco, un médico residente en Madrid bajo una identidad falsa que le facilitó ser ejecutado, se producía una trama de misiones secretas y peligrosas en que era notable la presencia de una mujer que dirigía, desde el barrio de Argüelles, una mujer alemana y española, nazi y falangista, llamada Clara Stauffer, una red de evasión de criminales de guerra y prófugos del Tercer Reich. “La madre de Frankenstein” fue su última obra; en ella recreó los sucesos reales que protagonizó una parricida paranoica, de gran erudición, que fascinó a Grandes cuando conoció su historia en 1989.

De tal modo que esta historia fue fruto de una obsesión por este personaje tétrico, como contaba la propia Grandes en la nota final que incorporó a la obra: “Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora Rodríguez Carballeira, que parece un alucinante, incluso delirante, argumento de ficción… He escrito este libro en memoria de todas esas mujeres que no pudieron atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas, que pasaron directamente de la tutela de sus padres a la de sus maridos, que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”. Esa defensa de las mujeres y el anhelo de, desde la ficción, denunciar la dictadura franquista la distinguieron con especial intensidad en la última década.

El contenido de esta su última novela convergía en algo que decía una mujer, que reflejaba bien el estado de languidez, desesperación y miseria humana, moral y económica que sufría aquella España, esto es, el hecho de que “en los cuarenta, la gente no tenía nada que comer, pero tenía esperanza. La fe alimenta más que la comida, y estábamos convencidos de que los aliados invadirían España si ganaban la guerra mundial. (…) Y sin embargo, ahora… Fusilan menos, sí, las cárceles están más vacías, también, muchos presos han vuelto a sus casas, desde luego, pero nadie espera nada bueno ya”.

Publicado en La Razón, 28-XI-2021

jueves, 16 de septiembre de 2021

La vida sin Elia

Guardarse el dolor o ponerlo de manifiesto. Ese dilema me ha acompañado desde que hace una semana el mundo se hizo cruel e inhóspito; la vida, absurda y devastadora, al sufrir la desaparición de Elia Rodríguez. No intervine, aunque mi instinto me decía que tenía que aportar algo, en los programas de radio –en la franja que ella comandó durante más de una década, en Es el Programa de Fin de Semana– que el sábado y el domingo se consagraron a ella. Me propuse escuchar el primero, por la necesidad de estar a su lado, y admiré la entereza con la que los intervinientes, la primera de ellos su colega María Díez, hablaron, incluso de manera maravillosamente risueña en varias ocasiones, como le hubiera gustado sin duda: colaboradores, compañeros, oyentes que no dejaban de comentar el encanto y el ingenio de Elia, lo gran profesional que era, lo divertida, bella, culta, inteligente...

Nunca serán bastantes las palabras elogiosas que puedan dedicársele. Yo solo quiero añadirme a eso, darle mi homenaje público. Cómo no recordar lo increíblemente bien que se preparaba cada entrevista, con qué meticulosidad se leía cada libro, cómo lo anotaba, subrayaba. Doy fe de todo ello por nuestro vínculo personal y por haber disfrutado de ser su entrevistado a raíz de mis libros en diversas y afortunadas ocasiones, ya inolvidables, como tantos otros instantes compartidos.

Un día, en una cafetería, se nos ocurrió una sección para reflexionar a partir de algún aforismo interesante, y la cosa funcionó realmente bien. Unos pocos años atrás, me había dado el inconmensurable regalo de hablar de mi Thoreau en el programa de televisión, en que fue tan feliz, Libros con Uasabi. Era la curiosidad, la naturalidad, la autenticidad en persona, y de natural impaciente; tanto, que se diría que tenía que saber antes que los demás qué es eso de la muerte, para informar de ello de manera concienzuda. Porque no había otra como ella en los medios de comunicación, y además tan joven –se nos ha ido, y me costará asumirlo hasta el fin de mis días, con 38 años–, a la hora de hacer descubrir a la audiencia asuntos interesantes. De hecho, su muerte es su último editorial –así abría su programa, con una meditación sobre la actualidad llena de ironía–, su implacable informe de la realidad que nos espera a todos. Y sí, supimos por desgracia hace una semana cómo actúa ese misterio que de repente nos mata en vida al irse alguien a quien amamos: haciendo de nuestro día una desesperada oscuridad, sumiéndonos en el vacío y en el desconcierto más turbio, colocándonos en un dolor que nos acompañará ya para siempre en una vida sin Elia.

sábado, 31 de julio de 2021

Roberto Calasso, el último intelectual


Como editor, ha sido uno de los más importantes en Europa de las últimas décadas, como presidente (desde 1999) y director literario de la editorial Adelphi desde su fundación en 1962, habiendo creado un catálogo formidable repleto de grandes autores y obras. Como ensayista, llevó el género a unas altísimas cotas de erudición, profundidad y elegancia, como saben bien en Anagrama, la editorial en la que publicó la mayor parte de sus escritos en español, casi una quincena, caso de “Los cuarenta y nueve escalones”, “La literatura y los dioses”, “Cien cartas a un desconocido”, “La ruina de Kasch”, “Las bodas de Cadmo y Harmonía” o “La Folie de Baudelaire”. Hablamos de Roberto Calasso, nacido en Florencia, en 1941, y fallecido en la ciudad donde residía, Milán, este 28 de julio, a los ochenta años.

Precisamente, en el mencionado sello barcelonés, a inicios de año aparecía un libro suyo, titulado, “Cómo ordenar una biblioteca”, que constituía una curiosa reflexión sobre la relación que el lector establece con los libros desde diversos puntos de vista; ello llevaba a Calasso a presentar su pasión bibliófila acerca no sólo de cómo ordenar, sino cómo editar, escribir, comprar, vender y, sobre todo, leer los libros. «Un viaje a la civilización del libro, una autobiografía involuntaria, una reflexión sobre un posible futuro para las librerías y bibliotecas», dijo de este trabajo Nicola Lagioia, en el periódico italiano “La Stampa”. Y es que, ciertamente, se dice que la biografía de un editor son los libros que ha sacado adelante, y Calasso es ejemplo paradigmático de tal cosa.

Desde muy joven tuvo claro que su destino sería libresco, pues no en vano su abuelo había fundado una editorial y su padre era profesor de Derecho. Calasso estudió literatura inglesa en la Universidad de Roma La Sapienza, siendo alumno de otra leyenda del academicismo trasalpino como Mario Praz, que le dirigió su tesis doctoral, dedicada al escritor renacentista inglés Thomas Browne. En 1968 se casó con la escritora suiza Fleur Jaeggy, y en los cincuenta años siguientes se consagró a la lectura, la edición, la escritura de ensayos y sus clases; por ejemplo, realizó un curso en la Universidad de Oxford, a partir de uno de sus temas preferidos, la relación entre la literatura y los dioses, y cuyo contenido acabó en un libro de 2001.

Hinduismo y Kafka

Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y merecedor de varios premios, como el Europeo de Ensayo Charles Veillon en 1991 y el Formentor de las Letras en 2016, Calasso ha tenido un final de vida en la semana en que han visto la luz, casualmente, dos libros autobiográficos suyos: “Memè Scianca”, sobre su infancia en Florencia, y “Bobi”, las memorias de Roberto Bazlen, creador con Luciano Foà de la editorial Adelphi. Quedan estos escritos, y todos los que fue publicando entre nosotros, a destacar, uno, “El ardor”, producto de su pasión por un texto de hace unos tres mil años: un tratado sobre ritos védicos de casi dos mil cuatrocientas páginas y que “contienen pensamientos inevitables desde siempre, que sin embargo raramente han encontrado acogida en los libros de filosofía”.

De tal modo que Calasso era capaz de explorar unas líneas milenarias para concluir que son “un antídoto poderoso para la existencia actual”, pues en ellas se buscaba la “verdad”; todo lo cual se manifiesta en diversos “gestos” que según él sobreviven todavía hoy en la India entre gentes que, sin embargo, ignoran su origen. Y hablando de búsqueda de la verdad, mencionaremos otro texto clave en su trayectoria, titulado “K”, y que sólo puede pertenecer a aquel que buscó lo verdadero de manera obsesiva, Franz Kafka. La obra de este era analizada hasta llegar al meollo de la creatividad literaria, a su génesis lingüística, por parte de un Calasso que centraba su atención en «El proceso» y «El castillo», percibiendo enigmáticas e innumerables conexiones entre los dos libros. El editor florentino, en un rasgo muy suyo, apenas veía la necesidad de plantear sus análisis aludiendo a recursos biográficos. Este procedimiento era demasiado simple para él, pues siempre optó por consagrarse a la pura y tangible literatura. De hecho, de él se podría decir lo que el autor checo escribió una vez de sí mismo: «No soy nada más que literatura».

Publicado en La Razón, 30-VII-2021

viernes, 21 de mayo de 2021

Muere Francisco Brines, la última voz de la Generación del 50


Hace escasas fechas, el escritor y profesor Pedro García Cueto publicaba, en la editorial Huerga & Fierro, un libro de poesía sobre el último premio Cervantes, Francisco Brines, el poeta que fuera visitado por los reyes Felipe VI y Letizia, en su casa de Elca, en el capo de Oliva –donde había nacido en 1932–, para darle en mano el mayor galardón de nuestras letras. Así, en “Francisco Brines, el otoño de un poeta”, este especialista en poesía española, autor de tres ensayos sobre la vida y la obra de Juan Gil-Albert y otro sobre doce poetas valencianos contemporáneos, llevaba a cabo el propósito siguiente: reivindicar su poesía desde las influencias de Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda; lo hacía recorriendo toda la obra del autor valenciano, haciendo hincapié en su profunda poesía existencial y metafísica, en los temas del tiempo y en el recuerdo de la infancia.

Esa larga andadura que ha tenido un colofón cervantino siempre se mantuvo en el estío, en la primavera, podría decirse, por su viveza de escritura, por el interés que suscitaban sus libros, desde su debut, inmejorable para un poeta, con “Las brasas” (1959), pues ganó con él el Premio Adonais. García Cueto habla de lo otoñal, lo crepuscular –él, que firmó el libro “El otoño de las rosas”, una suerte de mezcla de pena elegiaco y fulgor vitalista–, en una obra que enseguida fue considerada por los mejores estudiosos, pues no en vano en 1966 obtuvo el Premio Nacional de la Crítica por “Palabras en la oscuridad” (1966) y fue incluido por José Batlló en la “Antología de la nueva poesía española” en 1968. Él, sin embargo, se alejaba de lo que era preponderante en aquella época, la poesía de corte social dentro de un contexto que ha resultado de gran atractivo para diversos especialistas, que lo han tratado casi como de un despertar artístico en relación a las poéticas anteriores.

Entre ellos, Andrew Debicki, que en 1981, en la nota a su libro “Poesía del conocimiento. La generación española de 1956-1971” –donde estudió la obra de Brines, Claudio Rodríguez, Ángel González, Gloria Fuertes, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Carlos Sahagún, Eladio Cabañero, Ángel Crespo y Manuel Mantero–, advirtió «la importancia de dicha poesía y hasta qué punto representaba una ruptura con relación a los estilos y cánones de los primeros años de la posguerra. Vine, sobre todo, a darme cuenta de que los poetas más recientes empleaban el lenguaje cotidiano y las técnicas narrativas de modos altamente inventivos. Y, aunque a primera vista, algunas de sus obras podían asemejarse a la poesía “realista” de sus inmediatos predecesores, exhibían, no obstante, un tipo de control artístico original y novedoso, vehiculando una gran riqueza de sentidos y perspectivas».

Esta descripción concuerda con un Brines que, mediante versos que alentó lo homosexual, poetizó la búsqueda de la pureza, que publicó su último poemario en el lejano 1955, “La última costa”, donde parecía que escribía desde una orilla remota, con el tono de un melancólico atardecer, casi como si se estuviera despidiendo al emprender un último viaje. Por eso aparecían en aquellas páginas secuencias de una esporádica y cada vez más huidiza felicidad pretérita, el tópico del paraíso infantil, pero también, cómo no, la inminencia de la muerte, siempre implacable pero a la vez que había que mirar con ánimo templado.

Licenciado en Derecho, Filosofía y Letras e Historia, doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia, lector de literatura española en la Universidad de Cambridge y profesor de español en Oxford… Trayectoria imponente académica que fue superada por su condición espiritual, íntima, poética, que tuvo, en el volumen de su poesía completa, en la editorial Tusquets, “Ensayo de una despedida”: otra manera de afrontar el adiós antes de marcharse definitivamente; como sucedió ayer, poco después de ser intervenido por una hernia en el Hospital de Gandía. «Estimo particularmente, como poeta y como lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento y aquella que hace revivir la pasión de la vida. La primera nos hace más lúcidos; la segunda, más intensos», dejó dicho, ya para siempre.

Publicado en La Razón, 21-V-2021

martes, 15 de diciembre de 2020

John le Carré y el Brexit decadente


Muy pocos sabrán de quién hablamos si mencionamos a David John Moore Cornwell, pero si pronunciamos el seudónimo que eligió ese individuo para dar a conocer sus obras, John le Carré (1931), todo cambiará. Incluso muchos habrán conocido sus historias sin abrir ni uno solo de sus libros, tal es la cantidad de adaptaciones al cine que se han hecho de sus novelas de espionaje y suspense: “El espía que surgió del frío”, “La casa Rusia”, “El sastre de Panamá”, “El jardinero fiel”…, o incluso a la televisión, como cuando la BBC llevó a la pequeña pantalla “El topo”, en 1979, con Alec Guiness encarnando al agente George Smiley, protagonista de cinco de sus novelas. 

Como en su momento Graham Greene, otro autor exitoso como narrador y en el ámbito del cine, John le Carré también gozó de una formación académica elitista (Berna, Oxford, Eton), tuvo una considerable relación con el poder (fue diplomático del gobierno británico en los sesenta) y al cabo se especializó en un tipo de narrativa que conjugó política –a menudo con el trasfondo de la Guerra Fría– y tramas siempre ligadas a los grandes movimientos de la sociedad internacional, ya fuera terrorismo o fraudes económicos. Hasta hace muy poco, con ochenta y muchos aún estaba activo y lúcido, fiel a sus hábitos: pasear, beber, nadar y, sobre todo, escribir. 

Y para muestra de tal cosa, nada mejor que hacerse eco de su última creación, ligada estrechamente con la actualidad más candente de su país, una novela titulada "Agent Running in the Field" (Agente corriendo por el camp, literalmente), que vio la luz el mes octubre del año anterior, en el Reino Unido, por parte de la editorial Viking, cuando la controversia sobre el Brexit seguía en la cresta de la ola (el escritor se había ido manifestándose en contra de esta iniciativa, e incluso el mayo también de 2019 firmó una carta abierta con otros colegas en que se apelaba a los lectores para que se decantaran por seguir siendo parte de la Unión Europea). 

En él, Nat, un veterano de cuarenta y siete años de los servicios secretos británicos, volvía a Londres con su mujer, aunque la Oficina tenía otra misión para él: hacerse cargo de una difunta subestación de Londres con un grupo de agentes que parecían un desastre. Sin embargo, había una joven dentro de este equipo que tiene la mirada puesta en el Departamento Rusia y en un oligarca ucraniano involucrado en oscuros asuntos. Le Carré, por enésima vez, ponía el mundo del espionaje en primer plano, con este Nat que además era un apasionado jugador de bádminton, que además solía jugar con alguien mucho más joven que él, un tal Ed, un tipo asocial que vituperaba contra el Brexit, detestaba a Donald Trump y se sentía harto de su empleo en una gris agencia de medios de comunicación. 

Con, el elemento sorprendente, siempre tan caro al autor, en esta obra residía en que el propio Ed, de forma por completo improbable, arrastraba al resto de miembros del equipo por el sendero de la investigación política en la que todos iban a quedar intrincados. Detrás de todo este argumento, el vigésimo quinto libro del autor, que en español se tituló “El hombre decente” (editorial Planeta, 2019), se reflejaba el país británico de 2018, con un ministro de Exteriores "ignorante". Una vez más en que se reconocía cómo UK y espionaje van tradicionalmente asociados. Por algo Ignacio Peyró, en “Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa”, dedicaba una entrada a «Espías» y a ese «mundo inmejorable para la mezcla de realidad y ficción», citando, por supuesto, a Le Carré. 

Así las cosas, “El hombre decente” nos planteaba una trama de intriga de las que su autor nos tenía acostumbrados, pero con el aliciente de conocer a un personaje escéptico con respecto a su nación, pues no le acaba de convencer el típico mantra de que Inglaterra sea "la madre de todas las democracias". Es más, tras el referéndum de junio de 2016, en el que los británicos apoyaron el Brexit, su visión era de una sociedad y un gobierno en plena decadencia. El futuro inmediato, una vez Le Carré ya desaparecido –el mundo desaparecido para él– le dará o quitará la razón.
Publicado en La Razón, 14-XII-2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

Javier Reverte: pasión por África y por la vida


Cinco años atrás, coincidiendo con la publicación de sus “Poemas africanos” –los versos que desde 1992 iba escribiendo durante algunos de sus viajes–, aportaba un prólogo a un libro de Javier Brandoli, «El Macondo africano», en que afirmaba: «Su autor nos enseña su África sin rubor, con cierto ánimo crítico, apasionadamente y, al mismo tiempo, sin recias ataduras sentimentales, sin tópicos, sin ocultar su extrañeza ante un continente que nos enamora y nos pervierte, que nos enloquece, que nos resulta extraño e, incluso, en ocasiones, nos repugna». Esa África que describía Reverte –hermano de los periodistas Jorge e Isabel Martínez Reverte (estos sí firman con su primer apellido)– sirve para definir su propia mirada hacia este continente que fue una de sus pasiones.

Falleció ayer en Madrid; setenta y seis años atrás había nacido en Madrid, de padre periodista y miembro de la División Azul –su hijo hablaría de ello en un libro– y le esperaría una trayectoria inigualable, merced a sus viajes por el mundo entero, y una gran obra escrita.Formado en filosofía y periodismo (llegaría a ser subdirector del diario “Pueblo”), fue guionista de documentales y programas informativos de radio y televisión (reportero de “En portada” de TVE), y ciudadano de Londres, París y Lisboa, durante la década de los años setenta, a raíz de sus trabajos periodísticos. Grandes urbes que no le depararían las emociones que encontró en recodos exóticos y hasta peligrosos, pues no en vano alguna de sus experiencias casi le costó la vida, como cuenta en “Vagabundo en África” (1998).

De Centroamérica a Irlanda

Con este libro, que formó una trilogía junto con “El sueño de África” y “Los caminos perdidos de África”, desarrolló un género viajero en que combinaba la narración novelesca de peripecias personales con referencias locales de tinte histórico y cultural. Y siempre con la evocación constante de otros escritores que en el pasado pisaron los mismos lugares, ya fuera el Joseph Conrad de “El corazón de las tinieblas” o el Jack London que incursionó en la Alaska. Dicha trilogía lo aupó al éxito y a convertirse en un referente de este tipo de escritos, iniciados en “La aventura de Ulises” (1973), y seguidos de novelas como su “trilogía centroamericana” consagrada a Nicaragua, Guatemala y Honduras, escrita en los ochenta e inicios de los noventa, u otros que reflejaban cómo se jugaba el pellejo, caso de “Bienvenidos al Infierno. Días de Sarajevo” (1994), como corresponsal de guerra.

Su última novela –debutó en este género con “Muerte a destiempo”, en 1982– fue bastante reciente, “Banderas en la niebla” (2017), y no fue ajeno a los premios por parte de grandes sellos editoriales, como el que obtuvo por “Barrio cero” (2010, XV Premio Fernando Lara de Novela). En cuanto a los viajes, el último convertido en libro provino de tierras que siempre le encandilaron, “Canta Irlanda: un viaje por la isla esmeralda” (2014), se tituló, todo un canto de amor por sus tierras y gentes, sus letras y música, sus leyendas e historias, y en el que también se asomaba su recuerdo de periodista trotamundos, al recordar los acontecimientos políticos que vivió de primera mano durante sus visitas a la Irlanda del Norte que tanto tiempo ardió en llamas.

En lo personal –se colegía de sus entrevistas– Reverte parecía tener tres debilidades –las mujeres, el sexo y el vino–, y en él se percibía un ser generoso y bondadoso, dueño de un humor cínico. Lo había visto todo en los cinco continentes, y su palabra era sincera y franca, pero también la propia del contador de historias que, frente al fuego al anochecer, miente para entretener a los que le están escuchando.

Publicado en La Razón, 1-XI-2020