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viernes, 6 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Miguel Garrido de Vega

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Garrido de Vega.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón. O Galicia. O mi biblioteca.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me recuerdan el misterio más primigenio de la vida. No somos mejores que una hormiga o un gato. Pero solo con las personas se puede argumentar, disentir y construir. Cada uno tiene lo suyo, supongo. Eso sí: mi perro es sagrado.

¿Es usted cruel? Me dicen que no. Pero cuando escribo, lo intento con ganas.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los mejores, estoy seguro.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Cada vez me convenzo más de que hace falta un «núcleo común» con la otra persona. Al margen de carnés y superficialidades, compartir un nivel parecido de empatía y humor, de calma, de ganas de diálogo y aprecio de la cultura. Respetar, admirar al otro. Y la lealtad, siempre la lealtad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Ya digo: son los mejores.

¿Es usted una persona sincera? Soy escritor.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con las historias que leo, veo y me cuentan. Trasteando con mis pobres plantas. Pensando haikus mientras paseo a mi perro Gazpacho. Y con mi familia.

¿Qué le da más miedo? Las agujas del reloj.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Constatar que hay seres —¿humanos?— a quienes no les importa lo más mínimo dejar un reguero de cadáveres, literales y figurados, para conseguir sus objetivos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Trabajar con las manos y la madera, con la tierra. Pasar el máximo tiempo alejado de pantallas y teclados. Y lo más cerca posible del mar, los bosques y la montaña.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Artes marciales; me ayudan a mantenerme centrado, porque si en lo físico no hay un componente mental, me cuesta… aunque lo que de verdad querría volver a hacer es jugar al baloncesto.

¿Sabe cocinar? Por suerte, Internet está llena de recetas con muy buenas instrucciones paso a paso.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? En abstracto, me fascinan figuras como Fernando Pessoa, Franz Kafka, Georges Perec o Leonora Carrington. Pero, si pensara en escribir un artículo así, creo que antes hablaría de personas con una importancia decisiva en mi trayecto vital —como mi maestro, JJ Muñoz-Rengel—, o a las que admiro por motivos más dolorosos, como mi bisabuelo, el médico Rafael de Vega Barrera, fusilado en 1936. Y, de entre todas ellas, elegiría a mi madre: artista, lectora y cinéfila insaciable, con un enorme mundo interior. Por lo pronto que se fue y, sobre todo, por la huella que me dejó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En gallego las tenemos preciosas —agarimo, ronsel, paseniño…—. Y siempre me ha maravillado la palabra «utopía».

¿Y la más peligrosa? No creo que haya palabras peligrosas per se. Peligrosos son quienes las utilizan como armas.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¿Está encendida la grabadora?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesa la defensa de lo que nos une como sociedad: la justicia, la cultura, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento. La mano tendida, no el puño que golpea. Y me preocupan el avance del autoritarismo, la sustitución del diálogo por el dogma, la lógica de mercado como máxima única y el creciente discurso del odio.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un búho. O una lechuza. Incluso me conformaría con una urraca o un mirlo.

¿Cuáles son sus vicios principales? El «sobrepensamiento»; un amigo siempre me dice que no paro de hacerme trampas al solitario. Estoy dejándolo poco a poco, prometido. También debería dormir más. Y comer mejor. 

¿Y sus virtudes? La fuerza de voluntad, como cantaba Rosendo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los ojos de mi hijo.

T. M.

viernes, 1 de diciembre de 2023

Un objeto libro de enigmas y aventuras

Cualquiera que tenga en sus manos este libro verá que es algo realmente único. Algún crítico literario lo ha calificado de gran aventura en papel, y así lo podrá interpretar el lector cuando lo abra y vea un objeto lleno de sorpresas, que pretende dar al imagen de un manuscrito anotado en que se han insertado, entre las páginas encuadernadas del libro, papeles sueltos de anotaciones, postales, fotografías, cartas escritas a mano, mapas o artículos fotocopiados. «S. quiere ser una celebración del libro como objeto físico. En este momento de correos electrónicos y mensajes de texto, y todo lo que se mueve en la nube de una manera intangible, este libro es intencionalmente tangible. Queríamos incluir cosas que realmente puedas tener en la mano: postales, fotocopias, páginas de blocs de notas, páginas del periódico escolar o un mapa en una servilleta».

Son palabras, sacadas de una entrevista, del que ha concebido semejante caja-libro que es un misterio en sí mismo, “El barco de Teseo” (traducción de Marcelo E. Mazzanti), que no es otro que el cineasta J. J. Abrams. Sin embargo, su autoría le corresponde al escritor Doug Dorst, un autor desconocido probablemente para el público español; se trata de un narrador que enseña Escritura Creativa en la Universidad Estatal de Texas-San Marcos y que ya ha firmado dos libros de narrativa. Abrams, por su parte, debe su fama a su prolífica carrera y a haber dirigido o producido grandes éxitos de taquilla: películas pertenecientes a las series de “Misión imposible” y “Star Wars”, por ejemplo, o productos televisivos tan celebrados como “Perdidos”.

En realidad, todo empezó con un vídeo que Abrams lanzó a las redes sociales en agosto de 2013, desde su productora, Bad Robot Productions, en blanco y negro, y titulado “Stranger”, de contenido tenebroso; mostraba a un hombre en una playa en una situación inquietante: atado con una cuerda e intentándose ponerse en pie. En el vídeo aparecía otro hombre con la boca cosida y terminaba con una frase, “Soon he will know” (“Pronto se sabrá”), sin que se añadiera más información. Al final, tal cosa acabó por verse como una iniciativa promocional de este libro, a modo de avance visual, que vio la luz en el mes de octubre. Y ahora, justamente, diez años después la editorial Duomo lo edita bellamente.

Autoría ficticia

El autor “verdadero”, en todo caso, sería V. M. Straka, que habría publicado su libro en 1949 en un sello editorial de Nueva York; no es sólo esto lo único misterioso, pues la novela –presentada como si estuviera en préstamo tras conseguirla en una biblioteca de una escuela de secundaria– constituiría una historia dentro de otra historia, dado que por un lado está la narración “El barco de Teseo” y, por el otro, las notas manuscritas en los márgenes del libro, obra de dos estudiantes universitarios, Eric y Jen, que desean descubrir la identidad del autor. Empieza con un prólogo de su supuesto traductor, F. X. Caldeira, que presenta a este Straka, que desapareció de manera incierta tras escribir casi veinte novelas y al que le rodean innumerables teorías conspiratorias, en torno al mundo del crimen y el espionaje.

Ambos jóvenes usan el libro para intercambiarse información y, en las páginas previas, Caldeira cuenta de Straka –acaso de origen checo– multitud de detalles personales, haciendo de todo este enredo metaliterario, como si fueran los heterónimos de Fernando Pessoa, cada uno de ellos con su meticulosa biografía ficticia, un curioso divertimiento. Es el viejo recurso del manuscrito hallado encuentra accidentalmente y cuyos lectores quedan hipnotizados por lo que se cuenta: cómo un hombre sin pasado, trasunto del que protagonizaba el vídeo promocional, es secuestrado y llevado a un barco lleno de elementos siniestros, momento que empieza para él un extrañísimo y peligroso viaje. Eric y Jennifer asumirían, entonces, el papel de detectives librescos, para dilucidar qué enigmas se esconden detrás de la novela y de su creador.

Abrams dice que se le ocurrió la idea para este libro cuando estaba en el aeropuerto y vio una novela de bolsillo en un banco. Entonces la cogió y vio que dentro alguien había escrito: “A quien encuentre este libro, léalo, llévelo a algún lugar y déjelo para que otra persona lo encuentre”. Al director le resultó algo simpático y eso le recordó cómo en la universidad sus compañeros dejaban en los márgenes de los libros que habían sacado prestados de la biblioteca. De tal modo que pensó que podía confeccionar un libro que estuviera completamente anotado. En este sentido, le sirvió de inspiración el escritor británico Dennis Wheatley, cuyos libros están llenos de fotografías rotas y pequeños sobres, cartas encontradas y hasta mechones de pelo. Lo siguiente fue buscar a alguien con quien colaborar en el proyecto, y ahí surgió Dorst, hasta diseñar un volumen como este, asombroso a la vista y, en efecto, único en su especie.

Publicado en La Razón, 14-XI-2023

sábado, 28 de enero de 2023

Pessoa fuera de la torre de marfil

Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su desdoblamiento en más de cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. Y a profundizar en este creador del “heteronimismo” se ha encargado Manuel Moya, como antes hiciera versionando la poesía completa de los poetas pessoanos Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis Caeiro, Reis y Campos, o preparando la que fue la mayor compilación de sus cuentos editada hasta la fecha.


El traductor advierte que estamos ante alguien tan fascinante como desconocido, pues “sobre él pesa más la leyenda o las leyendas que la probada realidad”. Moya se plantea romper el tópico de ver a Pessoa en su relevancia heteronímica más que en el valor de sus versos, como si su personaje y su genial originalidad eclipsaran la calidad de su obra. Tal cosa la encara Moya comentando algunos de los mejores poemas del escritor lisboeta, al tiempo que trata de apartar el cliché de considerar “su ausencia de vida”; antes al contrario, para el biógrafo la vida de Pessoa ejerció una fuerte impronta en su escritura. En todo caso, Moya nos conduce por la existencia de este hombre que se entregó a su trabajo de oficinista pero que fundó y colaboró con revistas literarias y estuvo muy pendiente de la realidad política portuguesa.

“Pessoa no es el poeta neutral encerrado en la tópica torre de marfil. Es lo que habría deseado, pero para esto hubiera necesitado liberarse de la ficción humana, y eso nunca lo logró”, dice tan hondamente Moya. “Mucha de su obra surge de esa sed de libertad que no logró conquistar”, añade. Y qué mejor, para intuir ese deseo, que seguirle los pasos en su infancia en Sudáfrica, o como polemista y amigo de otros poetas, como hermano de tres chavales que murieron prematuramente, como enamorado de Ophelia, como hombre de carácter emprendedor pero también melancólico y hasta depresivo, hasta que el exceso de alcohol lo llevó a la muerte en 1935.

Publicado en La Razón, 21-I-2023

sábado, 30 de julio de 2022

Invitar a la lectura con aforismos

Hace un par de años, Antonio Rivero Taravillo publicaba “La orfandad de Orfeo”, en la editorial sevillana Thémata/Apeadero de Aforistas, en el que el autor, con su habitual agudeza y humor, daba rienda suelta a su visión “aforística” de la vida y la literatura. En aquel libro se leían cosas como las que siguen: “Con prosodia inadecuada, un aforismo verdadero suele ser falso”; “El aforismo es un travestido: va ataviado de prosa, pero es bajo ella poesía”; “El aforismo es una verdad permanente que solo deja de serlo al término de sus uno o dos renglones”; “No escribe aforismo quien puede, sino quien poda”; “Un buen aforismo comienza cuando el lector empieza a modificarlo”… Es un ejemplo, este de Rivero Taravillo, que por cierto ganó el Premio de Aforismos Rafael Pérez Estrada en 2017 con su obra “Especulaciones ciegas”, de cómo este terreno es particularmente fértil para urdir destellos de reflexión que en sí mismos son a la vez una definición de un género que es de por sí una propuesta para la paradoja o lo lúdico.

Ya lo dijo José Luis García Martín cuando publicó “Todo lo que se prodiga cansa”, el hecho de que «los aforismos son una forma de jugar». En aquella ocasión, el escritor asturiano reunió algunas de sus frases más llamativas extraídas de sus diarios, sus redes sociales o incluso de la memoria de los amigos con los que hace tertulia cada semana. Publicó el libro en la editorial La Isla de Siltolá, que es fundamentalmente de poesía pero que tiene una nutrida colección de libros de aforismos de multitud de autores. Y es que el género cada vez tiene más presencia editorial y practicantes, lo que a veces también deriva en el ejercicio interesante de acudir a la obra narrativa, ensayística o poética de autores clásicos y, tras realizar una búsqueda de grandes ocurrencias, construir libros de aforismos de autores que no los habían concebido en su momento, de tal forma que hemos disfrutado en los últimos años de libros aforísticos de Chesterton, Mark Twain o Fernando Pessoa.

Un autor premiado

Pues bien, en muchos casos, todos estos trabajos llevan implícito el ánimo de sorprender y hacer pensar, es decir, de empujar al intelecto, y desde luego, conminar a leer, a picotear pensamientos audaces. Y eso mismo acaba de hacer el granadino Guillermo Busutil, que el año pasado recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural después de publicar “La cultura, querido Robinson”, con el que, según el jurado, había “realizado una aportación sustancial a la reflexión sobre el periodismo cultural en España». Tal entrega venía de muy lejos porque, aparte de haber publicado diversos libros de relatos, ya en 2013 obtuvo el Premio Unicaja de Artículos Periodísticos, a lo que se añadió, cuatro años más tarde, el hecho de que la Asociación de la Prensa de Málaga le concediera la Medalla de Honor de Periodismo por su trayectoria, y el Ateneo de Málaga, la Medalla de Oro de la Cultura. 

En el citado libro, Busutil abordaba lo que significa la cultura, el acto de leer, como si de una verdadera tabla de salvación se tratara. Y tal vez eso puede decirse con mayor énfasis que nunca hoy en día, cuando lo audiovisual y lo instantáneo ocupan y hacen malgastar mucho tiempo. R. W. Emerson, en los albores de una nación estadounidense que estaba buscando su identidad en el segundo tercio del siglo XIX, dictaminó que la lectura era uno de los baluartes indispensables para el ciudadano, para su visión y opinión, para trascenderse. Y en efecto, la lectura nos construye por dentro, regalándolos tesoros imperecederos. Así lo habrá entendido sin duda Nuria Barrios, que habla en el prólogo a “Papiroflexia” de que estamos ante “un libro pequeño y, al mismo tiempo, infinito. Sus páginas dibujan columnas acerca de la lectura, los libros, la escritura, el lenguaje, las palabras…”. Tiene razón: no basta leer con los ojos, dice. Hay que “leer con los oídos, con la mente y con el corazón, con el cuerpo entero”, y así, como reza el primer aforismo de Busutil, entrar lo más libre posible en los libros.

Se trata de un conjunto de 751 aforismos entre los que encontramos perlas como estas: «Los lectores se reconocen por la cicatriz de sus yemas»; «Quien lee, encuentra»; «La lectura principia en amor de madre»; «Los libros son los tatuajes de la memoria», "Con la lectura se puede vivir casi sin todo". Frases de apenas una línea que invitan a reflexionar, a sentir lo que en efecto sucede en nosotros cuando nos introducimos en un buen libro como este mismo, que es una prolongación de “La cultura, querido Robinson”, donde ya había aforismos que tenían que ver con la lectura, la escritura y el mundo del libro. Sigamos pensando, pues, que “Leer es una revolución silenciosa”.

Publicado en La Razón, 23-VII-2022

martes, 26 de abril de 2022

Historia del tedio humano

Dijo en una entrevista Graham Greene que, cuando estaba en la universidad, quedó atrapado en la desesperación: «Era una época en que estaba sumido en un gran aburrimiento, un gran tedio. Era muy excitante jugar a la ruleta rusa. Cada vez exigía tomar una gran decisión: la decisión de disparar». Tuvo suerte y abandonó vivo el juego a la quinta vez, pero hubo otros que fueron más allá: Yasunari Kawabata se asfixió, a los setenta y dos años, con gas dando así fin al tedio que significaba para él la vida desde su temprana orfandad. Arthur Schopenhauer, por su parte, dijo que la necesidad y el tedio son los dos polos de la vida humana, y que esto último encontró un cauce de evasión mediante la invención del turismo. De ejemplos como estos en el terreno literario hay incontables.

Pues bien, en relación con el aburrimiento es toda una experta Josefa Ros Velasco, fundadora y presidenta de la International Society of Boredom Studies y autora de esta notable historia cultural de la también llamada acedia, que suele vincularse con la melancolía. En eso pone el foco en su prólogo Carlos Javier González Serrano, que recuerda lo que escribió Fernando Pessoa en el “Libro del desasosiego”: que «el aburrimiento es la grave enfermedad de sentir que no vale la pena hacer nada». De ahí que Ros enfoque su ensayo desde lo patológico, como una dolencia más de nuestra vida cotidiana.

Estudia así esta investigadora postdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid cómo era entendido el aburrimiento en la Edad Antigua y durante el cristianismo medieval; por otro lado, se adentra en la llamada “abdominia de los ilustrados”; examina las caracterizaciones contemporáneas del aburrimiento en psi­cología y psiquiatría, e incluso nos muestra, con gran perspicacia y erudición, las “bondades” del aburrimiento; no duda en catalogar éste de anomalía y, ciertamente, puede llegar a ser autodestructivo, al interrumpir «el común transcurrir de las horas haciendo las veces de una afec­ción que se ha de curar», parando el reloj, la vida, que «se vacía de sensaciones, perdiendo todo su sentido y arrojándonos a una insoportable incomodidad».

Publicado en La Razón, 23-IV-2022

sábado, 19 de febrero de 2022

Entrevista capotiana a Christian T. Arjona

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Christian T. Arjona.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Las Lagunas de Chacahua, en Oaxaca, México, tal como las conocí hace veinte años.

¿Prefiere los animales a la gente? Sí, prefiero a los animales, sin lugar a dudas. Con algunas —contadas— excepciones humanas.

¿Es usted cruel? No. Aborrezco la crueldad y el sadismo; rasgos humanos, demasiado humanos.

¿Tiene muchos amigos? Tengo bastantes y de diversos países; pero en la amistad valoro la calidad por encima de la cantidad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No busco sus cualidades, las agradezco y disfruto cuando las hallo en ellos/as.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Muy raramente, porque no me creo expectativas forzadas sobre ellos: dejo que las relaciones fluyan, tratando de que no crezca la hierba en el camino de la amistad.

¿Es usted una persona sincera? Eso intento, aunque soy consciente de que la transparencia, citando a Samuel Beckett, es un punto de llegada, no de partida; y de que, en ocasiones, como decía un verso de Fernando Pessoa, “el poeta es un fingidor”.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con algunos amigos/as y con mi familia, mi mujer y mis hijos, junto a la lumbre, por ejemplo; o en gozosa soledad: con buenos libros, en la naturaleza, pintando, escribiendo y escuchando música.

¿Qué le da más miedo? La sociedad que se está creando actualmente, basada precisamente en el miedo y en el estrés; la robotización de las almas; la estupidez ubicua; la violencia normalizada.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Todo lo anterior: la normalización —y hasta imposición— del Absurdo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No concibo mi vida, mi “yo”, sin la creatividad.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? El senderismo, los plácidos errabundajes del andariego. Y, como decía Woody Allen, también “algún que otro ataque de ansiedad”.

¿Sabe cocinar? Lo suficiente para que resulte un humilde placer, pero sin mucha sofisticación.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Gary Snyder, por ejemplo, poeta de la Generación Beat y defensor de la ecosofía.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Una podría ser la “Heiterkeit” nietzscheana (serenidad, jovialidad, alegría), sin la cual la vida resulta grave y ominosa.

¿Y la más peligrosa? Hay muchas. Me preocupan términos como “arma inteligente”, “guerra preventiva”, “normalidad” o “nuevo orden mundial”.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? “Tirando a zurdo en sus ideas, por donde escora Bakunin”.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Árbol centenario o ave canora.

¿Cuáles son sus vicios principales? “No hay vicios sino dosis”, como diría el gran Antonio Escohotado refiriéndose a las drogas.

¿Y sus virtudes? No me corresponde a mí decirlo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Probablemente, aparte de imágenes líquidas y espumosas, la de una tabla de salvación, el azul del cielo, el Sol… o un rostro amado.

T. M.

domingo, 3 de octubre de 2021

Recomendando a Pessoa en el programa de radio de Josep Cuní


El pasado viernes 1 recomendé, en Aquí amb Josep Cuní, de la Cadena SER Catalunya, Ser todo de todas las maneras (editorial Impronta), de Fernando Pessoa. Se puede escuchar desde el minuto 29:30. También se puede ver en el Twitter del programa un fragmento de mi intervención. 

domingo, 2 de agosto de 2020

Pessoa entre cafés y dulces



Degusto un café, con un pastelillo, en una cafetería conocida de otras veces, en la mejor compañía, llamada Amalia's Portuguese Flavours (Carrer del Comte d'Urgell, 132, Barcelona). El lugar, tan cálido y de trato tan agradable, está adornado por algo que es inevitable que me llame la atención, unas frases que comento con la dueña del local.

Son de Fernando Pessoa; típicas de él, muy familiares al evocar el tono de su heterónimo Alberto Caeiro, pero a la vez no logro recordarlas entre las mil y una lecturas que he hecho de él, y que han acabado en artículos, reseñas y libros míos. Aquí dejo la traducción de estas palabras iniciales de un texto largo, atribuibles a otro de sus heterónimos, António Mora, posiblemente de 1916, que al parecer el poeta envió a la revista Orpheu). Llevan por título "Aforismos Sensacionistas":


"Sentir es crear.
Sentir es pensar sin ideas, y por eso sentir es comprender, ya que el universo no tiene ideas."

Y como si la literatura llamara a la literatura, como si Pessoa, místico y trascendente siempre, quisiera hacerse presente en esta tarde de domingo en que ha sucedido una feliz merienda improvisada, mi compañera de mesa me regala los ojos con las páginas de sus dos últimos relatos escritos. Y el día luminoso de verano se hace luminoso por dentro.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Otros 136 yoes


Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. Así es y será: siempre nuevo, siempre deslumbrante, cada vez que se abren los dos baúles sin fondo en los que dejó treinta mil hojas manuscritas que aún suscitan sorpresas. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su desdoblamiento en más de cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. Y a profundizar en esos otros yoes se han encargado Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari en “Yo soy una antología. 136 autores ficticios” (traducción de Nicolás Barbosa), una tremenda investigación acerca del “heteronimismo” del poeta luso, después de que en el pasado hubiera varios intentos de hacerlo, que llegaban a una cifra bastante menor.

La edición está compuesta por una breve explicación de cada “autor” –hay setenta y siete que nos eran desconocidos–, con sus firmas facsimilares y un texto a modo de ejemplo de su obra, más recortes de prensa. Los tres heterónimos más conocidos, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis se rodean así de un montón de otros yoes pessoanos, configurando un inventario de todas esas almas que el poeta decía contener y que ya es otro hito de la interminable bibliografía sobre el lisboeta. Empieza el juego con H. W. M., que inventó a los doce años, y acaba con María José, una jorobada de diecinueve años que cobró vida hacia 1930. Dos años después, el propio poeta escribiría: “Yo soy una antología”, para definir su forma de escribir diversa, representada asimismo en el fabuloso texto en que explicó él mismo “las obras heterónimas de Fernando Pessoa”, todas ellas individualidades distintas de la de su creador. Realmente, como dicen los editores, una investigación tan compleja como fascinante en busca de todos estos vestigios ficcionales.

Publicado en La Razón, 13-XII-2018

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Un ensayo sobre Pessoa en la revista "Clarín"


En el último número de Clarín. Revista de Nueva Literatura (136, julio-agosto 2018), tengo el placer de publicar un largo texto sobre la vida (o más bien, como digo ahí, la renuncia a ella) y la obra de Fernando Pessoa, poniendo el acento en las novedades del y sobre el poeta que se han sucedido en los últimos lustros.

sábado, 11 de noviembre de 2017

El poeta múltiple


El hecho de ser Fernando Pessoa un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de «libros» al uso, más su heteronimia, su desdoblamiento en cien seudónimos, incrementa un misterio y una hondura que se renuevan con cada novedad editorial al respecto. Jerónimo Pizarro, en su estudio «Alias Pessoa», se preguntaba: «¿Existe Pessoa?», a raíz justamente de esa heteronimia, de la manipulación textual de los editores frente a una obra guardada en dos baúles a su muerte que es casi imposible de ordenar. Junto con este trabajo aparecido en Pre-textos, también veía la luz recientemente «Iberia. Introducción a un imperialismo futuro», un conjunto de borradores que nos acercaban a la vertiente política del poeta. El libro había que comprenderlo dentro de la idea pessoana, ya latente en los versos de «Mensagem», de una resurrección del patriotismo luso, de la reivindicación de una cultura que tendría que extender puentes con la nación vecina, además.

Cito estas dos novedades porque se relaciona con este Pessoa de un título que puede sorprender: «Diarios completos», con traducción y prólogo de Gonzalo Torné. Tenemos en estos textos sus apuntes privados de juventud, además de una selección de pasajes del «Libro del desasosiego» marcadamente autobiográficos, además de unos cuantos poemas de sus heterónimos más conocidos, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, a los que habría que añadir el ortónimo Pessoa. Esta combinación de cuatro «subpersonalidades», nacidas en un triunfal día de 1914 que originará un «drama em gente», iba a esconder para siempre un anhelo común: el de no esperar nada de una existencia dedicada solo al pensamiento.

Espíritu contradictorio

Pues bien, estos diarios nos dan la clave tanto de lo que él mismo llama su «máscara dramática» como de su postura de entrega a su país mediante profundos sentimientos, lo cual implicaba mantenerse contrario al internacionalismo. Así, desde 1906 a 1935 descubrimos a un Pessoa que muy pronto se ve como un ser incomprendido por sus familiares, henchido de bondad y fraternidad en grado sumo, un solitario que se observa como un espíritu de contradicción y que se ha impuesto ser «un espectador de la vida» al reconocer que no se involucra emocionalmente en nada, que actúa desde su interior. La mezcla de aislamiento y sociabilidad que conocemos en él se ve claramente en algunas entradas, donde reconoce no relacionarse con los demás, aunque acto seguido cuente con quién ha paseado o conversado. Su único interés «es descifrar algunas visiones», pues no en vano su faceta ocultista también se deja sentir en estas páginas en las que confiesa «un amor intenso por lo misterioso, por lo enigmático, que no deja de ser una variante del principal rasgo de mi personalidad». Y ésta es sobre todo, ya lo dice en 1907, cuando aún no tiene ni veinte años, la que descansa en sus dos «yoes» que se hacen sufrir mutuamente. A veces eso se proyecta en la impresión de padecer locura, pero todo se hace arte por medio de una incertidumbre que da pie a la sensación que originará toda su obra: «Me siento múltiple».

Publicado en La Razón, 9-XI-2017

lunes, 24 de abril de 2017

Entrevista capotiana a Eva Losada Casanova

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eva Losada Casanova.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Aquel desde donde pudiera contemplar la vida, tapada con una manta y un libro en la mano, sin estridencias. Un buen lugar sería junto a Castorp, en el Sanatorio Berghof o si eso se me niega, elegiría el rincón donde escribo, aquí, ahora.
¿Prefiere los animales a la gente?
Paseando, leyendo o escribiendo prefiero siempre la compañía de Elvis, mi pastor inglés.
¿Es usted cruel?
A menudo.
¿Tiene muchos amigos?
Más de los que merezco y cuido. Siempre son los mismos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que cocinen para mí y luego compartan conmigo aquello que la vida les descubre.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Permanentemente.
¿Es usted una persona sincera? 
Demasiado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Pensando.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de mis hijos y la ceguera. Me asusta la ceguera, la propia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez del que se refugia detrás de algún dios que todo los justifica y cualquier forma de violencia.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser terriblemente desgraciada, viviendo la vida que llevaba antes de darme cuenta de que era terriblemente desgraciada.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Submarinismo en verano, esquí en invierno y habitualmente manejo, con prudencia, una bicicleta estática todos los días mientras leo el periódico. Después de largas jornadas de escritura, paseo con mi perro o hago flexiones y estiramientos, propios de mi edad.
¿Sabe cocinar?
En absoluto. Ni me gusta, ni me relaja, ni me entretiene, ni me aporta absolutamente nada. Dejo a mis amigos la cocina, yo siempre prefiero poner el mantel, la conversación, la música y el vino.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Fernando Pessoa, mientras nos tomamos un vino; y si no tuviera la agenda disponible, lo intentaría con  Christopher Hitchens, siempre y cuando tuviera tiempo suficiente para prepararme bien la entrevista, aunque, donde está, no me cabe duda de que lo tiene.  
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La palabra Viva, que en portugués se utiliza, a menudo, como saludo, es un Hola intenso, lleno, que al pronunciarse parece que una dice algo así como “Vivo y estoy”, exhalando energía.
¿Y la más peligrosa?
Por Dios.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Por supuesto, hace doce años, ese deseo duró varios minutos y a continuación comencé a escribir mi segunda novela.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aquellas que defienden que la cuna nunca determine las oportunidades en la vida, aquellas en las que saber es más importante que tener o parecer, aquellas en las que la moderación alimente el discurso, la opulencia desentone y aquellas que ayuden a construir y mantener un Estado tolerante y aconfesional.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si es un lugar me gustaría ser un lago entre montañas, si una planta, quizá una palmera frente al mar, si un objeto, la proa de un barco y si tuviera que ser un animal, sería un gato callejero urbano adoptado por una abuelita.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los que tenía antaño los olvidé casi todos y los vicios de ahora son cuatro:  los baños calientes, el queso francés, un Gintonic hecho con tiempo y, el cuarto, es uno de los de antaño.
¿Y sus virtudes?
Cada día saco una, pero quizá la que con más frecuencia aflora es la generosidad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imágenes clásicas ninguna. Buscaría con desesperación a mi compañero de inmersión o me entregaría a la muerte sin luchar, sumida en una ceguera y entrega absolutas.

T. M.

lunes, 27 de marzo de 2017

La verdad del tacto


Un vistazo general a la obra poética y ensayística de Pedro Alberto Cruz enseguida revela la importancia de lo corporal en su mirada. Este profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, con pasado de siete años en el ámbito político como consejero de Cultura, Juventud y Deportes en la misma región, y aún más atrás, en el de la gestión cultural en el Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, ya cuenta con una considerable trayectoria que incluye cuatro poemarios. Debutó en este género en el año 2011, con el libro “No comparto las razones de la luz”, donde el cuerpo tenía un protagonismo evidente. Dos años después tal cosa se haría explícita en el título de su segunda reunión de poemas, "Cuerpo de un solo día", cuyo estilo en el prólogo fue alabado por Luis Alberto de Cuenca. En 2014, "Tú y el afuera" profundizaría en el tacto de lo corpóreo, lo carnal y amoroso, pero con el tema de la paternidad detrás de sus versos.

Y así llegamos a “De la nada a tu carne”, en esta ocasión en torno al amor romántico, en el que la poetización de cuanto tiene que ver con la presencia física y sensitiva de la amada se convierte en, como reza la dedicatoria, un destino de todos los sentidos: “Vibra tu piel”, “Tu cuerpo araña / el sentido ordinario de la quietud”, “Tu cuerpo es la eternidad de aquella mañana”, “Le he dejado todo el mundo a la verdad de tu tacto”, “Te quedas inmóvil. En tu cuerpo. Sin dejar / nada de ti en los alrededores”… El objeto amoroso es así una isla intacta, pura, a la que aspirar, tocar, observar, oler; es el reposo del mundo, lo que justifica estar vivo. Y es también el desencadenante de cierta incertidumbre en el sujeto poético, que tiene sin poseer, que descubre cada vez de manera nueva lo que ya le era conocido: “Me limito a tu piel y no te conozco”, o incluso se plantea su propia identidad: “Me pregunto si antes de que pusieras tu mano / en mi rodilla, yo existía”.

Ver, tocar

Ese juego de identidades, de ausencias presentes, de presencias ausentes en las que tanto profundiza Cruz –muy influido según él mismo por los heterónimos de Fernando Pessoa, el rey de la identidad plural– tiene mucho que ver con cómo ha estudiado las creaciones visuales en el ámbito pictórico o escultórico. No en vano, también es autor de estudios como “La vigilia del cuerpo. Arte y experiencia corporal en la contemporaneidad”, “La muerte (in)visible. Verdad, ficción y posficción en la imagen contemporánea” o “Cuerpo, ingravidez y enfermedad”. La relación del observador con su destino visual-sensual es casi la de un esteta “voyeur” de la carnalidad, la del contemplativo frente a una obra artística con la que guarda distancia a la vez que intenta captar hasta corporeizarse con ella. Como dice en el poema XIX (“De la nada a tu carne” consta de cuarenta y tres composiciones numeradas): “La carne invade mi respiración”. Ya no basta el mero lenguaje, pues ya el tacto de los dedos “está lleno de palabras”, y así el cuerpo silencioso de la amada se queda sin ni siquiera nombrar, como para no mancillarlo mediante un idioma que no haría más que simplificarlo, adulterarlo, “dejarlo inmóvil”, exactamente como una obra de arte cuya belleza cabe admirar y que representa la única objetividad. Por eso las manos, al tocarla, tocan lo real, viajando Cruz así a lo primigenio del cuerpo humano, pues “ver, tocar” es “el primer acontecimiento del mundo de siempre”. 

Publicado en La Razón, 23-III-2017

jueves, 26 de enero de 2017

El poeta amado por los dioses

En París, donde había emprendido unos estudios de Derecho que no le interesaban, el poeta portugués de veinticinco años Mário de Sá-Carneiro se encierra en su cuarto con llave, se viste de modo elegante, cierra las ventanas, se traga un frasco de estricnina y se acuesta en la cama. Pocos días antes de aquel 24 de abril de 1916 había enviado a Fernando Pessoa varios manuscritos, dedicados a tratar la locura, el suicidio y el sexo. Su amigo le dedicará un texto en la revista “Athena”: «Genio del arte, no tuvo Sá-Carneiro ni alegría ni felicidad en esta vida. Sólo el arte que hizo o que sintió por instantes lo turbó de consolación –traduce José Luis García Martín en su biografía pessoana–. Son así los que los dioses consagraron como suyos. Ni el amor los quiere, ni la esperanza los busca, ni la gloria los acoge. O mueren jóvenes, o a sí mismos sobreviven, huéspedes de la incomprensión o de la indiferencia. Este murió joven, porque los dioses le tuvieron mucho amor».

Ahora, gracias al trabajo de Manuel Vicente Rodríguez Alonso, nos llega en edición bilingüe la poesía completa de un hombre tan próximo a Pessoa que éste le hizo una broma que devendría trascendente: «Inventar un poeta bucólico, de especie complicada, y presentárselo, ya no recuerdo cómo, bajo cualquier tipo de realidad». Nacería así el heterónimo Alberto Caeiro y “El guardador de rebaños”. Ambos autores compartirían ambientes vanguardistas en torno a la revista «Orpheu», y precisamente el traductor pone el año 1912 como punto de inflexión en la obra de Sá-Carneiro al encontrarse con Pessoa y, por tanto, concebir de modo diferente lo poético. Tal cosa se hace obvia en poemas en que cuestiona su identidad: “Yo no soy yo ni soy el otro. / Soy cualquier cosa de intermedio: / Pilar del puente del tedio / Que va de mí hacia el Otro”; o en otros en que la “saudade” y la ironía se mezclan con búsquedas expresivas donde la tipografía o la onomatopeya son principales. Como ocurre en el futurismo que conoció en París, donde él mismo puso freno a su futuro entregándose al amor de los dioses. 


Publicado en La Razón, 26-I-2017

lunes, 23 de enero de 2017

Entrevista capotiana a Rafael Adolfo Téllez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rafael Adolfo Téllez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un lugar anterior a mi nacimiento. El chozo donde mi padre y el suyo, en uno de los montes de Fuente Palmera, tras haber puesto a descansar en la noche el rebaño de cabras, conversaban , cerca de un candil, casi tocando con la mano las estrellas. Aquellas piedras, aquellos aŕboles, el arroyo que posiblemente pasara no lejos de ese chozo quizás supieran un secreto que hoy he olvidado. Todo tiene habla. Pienso que así sabría quizás quien soy.
¿Prefiere los animales a la gente?
Estos tiempos modernos... añoro ser otro. El que oye sólo el sonido del viento, pisadas de carros, sones silvestres. Durante mucho tiempo-cuando vivía en el campo- oía en los atardeceres a las gallinas susurrando su blanca versión de lo infinito. Reconozco que con el tiempo me estoy volviendo algo huraño: un solitario.
¿Es usted cruel?
Sin darse cuenta acaso, quién no lo ha sido alguna vez. Soy enfermizamente sentimental y eso me impide serlo.
¿Tiene muchos amigos?
Los suficientes. Ahora mismo acaba de llamarme uno, Eloy Sánchez Rosillo que además es un magnífico poeta. Son una fortuna del corazón. Con ellos converso antes de que me toque hablar a Dios, o a quien sea, un día. La amistad no tiene esas tristes servidumbres del amor.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No lo sé. Es como la poesía sé poco de ella.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los verdaderos nunca lo han hecho.
¿Es usted una persona sincera? 
Los años cada vez me permiten serlo más. El poeta tiene todos los privilegios menos el de mentir, he dicho en ocasiones, tomando prestada la frase a Herbert Read.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Hermanándome con la melancolía. Si llueve, tras la ventana de mi casa, hago sonar en mi habitación la voz de un cantor de tangos. Se llamaba Carlos Montero. Me dicen que murió hace poco en Madrid. Los tangos son en muchos casos espléndidos poemas. "Tu piel, magnolia que mojó la luna", escribió Homero Manzi. Y esto de la melancolía no significa que yo sea un masoquista. Mi amigo Américo Ferrari, en una de sus visitas a Sevilla-él estudió a Vallejo y hospedó en su casa a Georgette, mujer de Vallejo-me decía que éste era un masoquista. Y no sólo por aguantar las iras de la Georgette sino por decir "el placer de sufrir me tiñe el alma". Oyendo a la melancolía se aprenden muchas cosas. A bastantes tontos oímos en televisión. Dejemos hablar al viento, dijo alguien.
¿Qué le da más miedo?
El paso del tiempo. Para algunos el tiempo es algo que viene a asesinarles cada día; para otros, un milagro inacabable; para Eugenio Montejo, gran poeta venezolano del que estuve muy cerca durante muchos años, un hacha de seda. Me siento más cercano que a ninguna otra a la idea de Eugenio.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me desconcierta la maldad y me escandaliza -yo trabajo en Enseñanza Secundaria- verla en gente tan joven. Mal futuro el de esta especie de la que formo parte.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Yo no decidí ser escritor. Tampoco lo he sido exactamente. Eso sí, he escrito un buen número de poemas. Mi amigo Andrés Trapiello publicó, creo que 2007, mi poesía completa en La Veleta y, hace apenas unos días, salió una antología en Renacimiento. El caso es que cuando era niño, desde mi patio con pozo y parra, un patio que he mitificado luego en mis poemas, yo oía las campanas de la iglesia de mi pueblo tocando a muerto y sentía que aquí pasa algo tremendo, que la muerte es cosa terrible y yo tenía que contarlo. Que por este mundo tan lleno de maravillas cruzaba sigilosa una intemperie: la de ser mortales. Vivimos en un mundo que suena a inmortalidad, pero no es así. Respondiendo a lo que dices sobre ser escritor fui guionista de televisión durante un cuarto de siglo y eso sí me dio dinero para comer y pagar el alquiler. La poesía sólo da vanidad, una vanidad, por otra parte, muy pobre, muy desvalida. Siempre pensé que el poeta es un salvaje al que su fuerza y un instinto muy afinado le ayudan a encontrar palabras verdaderas. Mi padre amaba la poesía y solía recitar de memoria poemas de Rafael de León. Quizás los aprendiera en un libro que alguien dejó abandonado en aquellos campos andaluces de los años sesenta. Relaciono yo poco poesía y universidad. La poesía se aprende en otra parte.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Suelo caminar al menos una hora. La mayoría de las veces por los campos. Converso con piedras, con aŕboles. A veces con uno de esos pocos pastores que quedan. No entienden mi deseo de ser pastor. Bueno, mi pastor, ese heterónimo que aparece en mi libro Los cantos de Joseph Uber se asemeja más al Alberto aeiro, de Fernando Pessoa. Ojalá en algún monte conversen un día Uber y Caeiro Todos tenemos mucho que aprender de Alberto Caeiro, el pastor amigo de Fernando Pessoa.
¿Sabe cocinar?
Casi nada y es un problema porque actualmente no hay mujer a mi lado.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Fui durante más de veinte años guionista de televisión y escribí sobre Camarón, Aleixandre, Rosales, Salinas... Lo que no he olvidado nunca son unos cuantos poemas de César Vallejo. Es extraño como acompañan unas cuantas palabras de este genio peruano. Llevo desde los 17 años oyendo sus Canciones de hogar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
De esperanza, no sé, pero de misterio, todas. Esto es absolutamente misterioso.
¿Y la más peligrosa?
La más peligrosa es amor. El amor es un milagro y por ello es de dudosa existencia. Las rupturas te dejan sin porvenir y peor aun sin pasado.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero debiera haberlo hecho. A mediados de los setenta, tengo la casi certeza, un médico provocó en Fuente Palmera, era un inútil más preocupado por su finca y sus cerdos que por las personas, la muerte de mi hermana. Pero qué podían en aquellos años, todavía vivía Francisco Franco, mis padres jornaleros o yo mismo con apenas diecisiete años contra un médico de pueblo. Estoy hablando desde el corazón de mi madre que ahora tiene 84 años.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Alterando un poco la frase de Herbert Read, ellos tienen todos privilegios y además el de mentir. En esto me declaro también seguidor de don Carlos Montero. Los años, desengaños decía Ory.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
A propósito de esto recuerdo que cuando mi amigo Eugenio Montejo ganó el Premio Octavio Paz me dijo que quería venir a visitarme al pueblo de la sierra de Huelva donde yo trabajaba como profesor. Quería presentarse ante mis alumnos no como poeta sino como vendedor de seguros. Pues eso, es más seguro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy aficionado al fútbol. Mi dolor se llama Córdoba Club de Fútbol. Cuántas tardes tristes de domingo me ha regalado.
¿Y sus virtudes?
Una mujer, viendo un día mi completa inutilidad para las cosas de la vida, me dijo: "No sirves para nada, solo sirves para el amor, para el erotismo, quería decir ella y para la poesía". Ojalá sea cierto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un invierno, al solecito matinal, en mi patio de Fuente Palmera. Tengo seis años o menos. Mis padres llevándonos a mí y a mi hermana un tazón de pan migado, humante. Poco más, acaso cierta noche de abril, en Sevilla, en que miré el rostro de una muchacha, sus ojos, su risa. Yo creía que aquello era eterno. Poca cosa. Pero no volvamos al tango, que eso es melancolía.
T. M.