sábado, 20 de septiembre de 2025
El dolor de perder a Antonio Rivero Taravillo
martes, 1 de julio de 2025
"In memoriam", Germán Gullón (1945-2025)
A la memoria de Germán Gullón, a mis ojos el hombre de letras más importante del mundo en las últimas cinco décadas. Gracias por tantísimo, querido amigo, desde hace más de veinte años para mí, y por siempre.
miércoles, 17 de julio de 2024
Contra el comunismo, Ismaíl Kadaré
miércoles, 19 de junio de 2024
Alice Munro: la narradora doméstica
jueves, 30 de mayo de 2024
Una deuda de lealtad hacia Francisco Rico
Publicado en La Razón,
28-IV-2024
miércoles, 19 de julio de 2023
Querido Ibáñez...
jueves, 13 de julio de 2023
Muere a los 94 años el escritor Milan Kundera
martes, 27 de junio de 2023
Antonio Gala: el dandi califa
domingo, 25 de junio de 2023
Cormac McCarthy y el Apocalipsis americano
Fue casi un acontecimiento el hecho de que Cormac
McCarthy –nacido en Rhode Island, en 1933, y muerto
este 13 de junio en Santa Fe–, de continuo ajeno al mundillo
socioliterario, concediera una entrevista en televisión. Rompía así una suerte
de aislamiento que había potenciado la calidad de autor de culto que ya tenía
desde su debut con “El guardián del vergel” (1965) y, sobre todo, a partir de “Meridiano
de sangre” (1985), obra que, según Harold Bloom, lo instala en la senda
artística de, nada menos, Herman Melville y William Faulkner.
Aquel día, 5 de junio de 2007, la archifamosa Oprah
Winfrey habló de “La carretera” y, evidentemente, el libro se convirtió en un
superventas. Al día siguiente, las secciones culturales de los periódicos de
medio mundo ofrecían la noticia: por fin McCarthy, oculto como sus compatriotas
J. D. Salinger o Thomas Pynchon, tan conscientemente reacios a dejarse ver,
fotografiar o entrevistar, hablaba de su vida —viajes, pobreza extrema,
alejamiento absoluto al ambiente artístico y editorial— en la localidad donde
vivió, Santa Fe, en el estado de Nuevo México. Al parecer, a la edad de setenta
y cinco años (ha fallecido con ochenta y nueve), se permitía relajarse y ceder
ante el impulso publicitario del panorama cultural.
De McCarthy ya se habían llevado a la gran pantalla
cuatro adaptaciones de sus novelas, a destacar “Todos los hermosos caballos”
(National Book Award en 1992) y “No es país para viejos”, pero es “La carretera”
(premio Pulitzer en el año 2007) la que quizá tenga un condicionante más
exclusivo del arte cinematográfico: el género de las historias de anticipación.
Y es que McCarthy, con un estilo sintético como nunca en su trayectoria,
describía un mundo devastado por la guerra nuclear al que un padre y un hijo
(sin nombres) buscan un sentido. Entre tanta muerte y cenizas, juntos cruzan
los Estados Unidos, sufren calamidades y ven a hombres convertidos en caníbales
por la carencia de comida. Es simplemente el fin del mundo, una visión de cómo
sería el ocaso de la humanidad.
Pero como siempre, tras la fuerza arrolladora de
sus historias, plenas de violencia y desgarro, en McCarthy siempre cupo una
lectura entre líneas: de carácter moral y visionario. El escritor hablaba de lo
más terrible y, en el núcleo de la situación, colocaba a un niño —un homenaje a
su propio hijo, John Francis, de ocho años entonces— como víctima singular de
ese Apocalipsis que, como todas las tragedias, tenía, en su desesperanza, la
esperanza de un mañana.
Pero no todo fue narrativa en la trayectoria de
McCarthy, pues también estuvo interesado en el mundo del teatro. A este
respecto, su primera obra fue “The Stonemason”, de 1970 pero publicada mucho
más tarde, y la segunda, “El Sunset Limited”, que disfrutó de un largo y exitoso camino. En 2006 vio la luz en
un teatro de Chicago, para luego trasladarse a Nueva York, y hasta se hizo del
texto un telefilm, dirigido por Tommy Lee Jones y protagonizado por este y
Samuel L. Jackson. Un actor blanco y un actor negro para los dos únicos
personajes de la obra, llamados así directamente, Blanco y Negro, los cuales
mantienen un férreo debate, de tintes filosóficos, espirituales, religiosos y
mundanos, encerrados en «una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro
de Nueva York», tal como se dice en la primera acotación.
McCarthy
subtituló su obra «Una novela en forma dramática», y precisamente algunos críticos reprocharon al autor
que “El Sunset Limited” estaba pensada más en términos novelescos. Extraña
conjetura, pues la obra funcionaba perfectamente a efectos teatrales. El
diálogo, chispeante, vivo, próximo, hacía que el lector se mantuviera atento
hasta el final, con la curiosidad de cómo iba a acabar este encuentro de un
hombre que ha salvado a otro de suicidarse en el andén del tren Sunset Limited,
si bien al lector le pudiera parecer algo tópico el empleo de los dos
personajes: el negro marginal y el blanco aburrido de la vida, todo lo cual
planteaba la acuciante idea de desear o no seguir vivos.
Publicado en La Razón, 13-VI-2023
martes, 11 de abril de 2023
En memoria de Fernando Sánchez Dragó
Aún impresionando, dolorido, por la muerte de Fernando Sánchez Dragó, quiero rendirle aquí un pequeño homenaje. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por cuánto y cómo se interesó por mis libros y habló de ellos en la prensa, y por su trato, tan afectuoso y auténtico. Fue el caso del pasado mes de junio, cuando publicó un artículo sobre mi libro El fragmento honesto, lo que le llevó a pensar en su infancia lectora. Todo empezó hace más de diez años, cuando para mi sorpresa descubrí que conocía mi escritura, y desde entonces tuve el placer de estar en contacto de continuo con él. Siempre aprovechó para escribirme diciendo cosas formidables sobre mis libros, lo que disfrutaba con ellos. Parecía leerlo todo, saberlo todo, cómo no sentirse honrado frente a tamaña generosidad. Si le contaba algún trance difícil mío, solía aconsejarme seguir la doctrina del Tao: parar y templar, no reaccionar, dejar las cosas fluir. Y por supuesto, tenía razón.
No consiguió llevarme al programa Uasabi con Libros, como era su deseo, al no renovar con Televisión Española, pero ya esa intención para mí valió oro. Con todo, me hizo un regalo maravilloso al empezar uno de ellos hablando de El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau. Asimismo, comentó El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico en Esradio, y también en una columna en El Mundo (en aquella ocasión, me avisó estando él ¡en Camboya!) Siempre tan atento con mi forma de abordar la literatura, me invitó a colaborar en su proyecto digital La Retaguardia con reseñas de libros, y a una experiencia que me resultó gratísima: dar una conferencia en el XXV Encuentro Eleusino en El Escorial, que se celebró en enero del 2019, sobre Thoreau.
Yo, por mi parte, le propuse contestar la entrevista capotiana, en el 2013, hablé de sus memorias Galgo corredor en la radio y lo entrevisté por extenso para la revista Qué Leer, en septiembre del 2020. Pero todo ello son cosas tangibles o visibles, de compartir un interés común en torno a lo literario. Tras eso queda lo humano, el recuerdo vívido de este hombre excepcional, increíblemente erudito, simpático y sensible; capaz de llorar al recitar un poema de Claudio Rodríguez que le acompañó siempre, pero sobre todo de celebrar la vida, viajar por todo el planeta, disfrutar de los placeres y escribir. Escribir cada día. Todo ese legado humano descansa en su hija, la espléndida Ayanta Barilli, que tan amable y cariñosamente también acoge mis libros. Mi pésame a ella, a todos para los que Fernando fue alguien tan y tan especial, único e irrepetible.
viernes, 17 de marzo de 2023
Kenzaburo Oé y la impronta de la guerra en Japón
Cuando Kenzaburo Oé vino a España para promocionar, en 2004, su voluminosa «Salto mortal» (que publicó la editorial Seix Barral), novela publicada en Japón cinco años atrás, parecía otro escritor diferente, casi irreconocible, de aquel que deslumbró antes y después de recibir el premio Nobel, cuando la editorial Anagrama ya había divulgado sus cuentos y novelas descarnadas, realistas en su sentido más grotesco, cercanas además a la sensibilidad occidental.
En aquella obra, recreaba el reencuentro de varios personajes decididos a volver a emprender las tareas de una secta activa quince años atrás. De este modo, «Salto mortal» constituía un texto independiente en la trayectoria del autor nipón por su gran volumen, cuyo argumento giraba, de forma ininterrumpida, en torno a las disquisiciones acerca de cómo redefinir la «Iglesia del Salvador y el Profeta», fundada por los que se convertirían en sus líderes espirituales; estos habían protagonizado un acto de apostasía diez años antes, no sólo abandonando a sus fieles, sino renunciando a la vez a la propia fe. Asimismo, los comentarios en paralelo a la poesía del galés R. S. Thomas y otros escritores creaban un clima de exquisitez intelectual encaminado a edificar una «Iglesia del Hombre Nuevo», una propuesta personal del propio Oé, como contó en las entrevistas que concedió aquel año.
Y es que, pese a la advertencia editorial de que se trataba de su primera novela no biográfica, lo cierto es que el texto estaba inundado de guiños hacia sus gustos literarios (Twain, Hemingway, Flannery O’Connor), sus ideas políticas sobre la desmilitarización asiática, su «teoría de la rehabilitación» médica que trasladó a la escritura, o su hijo con discapacidad mental y músico, presencia ineludible en casi todas sus obras, en especial «Una cuestión personal» (1964). Es suma, el lector descubría a un Oé renovado, lejos de la concisión y la dureza argumental de su primera novela, “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” (1958), cuyo trasfondo, la Segunda Guerra Mundial, él había sufrido desde la pequeña isla en la que nació e inundó sus creaciones, incluyendo aquel gran salto narrativo.
De una aldea al Nobel
Marcado por estos acontecimientos desde la infancia, Oé va a vivir un shock de carácter personal en esa etapa: justo cuando viaja a Hiroshima, nace su hijo, que se dirime entre la vida y la muerte en una incubadora, y su padre pisa el territorio donde tal cosa ocurre a diario: gente con cáncer, leucemia o ceguera producto de la radiación atómica; personas que se acaban suicidando para cortar la agonía; ancianos que han perdido a sus hijos y a sus nietos y que existen por inercia. Con individuos así va a entrevistarse Oé en distintos hospitales; los llama moralistas “porque han vivido los días más crueles de la historia de la humanidad”, porque nadie puede tener una experiencia tan abrumadora después de haber sufrido tal cosa.
Oé declaraba que conoció la dignidad humana en Hiroshima –dedicaba un ensayo a este concepto–, y volvió a referirse a ella en la entrevista que le hizo un periodista de “Le Monde” aquel año de 2004 y que sirvió de epílogo al libro. En definitiva, ese contacto con una realidad grotesca y espeluznante, pero también esperanzadora al ver el coraje de los supervivientes, se volcarán en su propia narrativa: le esperaba la escritura de su obra maestra, en aquella «Una cuestión personal» (1964) inspirada en su bebé, que también iba a sobrevivir.
Publicado en La Razón,
13-III-2023
martes, 6 de diciembre de 2022
Adiós a la alegría solidaria: muere el escritor francés Dominique Lapierre
sábado, 4 de diciembre de 2021
El último tango de Almudena Grandes
La trayectoria de Almudena Grandes, nacida en Madrid, en 1960, y titulada en Geografía e Historia, se contó desde sus inicios por éxito de crítica y público, por multitud de premios recibidos y la atención del mundo del cine, que adaptó bastantes de sus obras. La primera de ellas, la novela que la dio a conocer en 1989, “Las edades de Lulú”, tras recibir el XI Premio La Sonrisa Vertical, que convocaba la editorial Tusquets, a la que la autora siguió ligada estrechamente desde entonces, y que fue adaptada por Bigas Lunas al año siguiente.
Desde aquel momento, con la referida obra de tinte erótico, la popularidad de Grandes no hizo más que crecer, gracias a su presencia en los medios y a su trabajo en la prensa, obteniendo el beneplácito de libreros, críticos literarios y diversas asociaciones. Así, vendrían las novelas “Te llamaré Viernes”, “Malena es un nombre de tango” (llevada al cine por parte de Gerardo Herrero en 1995), “Atlas de geografía humana” (que generó una miniserie chilena llamada “Geografía del deseo” y una película en el 2007), “Los aires difíciles” (que adaptó de nuevo Herrero en el 2006; Premio Cálamo al Mejor Libro del Año 2002 y Premio Crisol 2003), “Castillos de cartón” (que llevó al celuloide Salvador García Ruiz en el 2009), “El corazón helado” (Premio Fundación José Manuel Lara 2008 y Premio del Gremio de Libreros de Madrid 2008) y “Los besos en el pan”, junto con los volúmenes de cuentos “Modelos de mujer” (uno de ellos, «El vocabulario de los balcones», vio la luz en la pantalla grande con el nombre de “Aunque tú no lo sepas”, obra de Juan Vicente Córdoba en el 2000) y “Estaciones de paso”.
Asimismo, con su serie “Episodios de una guerra interminable” siguió recibiendo reconocimientos por algunas de sus entregas: con “Inés y la alegría”, el Premio de la Crítica de Madrid 2011, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2011; y con “Los pacientes del doctor García”, el Premio Nacional de Narrativa 2018, convocado por el Ministerio de Cultura. Además, tuvo en su haber el Premio Julián Besteiro de las Artes y de las Letras 2002 por el conjunto de su obra y el Premio Liber 2018 al autor hispanoamericano más destacado, otorgado por la Federación del Gremio de Editores.
De izquierdas y feminista
Una trayectoria, pues, extraordinariamente fecunda y exitosa, en paralelo a su actividad combativa en terrenos políticos y feministas, desde posturas de izquierdas –apoyó a Izquierda Unida, aunque en las últimas elecciones generales dijo no votar al no sentirse representada por ningún partido– y con una gran querencia por la España salida de la época republicana. En concreto, en 2010 se publicaba la primera entrega de los “Episodios de una guerra interminable”, que alcanzó el quinto libro el año pasado y que iba camino de tener un cierre titulado “Mariano en el Bidasoa”, presumiblemente de próxima publicación.
Grandes, desde el primer momento, ya tuvo clara la estructura de tamaña empresa, pues ya adelantó en el primer libro los títulos que iban a venir; y también ese nombre general de carácter galdosiano. No en vano, en todas estas novelas ponía el foco en la ciudad de Madrid de forma significativa, atravesando las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta. En aquella ocasión, con “Inés y la alegría”, la narradora madrileña nos hacía viajar al Toulouse de 1939, con un personaje, Carmen de Pedro, responsable en Francia de los comunistas españoles, que se unía a un excargo del partido que tenía el propósito de organizar la Resistencia contra la ocupación alemana, preparando la plataforma de la Unión Nacional Española con la ayuda de un ejército de hombres dispuestos a invadir España. Lo que recibirá el nombre de operación Reconquista de España llegará a oídos de Inés, una mujer republicana que vive recluida en la profunda Lérida con su hermano, delegado provincial de Falange en Lérida.
De este modo, Grandes ya colocaba los asuntos centrales que iban a caracterizar toda la serie: la vida precaria en la España de la posguerra, el aliento de venganza y sospecha, el clima de enfrentamiento y peligro, la ideología como campo de batalla para imponer ideas o mantenerse en los ideales de libertad, la situación de la mujer como elemento sufriente ante una sociedad violenta, represiva y extremadamente machista. Y es que, tanto en esta novela con Inés como el resto la condición femenina destaca sobremanera. En el segundo relato, “El lector de Julio Verne”, cuando se contaba la vida de un niño hijo de guardia civil, para su desgracia, y su deseo por recibir una educación, aparecía un cortijo donde una familia de mujeres solas, viudas y huérfanas resistía en la frontera entre el monte y el llano. En la siguiente, “Las tres bodas de Manolita”, la heroína se dejaba ver en el Madrid recién salido de la guerra civil, buscando sobrevivir a sus dieciocho años, con su padre y su madrastra encarcelados, y su hermano Antonio escondido en un tablao flamenco, teniendo que hacerse cargo de su hermana Isabel y de otros tres más pequeños.
Fe y desesperanza
Asimismo, en “Los pacientes del doctor García”, se contaba cómo, tras la victoria de Franco, un médico residente en Madrid bajo una identidad falsa que le facilitó ser ejecutado, se producía una trama de misiones secretas y peligrosas en que era notable la presencia de una mujer que dirigía, desde el barrio de Argüelles, una mujer alemana y española, nazi y falangista, llamada Clara Stauffer, una red de evasión de criminales de guerra y prófugos del Tercer Reich. “La madre de Frankenstein” fue su última obra; en ella recreó los sucesos reales que protagonizó una parricida paranoica, de gran erudición, que fascinó a Grandes cuando conoció su historia en 1989.
De tal modo que esta historia fue fruto de una obsesión por este personaje tétrico, como contaba la propia Grandes en la nota final que incorporó a la obra: “Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora Rodríguez Carballeira, que parece un alucinante, incluso delirante, argumento de ficción… He escrito este libro en memoria de todas esas mujeres que no pudieron atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas, que pasaron directamente de la tutela de sus padres a la de sus maridos, que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”. Esa defensa de las mujeres y el anhelo de, desde la ficción, denunciar la dictadura franquista la distinguieron con especial intensidad en la última década.
El contenido de esta su última novela convergía en algo que decía una mujer, que reflejaba bien el estado de languidez, desesperación y miseria humana, moral y económica que sufría aquella España, esto es, el hecho de que “en los cuarenta, la gente no tenía nada que comer, pero tenía esperanza. La fe alimenta más que la comida, y estábamos convencidos de que los aliados invadirían España si ganaban la guerra mundial. (…) Y sin embargo, ahora… Fusilan menos, sí, las cárceles están más vacías, también, muchos presos han vuelto a sus casas, desde luego, pero nadie espera nada bueno ya”.
Publicado en La Razón, 28-XI-2021
jueves, 16 de septiembre de 2021
La vida sin Elia

Nunca serán bastantes las palabras elogiosas que puedan dedicársele. Yo solo quiero añadirme a eso, darle mi homenaje público. Cómo no recordar lo increíblemente bien que se preparaba cada entrevista, con qué meticulosidad se leía cada libro, cómo lo anotaba, subrayaba. Doy fe de todo ello por nuestro vínculo personal y por haber disfrutado de ser su entrevistado a raíz de mis libros en diversas y afortunadas ocasiones, ya inolvidables, como tantos otros instantes compartidos.
Un día, en una cafetería, se nos ocurrió una sección para reflexionar a partir de algún aforismo interesante, y la cosa funcionó realmente bien. Unos pocos años atrás, me había dado el inconmensurable regalo de hablar de mi Thoreau en el programa de televisión, en que fue tan feliz, Libros con Uasabi. Era la curiosidad, la naturalidad, la autenticidad en persona, y de natural impaciente; tanto, que se diría que tenía que saber antes que los demás qué es eso de la muerte, para informar de ello de manera concienzuda. Porque no había otra como ella en los medios de comunicación, y además tan joven –se nos ha ido, y me costará asumirlo hasta el fin de mis días, con 38 años–, a la hora de hacer descubrir a la audiencia asuntos interesantes. De hecho, su muerte es su último editorial –así abría su programa, con una meditación sobre la actualidad llena de ironía–, su implacable informe de la realidad que nos espera a todos. Y sí, supimos por desgracia hace una semana cómo actúa ese misterio que de repente nos mata en vida al irse alguien a quien amamos: haciendo de nuestro día una desesperada oscuridad, sumiéndonos en el vacío y en el desconcierto más turbio, colocándonos en un dolor que nos acompañará ya para siempre en una vida sin Elia.
sábado, 31 de julio de 2021
Roberto Calasso, el último intelectual
Desde muy
joven tuvo claro que su destino sería libresco, pues no en vano su abuelo había
fundado una editorial y su padre era profesor de Derecho. Calasso estudió
literatura inglesa en la Universidad de Roma La Sapienza, siendo alumno de otra
leyenda del academicismo trasalpino como Mario Praz, que le dirigió su tesis
doctoral, dedicada al escritor renacentista inglés Thomas Browne. En 1968 se
casó con la escritora suiza Fleur Jaeggy, y en los cincuenta años siguientes se
consagró a la lectura, la edición, la escritura de ensayos y sus clases; por
ejemplo, realizó un curso en la Universidad de Oxford, a partir de uno de sus
temas preferidos, la relación entre la literatura y los dioses, y cuyo
contenido acabó en un libro de 2001.
Hinduismo y Kafka
Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y merecedor de varios premios, como el Europeo de Ensayo Charles Veillon en 1991 y el Formentor de las Letras en 2016, Calasso ha tenido un final de vida en la semana en que han visto la luz, casualmente, dos libros autobiográficos suyos: “Memè Scianca”, sobre su infancia en Florencia, y “Bobi”, las memorias de Roberto Bazlen, creador con Luciano Foà de la editorial Adelphi. Quedan estos escritos, y todos los que fue publicando entre nosotros, a destacar, uno, “El ardor”, producto de su pasión por un texto de hace unos tres mil años: un tratado sobre ritos védicos de casi dos mil cuatrocientas páginas y que “contienen pensamientos inevitables desde siempre, que sin embargo raramente han encontrado acogida en los libros de filosofía”.
De tal modo que Calasso era capaz de explorar unas líneas milenarias para concluir que son “un antídoto poderoso para la existencia actual”, pues en ellas se buscaba la “verdad”; todo lo cual se manifiesta en diversos “gestos” que según él sobreviven todavía hoy en la India entre gentes que, sin embargo, ignoran su origen. Y hablando de búsqueda de la verdad, mencionaremos otro texto clave en su trayectoria, titulado “K”, y que sólo puede pertenecer a aquel que buscó lo verdadero de manera obsesiva, Franz Kafka. La obra de este era analizada hasta llegar al meollo de la creatividad literaria, a su génesis lingüística, por parte de un Calasso que centraba su atención en «El proceso» y «El castillo», percibiendo enigmáticas e innumerables conexiones entre los dos libros. El editor florentino, en un rasgo muy suyo, apenas veía la necesidad de plantear sus análisis aludiendo a recursos biográficos. Este procedimiento era demasiado simple para él, pues siempre optó por consagrarse a la pura y tangible literatura. De hecho, de él se podría decir lo que el autor checo escribió una vez de sí mismo: «No soy nada más que literatura».
Publicado en La Razón, 30-VII-2021
viernes, 21 de mayo de 2021
Muere Francisco Brines, la última voz de la Generación del 50
martes, 15 de diciembre de 2020
John le Carré y el Brexit decadente
domingo, 1 de noviembre de 2020
Javier Reverte: pasión por África y por la vida
De Centroamérica a Irlanda
Con este libro, que formó una trilogía junto con “El sueño de África” y “Los caminos perdidos de África”, desarrolló un género viajero en que combinaba la narración novelesca de peripecias personales con referencias locales de tinte histórico y cultural. Y siempre con la evocación constante de otros escritores que en el pasado pisaron los mismos lugares, ya fuera el Joseph Conrad de “El corazón de las tinieblas” o el Jack London que incursionó en la Alaska. Dicha trilogía lo aupó al éxito y a convertirse en un referente de este tipo de escritos, iniciados en “La aventura de Ulises” (1973), y seguidos de novelas como su “trilogía centroamericana” consagrada a Nicaragua, Guatemala y Honduras, escrita en los ochenta e inicios de los noventa, u otros que reflejaban cómo se jugaba el pellejo, caso de “Bienvenidos al Infierno. Días de Sarajevo” (1994), como corresponsal de guerra.
Su última novela –debutó en este género con “Muerte a destiempo”, en 1982– fue bastante reciente, “Banderas en la niebla” (2017), y no fue ajeno a los premios por parte de grandes sellos editoriales, como el que obtuvo por “Barrio cero” (2010, XV Premio Fernando Lara de Novela). En cuanto a los viajes, el último convertido en libro provino de tierras que siempre le encandilaron, “Canta Irlanda: un viaje por la isla esmeralda” (2014), se tituló, todo un canto de amor por sus tierras y gentes, sus letras y música, sus leyendas e historias, y en el que también se asomaba su recuerdo de periodista trotamundos, al recordar los acontecimientos políticos que vivió de primera mano durante sus visitas a la Irlanda del Norte que tanto tiempo ardió en llamas.
En lo personal –se colegía de sus entrevistas– Reverte parecía tener tres debilidades –las mujeres, el sexo y el vino–, y en él se percibía un ser generoso y bondadoso, dueño de un humor cínico. Lo había visto todo en los cinco continentes, y su palabra era sincera y franca, pero también la propia del contador de historias que, frente al fuego al anochecer, miente para entretener a los que le están escuchando.
Publicado en La Razón, 1-XI-2020
.jpg)




