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jueves, 5 de enero de 2017

Un Pessoa llamado Álvaro de Campos

«Somos cuentos contando cuentos, nada», dice Fernando Pessoa por medio de Ricardo Reis, uno de sus heterónimos, o sea, ese tipo de identidades ficticias creadas por un autor que le atribuye características particulares. Otro, Álvaro de Campos, afirma sobre la obra del ortónimo –es decir, el escritor que crea heterónimos– Pessoa que «desconocerse conscientemente es emplear activamente la ironía». El maestro de los tres poetas, el que niega toda filosofía, Alberto Caeiro, cuya muerte será sentida hondamente por Campos y Reis y, fríamente, por Pessoa, cuenta cómo fue el único de ellos en conocer al mencionado “alter ego” de Fernando Pessoa «ele mesmo».

No es un enredo de personajes literarios que busque confundir al lector, sino la combinación de cuatro «subpersonalidades» que nacieron un triunfal día de 1914 que originará todo un «drama em gente», como el mismo Pessoa lo definió. Éste tuvo la visión de convertirse en varios escritores, cada uno con su personalidad, biografía y estilo literario propios, con un nexo común: el de no esperar nada de una existencia dedicada sólo al pensamiento. A ello se consagró el escritor portugués, un hombre que eligió renunciar a todo –amor, dinero y hasta salud; a los cuarenta y siete años muere en un hospital de cirrosis hepática, en 1935– con el fin de construir su obra. «Así pues, el poeta sólo compartirá verdaderamente el mundo con sus “otros” interiores, cuya única voz múltiple le proporcionará la única realidad posible», dijo en la antología “Un corazón de nadie” (2001) Ángel Campos Pámpano. Éste aludía a la génesis de los heterónimos, nacida por «el profundo rasgo de histeria que hay en mí» y por «mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación», como cuenta el propio autor en una carta.

De hecho, las «Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro» de Campos se pueden leer ahora en la “Obra completa” que publica la editorial Pre-Textos con el nombre, no de Fernando Pessoa, como se suele hacer aunque los textos formen parte del corpus de un heterónimo, sino directamente con el nombre de Álvaro de Campos. Decisión que hay que entender de Jerónimo Pizarro y Antonio Cardiello, que se han encargado de la edición, la cual ha sido traducida y anotada por Eloísa Álvarez.

El baúl que no tiene fin

Destacar debidamente a los responsables del libro siempre es tarea muy importante cuando se está entre los manuscritos de Pessoa, que escribía en cuadernos con letra apretada poemas, prosas, minicuentos, aforismos, todo un caudal literario de complejísima transcripción y de ordenación muy distinta según quien la ejecute. El poeta dejaría casi todos sus escritos inéditos (sólo publicó un libro, los poemas de “Mensaje”) en un baúl, acumulando miles y miles de páginas escritas de forma caótica y que conservó su hermana durante décadas. El día antes de morir, escribiría en inglés: «No sé lo que el mañana me traerá». Un mañana que para los investigadores, así, fue trayendo continuos descubrimientos, el último de los cuales fue para nosotros «Iberia. Introducción a un imperialismo futuro», aparecido en 2013: un conjunto de borradores de Pessoa que abordan la “cuestión ibérica” y que nos acercaban a la vertiente política del poeta: resurrección del patriotismo luso y reivindicación de una cultura que tendría que extender puentes con España; incluso en esas páginas hay reflexiones que versan sobre la relación problemática entre el Estado y Cataluña, los porqués del establecimiento de una monarquía o una república en ambos países, o la identidad de Galicia.

Hay, pues, un Pessoa político, además de un Pessoa articulista, ensayista, novelista de tramas detectivescas, crítico literario, y muchas cosas imposibles de etiquetar más. Pero por encima de todo está el poeta que, en la carta citada, hace que Reis rinda homenaje a Campos, que un personaje hable de otro personaje, como si ambos fueran personas (Pessoa significa precisamente “persona”): de cómo le conoció, cómo era su rostro, qué pensaba de la vida… Luego, el lector podrá leer una entrevista hecha a “Álvaro de Campos, ingeniero naval y poeta futurista”, acerca de sus puntos de vista de la situación de Europa, y hasta cartas dirigidas al director de una publicación. El juego metaliterario llega tan lejos que Campos habla en estos términos de la única persona ¿real? de todo este fenomenal lío literario: “Fernando Pessoa sigue teniendo esa manía, que tantas veces le he censurado, de creer que las cosas se prueban. Nada se prueba a no ser para leer la hipocresía de no afirmar. El razonamiento es una timidez, dos timideces tal vez, siendo la segunda la de tener vergüenza de estar callado”.

No ser nada

En estos paradójicos y complejos términos se expresa el hombre que, según su ortónimo, se graduó en Glasgow aunque naciera en Tavira, en 1890, y destacó como poeta –seguidor del futurismo del italiano Marinetti–, estando relacionado con las revistas en las que colaboró Pessoa, “Orpheu” y “Portugal Futurista”. El lector interesado, sin embargo, tal vez tenga en mente en especial el poema «Tabaquería», escrito en 1928, cuyo inicio reza así: «No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Quitando esto, tengo en mí todos los sueños del mundo». Pizarro y Cardiello hablan de estos versos en la presentación del libro para referirse a ese ánimo nihilista y negativo mezclado con su ansia de que no se le clasifique. El mismo Campos se ve “exasperadamente sensible y exasperadamente inteligente. En esto me parezco (salvo en tener un poco más de sensibilidad y un poco menos de inteligencia) a Fernando Pessoa”.

Tal capacidad le llevará a crear poemas tan relevantes para la literatura portuguesa como la “Oda triunfal”: “A la dolorosa luz de las grandes bombillas de la fábrica / tengo fiebre y escribo. / Escribo rechinando los dientes, feroz por la belleza de esto, / por la belleza de eso enteramente desconocida de los antiguos”, y que es una exaltación del ruido tecnológico de la modernidad, o la “Oda marítima”: “Solo, en el muelle desierto, esta mañana de verano, / miro hacia la barra, hacia lo Indefinido, / miro y me alegra ver, / pequeño, negro y claro, un transatlántico que entra”, en el que expresa la “saudade” que le produce el puerto.

Estos y otros muchos poemas célebres como el “Saludo a Walt Whitman” y que son de Campos o se atribuyen a él se presentan en todas sus versiones halladas, de ahí que el proceso de edición haya sido meticuloso y difícil por esta manía, como diría Campos de Pessoa, de «otrarse» (el neologismo es suyo), a ser continuamente otro. El libro se cierra con una prosa que podría resumir la visión de este autor poliédrico: “Toda la literatura, y sobre todo la poesía, responde a un deseo de huir de la vida. Quien quiere vivir, vive y no canta. Quien no quiere vivir, canta para olvidar que vive. Por eso, los pueblos tristes tienen canciones alegres, y los pueblos alegres canciones tristes”. Pessoa, todo un microcosmos literario, tiene algo de esa contradicción: una vida melancólica y solitaria impregnada de un deseo dichoso de experimentar en el arte literario, de manera lúdica, autohumorística, que deparará mil sorpresas más desde un baúl que no parece tener fondo.
Publicado en La Razón, 24-XII-2016

martes, 29 de enero de 2013

Una vida gris en cómic


El baúl en el que Fernando Pessoa, fallecido en 1935 a los cuarenta y siete años, fue guardando miles y miles de páginas escritas de forma caótica y que conservó su hermana durante décadas, sigue abierto. El día antes de morir en un hospital de cirrosis hepática, escribiría en inglés quizá la frase más sincera de su vida, sin la excusa de ningún heterónimo, esos personajes en los que se desdobló para multiplicar su voz literaria: «No sé lo que el mañana me traerá.» Para los investigadores, el mañana del poeta ha ido trayendo continuos descubrimientos desde que se descubriera el arcón con sus tesoros literarios. El último, una serie de cuarenta y tres escritos de carácter histórico que aún eran inéditos y que hace pocos meses aparecieron en una editorial lisboeta con el título Sebastianismo e Quinto Império, sobre «la dimensión mítica de la nacionalidad portuguesa», en palabras de sus editores.

El célebre baúl, más los cuadernos donde Pessoa escribía con letra apretada poemas, prosas, minicuentos, aforismos, todo un caudal literario de complejísima transcripción e inapreciable riqueza literaria, pudo contemplarse en la exposición «Pessoa, plural como el universo», a inicios del año 2012, con sede en la Fundación Gulbenkian, en Lisboa, y que recordó a la maravillosa «Las Lisboas de Pessoa» (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 1997). La muestra, procedente de Brasil, se organizó a partir de cabinas en las que aparecían los heterónimos pessoanos más importantes; Todo un «drama em gente», como él mismo lo definió, que nació un «día triunfal» de 1914 en el que tuvo la visión de convertirse en varios escritores, cada uno con su personalidad, biografía y estilo literario propios.

Pessoa jugó a «otrarse» (el neologismo es suyo), a ser continuamente otro. De uno de esos álter egos, Bernardo Soares, en una carta de 1935 a su amigo Adolfo Casais Monteiro, dijo: «Soy yo menos el raciocinio y la afectividad.» Pessoa es también y no es el estoico y horaciano Ricardo Reis cuando afirma: «Somos cuentos contando cuentos, nada», y Alberto Caeiro, el poeta de la naturaleza que asegura no encontrar un sentido oculto tras las cosas, o el futurista Álvaro de Campos. Todos forman un solo amigo íntimo de las tabernas lisboetas que el escritor frecuentaba, porque cada uno de ellos todavía nos habla del desconcierto humano, de la ambigüedad y del tedio que el hombre arrastra. Quien lea «El guardador de rebaños» de Caeiro, entenderá que no hay nada que entender; quien recorra las odas de Reis se dirá: «Pensar con el sentimiento, sentir con la inteligencia: las dos cosas son enfermizas»; y quien visite el «Estanco» de Campos, quizá se reconozca en los versos: «No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada». En suma, el lector también se hará un fingidor de sí mismo.

Estas diferentes máscaras de un ser enclaustrado en una vida gris de oficinista soltero y que apenas publicó en vida ha sido llevada con brillantez al relato gráfico por Laura Pérez Vernetti (Barcelona, 1958) en Pessoa & Cia. Primero, la historietista –que ya había dado muestras de interés por el mundo literario al haber adaptado obras de Borges, Maupassant y Baldwin– ofrece un breve recorrido en blanco y negro por la trayectoria del autor: nacimiento, temprana muerte del padre, segundas nupcias de su culta madre con un cónsul, infancia y adolescencia en Sudáfrica, regreso a Portugal, entrega introspectiva a las letras, invención de heterónimos y fin por culpa de un cólico hepático complicado por el abuso del alcohol. Después, interpreta a color varios poemas extraordinarios: «Nubes», «Lidia», «Tránsitos» y «Amar es pensar», más tres prosas del inclasificable «Libro del desasosiego»: «La oficina amplia», «Mi familia» y «La estupidez».

Y todo, con un prefacio del poeta Jesús Aguado, que habla de su colega en estos términos: «Pessoa es el gran hipnotizador del siglo XX: leer un texto suyo, por mínimo que sea, le hace a uno entrar en un trance del que no podrá salir jamás». Para quien no ha pasado por esa experiencia trascendental aún, he aquí una posibilidad de aproximarse a una obra que no se acaba nunca y que, como una caja de Pandora benigna, no para de proporcionar sorpresas desde un arcón aún entornado.

Publicado en la revista Clarín 
(núm. 102, noviembre-diciembre 2012)

jueves, 9 de mayo de 2013

Pessoa, unido a España


Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. Así es y será: siempre nuevo, siempre deslumbrante, cada vez que se abren los dos baúles sin fondo en los que dejó miles de hojas manuscritas que aún suscitan sorpresas. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su heteronimia, su desdoblamiento en cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. El gran estudioso Jerónimo Pizarro, en el espléndido “Alias Pessoa”, se pregunta: “¿Existe Pessoa?”, a raíz justamente de esa heteronimia, de la manipulación textual de los editores frente a una obra casi imposible de ordenar.

El trabajo de Pizarro sale a la luz también en Pre-textos junto a «Iberia. Introducción a un imperialismo futuro», un conjunto de borradores de Pessoa que abordan la “cuestión ibérica” y que nos acercan a la vertiente política del poeta. El libro habría que comprenderlo dentro del “proyecto sebastianista de fundación del Quinto Imperio Cultural”, como advierte en la introducción Antonio Sáez Delgado; es decir, dentro de la idea pessoana, ya latente en el libro de poesía “Mensagem”, de una resurrección del patriotismo luso, de la reivindicación de una cultura que tendría que extender puentes con la nación vecina, además. Y así lo intentaron algunos escritores portugueses, sobre todo con Unamuno, que los desoyó demasiadas veces y al que Pessoa critica con contundencia en algunos pasajes.

Lo estimulante del libro es comprobar que las reflexiones de Pessoa versan sobre asuntos que bien podrían ser actuales, como la relación problemática entre España y Cataluña, los porqués del establecimiento de una monarquía o una república en ambos países –los textos están fechados en los años 1915-1918–, la identidad de Galicia o el concepto de “latinidad”. “Convenzámonos bien, todos nosotros, españoles y portugueses, de que por encima de nuestras patrias, que queremos diferentes e independientes, está Iberia, la formación de una fórmula ibérica de civilización que imponer a Europa”, dice el poeta del desasosiego más fecundo, soñando con una Península espiritualmente unitaria.

Publicado en La Razón, 9-V-2013

sábado, 11 de noviembre de 2017

El poeta múltiple


El hecho de ser Fernando Pessoa un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de «libros» al uso, más su heteronimia, su desdoblamiento en cien seudónimos, incrementa un misterio y una hondura que se renuevan con cada novedad editorial al respecto. Jerónimo Pizarro, en su estudio «Alias Pessoa», se preguntaba: «¿Existe Pessoa?», a raíz justamente de esa heteronimia, de la manipulación textual de los editores frente a una obra guardada en dos baúles a su muerte que es casi imposible de ordenar. Junto con este trabajo aparecido en Pre-textos, también veía la luz recientemente «Iberia. Introducción a un imperialismo futuro», un conjunto de borradores que nos acercaban a la vertiente política del poeta. El libro había que comprenderlo dentro de la idea pessoana, ya latente en los versos de «Mensagem», de una resurrección del patriotismo luso, de la reivindicación de una cultura que tendría que extender puentes con la nación vecina, además.

Cito estas dos novedades porque se relaciona con este Pessoa de un título que puede sorprender: «Diarios completos», con traducción y prólogo de Gonzalo Torné. Tenemos en estos textos sus apuntes privados de juventud, además de una selección de pasajes del «Libro del desasosiego» marcadamente autobiográficos, además de unos cuantos poemas de sus heterónimos más conocidos, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, a los que habría que añadir el ortónimo Pessoa. Esta combinación de cuatro «subpersonalidades», nacidas en un triunfal día de 1914 que originará un «drama em gente», iba a esconder para siempre un anhelo común: el de no esperar nada de una existencia dedicada solo al pensamiento.

Espíritu contradictorio

Pues bien, estos diarios nos dan la clave tanto de lo que él mismo llama su «máscara dramática» como de su postura de entrega a su país mediante profundos sentimientos, lo cual implicaba mantenerse contrario al internacionalismo. Así, desde 1906 a 1935 descubrimos a un Pessoa que muy pronto se ve como un ser incomprendido por sus familiares, henchido de bondad y fraternidad en grado sumo, un solitario que se observa como un espíritu de contradicción y que se ha impuesto ser «un espectador de la vida» al reconocer que no se involucra emocionalmente en nada, que actúa desde su interior. La mezcla de aislamiento y sociabilidad que conocemos en él se ve claramente en algunas entradas, donde reconoce no relacionarse con los demás, aunque acto seguido cuente con quién ha paseado o conversado. Su único interés «es descifrar algunas visiones», pues no en vano su faceta ocultista también se deja sentir en estas páginas en las que confiesa «un amor intenso por lo misterioso, por lo enigmático, que no deja de ser una variante del principal rasgo de mi personalidad». Y ésta es sobre todo, ya lo dice en 1907, cuando aún no tiene ni veinte años, la que descansa en sus dos «yoes» que se hacen sufrir mutuamente. A veces eso se proyecta en la impresión de padecer locura, pero todo se hace arte por medio de una incertidumbre que da pie a la sensación que originará toda su obra: «Me siento múltiple».

Publicado en La Razón, 9-XI-2017

sábado, 28 de enero de 2023

Pessoa fuera de la torre de marfil

Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su desdoblamiento en más de cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. Y a profundizar en este creador del “heteronimismo” se ha encargado Manuel Moya, como antes hiciera versionando la poesía completa de los poetas pessoanos Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis Caeiro, Reis y Campos, o preparando la que fue la mayor compilación de sus cuentos editada hasta la fecha.


El traductor advierte que estamos ante alguien tan fascinante como desconocido, pues “sobre él pesa más la leyenda o las leyendas que la probada realidad”. Moya se plantea romper el tópico de ver a Pessoa en su relevancia heteronímica más que en el valor de sus versos, como si su personaje y su genial originalidad eclipsaran la calidad de su obra. Tal cosa la encara Moya comentando algunos de los mejores poemas del escritor lisboeta, al tiempo que trata de apartar el cliché de considerar “su ausencia de vida”; antes al contrario, para el biógrafo la vida de Pessoa ejerció una fuerte impronta en su escritura. En todo caso, Moya nos conduce por la existencia de este hombre que se entregó a su trabajo de oficinista pero que fundó y colaboró con revistas literarias y estuvo muy pendiente de la realidad política portuguesa.

“Pessoa no es el poeta neutral encerrado en la tópica torre de marfil. Es lo que habría deseado, pero para esto hubiera necesitado liberarse de la ficción humana, y eso nunca lo logró”, dice tan hondamente Moya. “Mucha de su obra surge de esa sed de libertad que no logró conquistar”, añade. Y qué mejor, para intuir ese deseo, que seguirle los pasos en su infancia en Sudáfrica, o como polemista y amigo de otros poetas, como hermano de tres chavales que murieron prematuramente, como enamorado de Ophelia, como hombre de carácter emprendedor pero también melancólico y hasta depresivo, hasta que el exceso de alcohol lo llevó a la muerte en 1935.

Publicado en La Razón, 21-I-2023

viernes, 14 de diciembre de 2018

Otros 136 yoes


Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. Así es y será: siempre nuevo, siempre deslumbrante, cada vez que se abren los dos baúles sin fondo en los que dejó treinta mil hojas manuscritas que aún suscitan sorpresas. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su desdoblamiento en más de cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. Y a profundizar en esos otros yoes se han encargado Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari en “Yo soy una antología. 136 autores ficticios” (traducción de Nicolás Barbosa), una tremenda investigación acerca del “heteronimismo” del poeta luso, después de que en el pasado hubiera varios intentos de hacerlo, que llegaban a una cifra bastante menor.

La edición está compuesta por una breve explicación de cada “autor” –hay setenta y siete que nos eran desconocidos–, con sus firmas facsimilares y un texto a modo de ejemplo de su obra, más recortes de prensa. Los tres heterónimos más conocidos, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis se rodean así de un montón de otros yoes pessoanos, configurando un inventario de todas esas almas que el poeta decía contener y que ya es otro hito de la interminable bibliografía sobre el lisboeta. Empieza el juego con H. W. M., que inventó a los doce años, y acaba con María José, una jorobada de diecinueve años que cobró vida hacia 1930. Dos años después, el propio poeta escribiría: “Yo soy una antología”, para definir su forma de escribir diversa, representada asimismo en el fabuloso texto en que explicó él mismo “las obras heterónimas de Fernando Pessoa”, todas ellas individualidades distintas de la de su creador. Realmente, como dicen los editores, una investigación tan compleja como fascinante en busca de todos estos vestigios ficcionales.

Publicado en La Razón, 13-XII-2018

lunes, 23 de enero de 2017

Entrevista capotiana a Rafael Adolfo Téllez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rafael Adolfo Téllez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un lugar anterior a mi nacimiento. El chozo donde mi padre y el suyo, en uno de los montes de Fuente Palmera, tras haber puesto a descansar en la noche el rebaño de cabras, conversaban , cerca de un candil, casi tocando con la mano las estrellas. Aquellas piedras, aquellos aŕboles, el arroyo que posiblemente pasara no lejos de ese chozo quizás supieran un secreto que hoy he olvidado. Todo tiene habla. Pienso que así sabría quizás quien soy.
¿Prefiere los animales a la gente?
Estos tiempos modernos... añoro ser otro. El que oye sólo el sonido del viento, pisadas de carros, sones silvestres. Durante mucho tiempo-cuando vivía en el campo- oía en los atardeceres a las gallinas susurrando su blanca versión de lo infinito. Reconozco que con el tiempo me estoy volviendo algo huraño: un solitario.
¿Es usted cruel?
Sin darse cuenta acaso, quién no lo ha sido alguna vez. Soy enfermizamente sentimental y eso me impide serlo.
¿Tiene muchos amigos?
Los suficientes. Ahora mismo acaba de llamarme uno, Eloy Sánchez Rosillo que además es un magnífico poeta. Son una fortuna del corazón. Con ellos converso antes de que me toque hablar a Dios, o a quien sea, un día. La amistad no tiene esas tristes servidumbres del amor.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No lo sé. Es como la poesía sé poco de ella.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los verdaderos nunca lo han hecho.
¿Es usted una persona sincera? 
Los años cada vez me permiten serlo más. El poeta tiene todos los privilegios menos el de mentir, he dicho en ocasiones, tomando prestada la frase a Herbert Read.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Hermanándome con la melancolía. Si llueve, tras la ventana de mi casa, hago sonar en mi habitación la voz de un cantor de tangos. Se llamaba Carlos Montero. Me dicen que murió hace poco en Madrid. Los tangos son en muchos casos espléndidos poemas. "Tu piel, magnolia que mojó la luna", escribió Homero Manzi. Y esto de la melancolía no significa que yo sea un masoquista. Mi amigo Américo Ferrari, en una de sus visitas a Sevilla-él estudió a Vallejo y hospedó en su casa a Georgette, mujer de Vallejo-me decía que éste era un masoquista. Y no sólo por aguantar las iras de la Georgette sino por decir "el placer de sufrir me tiñe el alma". Oyendo a la melancolía se aprenden muchas cosas. A bastantes tontos oímos en televisión. Dejemos hablar al viento, dijo alguien.
¿Qué le da más miedo?
El paso del tiempo. Para algunos el tiempo es algo que viene a asesinarles cada día; para otros, un milagro inacabable; para Eugenio Montejo, gran poeta venezolano del que estuve muy cerca durante muchos años, un hacha de seda. Me siento más cercano que a ninguna otra a la idea de Eugenio.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me desconcierta la maldad y me escandaliza -yo trabajo en Enseñanza Secundaria- verla en gente tan joven. Mal futuro el de esta especie de la que formo parte.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Yo no decidí ser escritor. Tampoco lo he sido exactamente. Eso sí, he escrito un buen número de poemas. Mi amigo Andrés Trapiello publicó, creo que 2007, mi poesía completa en La Veleta y, hace apenas unos días, salió una antología en Renacimiento. El caso es que cuando era niño, desde mi patio con pozo y parra, un patio que he mitificado luego en mis poemas, yo oía las campanas de la iglesia de mi pueblo tocando a muerto y sentía que aquí pasa algo tremendo, que la muerte es cosa terrible y yo tenía que contarlo. Que por este mundo tan lleno de maravillas cruzaba sigilosa una intemperie: la de ser mortales. Vivimos en un mundo que suena a inmortalidad, pero no es así. Respondiendo a lo que dices sobre ser escritor fui guionista de televisión durante un cuarto de siglo y eso sí me dio dinero para comer y pagar el alquiler. La poesía sólo da vanidad, una vanidad, por otra parte, muy pobre, muy desvalida. Siempre pensé que el poeta es un salvaje al que su fuerza y un instinto muy afinado le ayudan a encontrar palabras verdaderas. Mi padre amaba la poesía y solía recitar de memoria poemas de Rafael de León. Quizás los aprendiera en un libro que alguien dejó abandonado en aquellos campos andaluces de los años sesenta. Relaciono yo poco poesía y universidad. La poesía se aprende en otra parte.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Suelo caminar al menos una hora. La mayoría de las veces por los campos. Converso con piedras, con aŕboles. A veces con uno de esos pocos pastores que quedan. No entienden mi deseo de ser pastor. Bueno, mi pastor, ese heterónimo que aparece en mi libro Los cantos de Joseph Uber se asemeja más al Alberto aeiro, de Fernando Pessoa. Ojalá en algún monte conversen un día Uber y Caeiro Todos tenemos mucho que aprender de Alberto Caeiro, el pastor amigo de Fernando Pessoa.
¿Sabe cocinar?
Casi nada y es un problema porque actualmente no hay mujer a mi lado.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Fui durante más de veinte años guionista de televisión y escribí sobre Camarón, Aleixandre, Rosales, Salinas... Lo que no he olvidado nunca son unos cuantos poemas de César Vallejo. Es extraño como acompañan unas cuantas palabras de este genio peruano. Llevo desde los 17 años oyendo sus Canciones de hogar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
De esperanza, no sé, pero de misterio, todas. Esto es absolutamente misterioso.
¿Y la más peligrosa?
La más peligrosa es amor. El amor es un milagro y por ello es de dudosa existencia. Las rupturas te dejan sin porvenir y peor aun sin pasado.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero debiera haberlo hecho. A mediados de los setenta, tengo la casi certeza, un médico provocó en Fuente Palmera, era un inútil más preocupado por su finca y sus cerdos que por las personas, la muerte de mi hermana. Pero qué podían en aquellos años, todavía vivía Francisco Franco, mis padres jornaleros o yo mismo con apenas diecisiete años contra un médico de pueblo. Estoy hablando desde el corazón de mi madre que ahora tiene 84 años.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Alterando un poco la frase de Herbert Read, ellos tienen todos privilegios y además el de mentir. En esto me declaro también seguidor de don Carlos Montero. Los años, desengaños decía Ory.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
A propósito de esto recuerdo que cuando mi amigo Eugenio Montejo ganó el Premio Octavio Paz me dijo que quería venir a visitarme al pueblo de la sierra de Huelva donde yo trabajaba como profesor. Quería presentarse ante mis alumnos no como poeta sino como vendedor de seguros. Pues eso, es más seguro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy aficionado al fútbol. Mi dolor se llama Córdoba Club de Fútbol. Cuántas tardes tristes de domingo me ha regalado.
¿Y sus virtudes?
Una mujer, viendo un día mi completa inutilidad para las cosas de la vida, me dijo: "No sirves para nada, solo sirves para el amor, para el erotismo, quería decir ella y para la poesía". Ojalá sea cierto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un invierno, al solecito matinal, en mi patio de Fuente Palmera. Tengo seis años o menos. Mis padres llevándonos a mí y a mi hermana un tazón de pan migado, humante. Poco más, acaso cierta noche de abril, en Sevilla, en que miré el rostro de una muchacha, sus ojos, su risa. Yo creía que aquello era eterno. Poca cosa. Pero no volvamos al tango, que eso es melancolía.
T. M.

jueves, 26 de enero de 2017

El poeta amado por los dioses

En París, donde había emprendido unos estudios de Derecho que no le interesaban, el poeta portugués de veinticinco años Mário de Sá-Carneiro se encierra en su cuarto con llave, se viste de modo elegante, cierra las ventanas, se traga un frasco de estricnina y se acuesta en la cama. Pocos días antes de aquel 24 de abril de 1916 había enviado a Fernando Pessoa varios manuscritos, dedicados a tratar la locura, el suicidio y el sexo. Su amigo le dedicará un texto en la revista “Athena”: «Genio del arte, no tuvo Sá-Carneiro ni alegría ni felicidad en esta vida. Sólo el arte que hizo o que sintió por instantes lo turbó de consolación –traduce José Luis García Martín en su biografía pessoana–. Son así los que los dioses consagraron como suyos. Ni el amor los quiere, ni la esperanza los busca, ni la gloria los acoge. O mueren jóvenes, o a sí mismos sobreviven, huéspedes de la incomprensión o de la indiferencia. Este murió joven, porque los dioses le tuvieron mucho amor».

Ahora, gracias al trabajo de Manuel Vicente Rodríguez Alonso, nos llega en edición bilingüe la poesía completa de un hombre tan próximo a Pessoa que éste le hizo una broma que devendría trascendente: «Inventar un poeta bucólico, de especie complicada, y presentárselo, ya no recuerdo cómo, bajo cualquier tipo de realidad». Nacería así el heterónimo Alberto Caeiro y “El guardador de rebaños”. Ambos autores compartirían ambientes vanguardistas en torno a la revista «Orpheu», y precisamente el traductor pone el año 1912 como punto de inflexión en la obra de Sá-Carneiro al encontrarse con Pessoa y, por tanto, concebir de modo diferente lo poético. Tal cosa se hace obvia en poemas en que cuestiona su identidad: “Yo no soy yo ni soy el otro. / Soy cualquier cosa de intermedio: / Pilar del puente del tedio / Que va de mí hacia el Otro”; o en otros en que la “saudade” y la ironía se mezclan con búsquedas expresivas donde la tipografía o la onomatopeya son principales. Como ocurre en el futurismo que conoció en París, donde él mismo puso freno a su futuro entregándose al amor de los dioses. 


Publicado en La Razón, 26-I-2017

domingo, 2 de agosto de 2020

Pessoa entre cafés y dulces



Degusto un café, con un pastelillo, en una cafetería conocida de otras veces, en la mejor compañía, llamada Amalia's Portuguese Flavours (Carrer del Comte d'Urgell, 132, Barcelona). El lugar, tan cálido y de trato tan agradable, está adornado por algo que es inevitable que me llame la atención, unas frases que comento con la dueña del local.

Son de Fernando Pessoa; típicas de él, muy familiares al evocar el tono de su heterónimo Alberto Caeiro, pero a la vez no logro recordarlas entre las mil y una lecturas que he hecho de él, y que han acabado en artículos, reseñas y libros míos. Aquí dejo la traducción de estas palabras iniciales de un texto largo, atribuibles a otro de sus heterónimos, António Mora, posiblemente de 1916, que al parecer el poeta envió a la revista Orpheu). Llevan por título "Aforismos Sensacionistas":


"Sentir es crear.
Sentir es pensar sin ideas, y por eso sentir es comprender, ya que el universo no tiene ideas."

Y como si la literatura llamara a la literatura, como si Pessoa, místico y trascendente siempre, quisiera hacerse presente en esta tarde de domingo en que ha sucedido una feliz merienda improvisada, mi compañera de mesa me regala los ojos con las páginas de sus dos últimos relatos escritos. Y el día luminoso de verano se hace luminoso por dentro.

domingo, 3 de octubre de 2021

Recomendando a Pessoa en el programa de radio de Josep Cuní


El pasado viernes 1 recomendé, en Aquí amb Josep Cuní, de la Cadena SER Catalunya, Ser todo de todas las maneras (editorial Impronta), de Fernando Pessoa. Se puede escuchar desde el minuto 29:30. También se puede ver en el Twitter del programa un fragmento de mi intervención. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Escaparate de libros de “La Razón”, 27-VIII-2015


Edgar Cantero
«El factor sobrenatural» (Minotauro)
Guionista y dibujante, el barcelonés Edgar Cantero ha debutado como novelista de forma muy curiosa: esta obra se publicó en inglés, en Estados Unidos e Inglaterra, el año pasado. Cuenta la historia de dos muchachos que reciben como herencia una casa encantada, lo que inevitablemente llevará al desvelamiento de diversos misterios, como la muerte del anterior dueño.

Elizabeth Gaskell
«Norte y Sur» (Cátedra)
María José Coperías y Elizabeth Power se encargan de la edición de este clásico de las letras británicas. Elizabeth Gaskell, muy activa socialmente en Manchester, fue muy viajera y su obra narrativa es extensa. En “Norte y Sur” narra cómo una joven y su familia se trasladan desde una zona rural a una ciudad que destaca, para lo bueno y lo malo, por su industria textil.

Antonio Sáez Delgado
«Pessoa y España» (Pre-Textos)
Este profesor de la Universidad de Évora y traductor del portugués, amén de experto en relaciones luso-españolas, ha investigado la correspondencia entre Fernando Pessoa y distintos escritores nuestros. Y es que el gran poeta tuvo encuentros con autores vanguardistas, como Adriano del Valle o Rogelio Buendía, o algún desencuentro, el más importante con Unamuno.

D. H. Lawrence
«En un tranvía español y otros poemas» (Renacimiento)
A David Herbert Lawrence (1885-1930) se le conoce sobre todo por la polémica novela “El amante de lady Chatterley”. Ahora se traducen, en edición bilingüe, un buen puñado de sus poemas, gracias a José María Moreno Carrascal (1951), profesor cuya tesis doctoral versó precisamente sobre la poesía del autor inglés. El libro se completa con un prólogo de Felipe Benítez Reyes.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Desapariciones ficticias


No son pocos los escritores que protagonizaron pasajes de su vida que han quedado en blanco para los biógrafos. De entre los antiguos, por obvia falta de información, siempre hay lagunas, pero la importancia de éstas va en proporción con la grandeza de su obra. Por eso, la ansiedad por conocer lo máximo de Shakespeare ha dado como resultado que los últimos años de la década de 1580 sean conocidos como sus «años perdidos». No se sabe dónde estuvo, lo cual ha dado origen a leyendas sobre su paradero o a conjeturas más o menos posibles, como el hecho de que pudo unirse a una compañía teatral.

De entre los modernos, destaca el caso de Aghata Christie, quien descubre en 1926 que su marido la engaña con su secretaria. La «reina del suspense» se niega a divorciarse y, hundida en la tristeza, el 4 de diciembre desaparece tras dejar su coche en la carretera. El percance, recreado en la película «Aghata» (1979), con Vanessa Redgrave, acaba cuando se la encuentra diez días después en un balneario. El marido, esquivo, afirmará que su mujer padecía amnesia.

Pero la historia más rocambolesca es la de Aleister Crowley que, en 1930, simula su suicidio en connivencia con Fernando Pessoa, al que ha conocido tras un intercambio epistolar de carácter astrológico. Crowley llega a Portugal el 28 de agosto, acompañado de su novia, con la que hacía magia sexual, pero una violenta discusión precipita la marcha de la joven, mientras él idea su broma. Una semana después se lee en la prensa: «Un caso extraño. El célebre escritor inglés Aleister Crowley desapareció de Lisboa dejando en la Boca del Infierno una carta misteriosa y alucinada». Pessoa firma, con seudónimo, el reportaje de esta muerte inventada, fiel a su gusto por las intrigas policiacas, e incluso querrá convertir la anécdota en una novela que no concluirá titulada «La Boca del Infierno».

Publicado en La Razón, a propósito de la ficción documental 
El secuestro de Michel Houllebecq, 23-VIII-2014

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Un ensayo sobre Pessoa en la revista "Clarín"


En el último número de Clarín. Revista de Nueva Literatura (136, julio-agosto 2018), tengo el placer de publicar un largo texto sobre la vida (o más bien, como digo ahí, la renuncia a ella) y la obra de Fernando Pessoa, poniendo el acento en las novedades del y sobre el poeta que se han sucedido en los últimos lustros.

martes, 3 de julio de 2012

El mundo en una taza



Hay un cuento de Stefan Zweig, “Mendel, el de los libros”, que representa muy bien el auge de los cafés de antaño, cuando eran un sitio donde pasar tardes enteras, hacer vida social e incluso política y cultural. El personaje casi vivía en el Café Gluck de Viena, y tal cosa era, más que una molestia, todo un honor para el local. Pero el mundo cambió con la guerra, y el inofensivo librero pasó a ser sospechoso de cartearse con el enemigo, un colega parisino. Fue el fin de Mendel, y en paralelo el de un modo de entender la vida en los cafés. Pues bien, a estudiar esas vidas anónimas y legendarias, reales y de ficción, en la atmósfera inigualable de los cafés más emblemáticos del mundo occidental, se ha dedicado Antonio Bonet Correa. El resultado, “Los cafés históricos” (editorial Cátedra), en el que viaja a los orígenes de estos establecimientos, sigue su proliferación y analiza sus características sociológicas y arquitectónicas.
            El germen de estas páginas es el que forma la primera parte, el Discurso de Recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, en 1987, y que da título al volumen. A ello el autor ha añadido varias apostillas sobre “el mundo histórico de los cafés” en el que hace un recorrido por las zonas del mundo que cuentan con cafeterías de renombre: muy particularmente, París, con tantos cafés elegantes –el más famoso, el Café de Flore–, Viena y Centroeuropa con el Café Central y tantos otros, Roma y el Café Greco, Lisboa y los cafés a los que acudía Fernando Pessoa, Buenos Aires y el Café Tortoni, y, por supuesto, España, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, aunque en nuestro país, según el autor, no exista la tradición de conservar este tipo de lugares: “Desde hace años he visto desaparecer, uno a uno, una larga lista de viejos cafés históricos. En Madrid, el Pombo, el Varela y el Teide. En Barcelona, el Canaletas. En Santiago de Compostela, el Español. En Lugo, el Méndez Núñez, y en Murcia, el Santos”. ¿Se añadirá a esos cierres el del Café Gijón, el cual, por un asunto administrativo, está a punto de perder su terraza del paseo de Recoletos y con ello su principal fuente de ingresos?
Hablar de cafeterías implica buscar el inicio de tomar café. «En Europa se introdujo el café en el siglo XVII. Austriacos, franceses e italianos fueron los primeros en degustar el llamado “néctar” o “vino de los árabes”», apunta Bonet. “En La Meca, en El Cairo, Damasco, Bagdad y Constantinopla se abrieron los primeros establecimientos donde se expendía el café, convirtiéndose sus locales en centros de reunión y vida social”. En nuestro continente, fueron los ingleses los que, antes que el té, iniciaron la costumbre de beber café en un sitio público, en Oxford, en 1650, explica. Más tarde, vendría la vinculación entre los cafés y el arte y la literatura: “Sin los cafés decimonónicos o modernistas de Viena, Budapest, Praga, Cracovia, Berlín, Bruselas, Ámsterdam o París no se comprenden los movimientos estéticos contemporáneos”. Algo que queda demostrado gracias a una gran cantidad de imágenes –fotografías, reproducciones de cuadros, portadas de libros…– que acompañan las explicaciones del historiador, para quien la Edad Contemporánea queda reflejada en estos locales de forma determinante, y pone un ejemplo: “La Revolución Francesa y sus secuelas encontraron su campo de acción en los cafés”.
Y es que no son pocas las corrientes ideológicas que han tomado acomodo en los cafés, mezcla de lugar público y privado; asimismo, un espacio “de meditación y soledad, de cita íntima, de tertulia y tribuna libre de un grupo”. Cómo no pensar en los cuadros de los pintores impresionistas de las terrazas parisinas o los interiores de los cafés abarrotados de gente, cómo no recordar el barcelonés Els Quatre Gats y a Picasso, o a los tertulianos que se congregaban en torno a Ramón Gómez de la Serna, en el café Pombo, y que inmortalizó el artista José Gutiérrez Solana. Hoy en día, visitar ciertos cafés también entra en el plan de visitas turísticas, “como si se tratase de unos santuarios o monumentos históricos”. Ocurre muy especialmente en el barrio de Saint-Germain, que vieron a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir entrar en el Flore, “su segundo hogar”. En los cafés, se escribieron libros enteros, muchos extranjeros se adaptaron a su nueva ciudad, lo individual se hizo colectivo. Fueron una especie de “nexo con la sociedad”, recalca Bonet, y, sobre todo, con aquellas personas que “se encontraban y compartían dentro de un terreno neutro a la vez que cordial y solidario”.

Publicado en La Razón, 8-VI-2012 

viernes, 9 de agosto de 2013

Pisando huellas de escritores

De un tiempo a esta parte, es de sobra conocido que el turismo, buscando ramificarse, también ha tocado el palo literario. Multitud de ciudades a lo largo del planeta contienen ecos de los grandes escritores que por ellas pasaron, con su consiguiente rentabilidad comercial, mayor o menor: desde una simple placa en la pared que recuerda que allí vivió una celebridad literaria hasta la réplica de las habitaciones que habitaron o incluso casas-museos que conservan sus objetos personales. Así, es posible entrar en las mansiones de Concord y Salem donde vivió Nathaniel Hawthorne, visitar la granja keniana en la que se instaló Isak Dinesen, antes de dedicarse a la escritura de “Fuera de África”, o conocer el paraje inglés que vería desde la ventana, en su casa natal en Stratford-upon-Avon, el mismísimo Shakespeare.

Los escritores que el tiempo ha tildado de clásicos tienen, pues, un atractivo para el viajero o el turista, y este viajero es muy frecuentemente otro escritor. Por ejemplo, entre los nuestros, destaca sobremanera Mauricio Wiesenthal (1943), que con sus memorias personales e intelectuales “Libro de réquiems” y “El esnobismo de las golondrinas”, ofreció hace escasos años una investigación romántica y completísima de aquellos lugares en los que respiraron y crearon sus autores europeos más admirados: ciertos cafés, hoteles, cementerios, jardines y calles. Y algo así hace Fernando Savater en “Las ciudades y los escritores” (editorial Debate), pero con un estilo y unas pretensiones pedagógicas, y tan sencillas como rigurosas y concisas en su información.

De hecho, en el prefacio Savater apunta que el libro es resultado de toda una aventura: una serie de viajes por Europa y América para preparar unos programas televisivos. Por ello, el volumen es casi tanto un reportaje y una guía viajera como un texto de carácter histórico y de reflexión literaria. Lo cual queda enfatizado por las entrevistas que aparecen en cada ciudad a destacados narradores, prestigiosos profesores universitarios o lugareños propietarios de restaurantes y librerías. De tal forma que, hablando de la Florencia de Dante, aparece Savater dialogando con Mario Vargas Llosa; cuando toca visitar la Bretaña de Chateaubriand, el entrevistado es Jorge Edwards; o si hay que recorrer la populosa México D.F. para seguir las huellas de Octavio Paz, surge la voz de su compatriota Juan Villoro.

“Somos adictos a peregrinaciones devotas para ver los rincones y los cielos que contemplaron aquellos a quienes debemos tantos momentos de emoción y de iluminación”, afirma el autor de “Ética para Amador”; “Los comprendemos mejor y nos sentimos más cerca de ellos al conocer el marco, a veces ya muy deteriorado por el tiempo inmisericorde, en que transcurrieron sus vidas y se fraguó su escritura”. Ese es el ánimo que acompaña estos treces textos, perfectamente estructurados para que el viajero-lector obtenga un vistazo panorámico de la trayectoria del escritor y su vida e influencia en la ciudad que lo vio desarrollarse como artista.

De la mano de Savater, aparte de las ciudades y autores mencionados, se podrá entrar en el Museo Franz Kafka, en Praga, transitar por la Buenos Aires que vio hacerse ciego a Jorge Luis Borges, o saber bien el destino suicida de Virginia Woolf en los barrios londinenses en que se fraguó su talento literario. Aparecerá la famosa estatua de Fernando Pessoa en Lisboa y los castillos escoceses que rodearon la vida de Robert Louis Stevenson, las famosas cafeterías cerca del Sena donde coincidían Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus, el barrio de las Letras madrileño, con Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Francisco de Quevedo de fondo, la magia folclórica de Dublín y los sitios donde se hizo poeta W. B. Yeats, la arquitectura de Donostia en alusión a Pío Baroja y las dos pintorescas casas que se hizo construir Pablo Neruda, en Santiago de Chile y frente al mar, en Isla Negra.

El viaje entonces empieza con un libro, con una lectura, y se extiende para idolatrar al autor amado mediante un billete de tren, un ascenso a un avión, un paseo en la propia ciudad. En este sentido, Savater se sabe continuador de otros muchos escritores que también “emprendieron búsquedas semejantes por los lugares de origen de aquellos a quienes ellos consideraban mentores intelectuales”, pero no se avergüenza de lo que da en llamar “fetichismo”, pues al fin y al cabo, todo ello “es una forma perdurable de reconocer que, tanto ayer como hoy y sin duda también mañana, la literatura es una tradición cuyas raíces se hunden en la historia y en la geografía”.


Publicado en La Razón, 6-VIII-2013

lunes, 27 de marzo de 2017

La verdad del tacto


Un vistazo general a la obra poética y ensayística de Pedro Alberto Cruz enseguida revela la importancia de lo corporal en su mirada. Este profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, con pasado de siete años en el ámbito político como consejero de Cultura, Juventud y Deportes en la misma región, y aún más atrás, en el de la gestión cultural en el Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, ya cuenta con una considerable trayectoria que incluye cuatro poemarios. Debutó en este género en el año 2011, con el libro “No comparto las razones de la luz”, donde el cuerpo tenía un protagonismo evidente. Dos años después tal cosa se haría explícita en el título de su segunda reunión de poemas, "Cuerpo de un solo día", cuyo estilo en el prólogo fue alabado por Luis Alberto de Cuenca. En 2014, "Tú y el afuera" profundizaría en el tacto de lo corpóreo, lo carnal y amoroso, pero con el tema de la paternidad detrás de sus versos.

Y así llegamos a “De la nada a tu carne”, en esta ocasión en torno al amor romántico, en el que la poetización de cuanto tiene que ver con la presencia física y sensitiva de la amada se convierte en, como reza la dedicatoria, un destino de todos los sentidos: “Vibra tu piel”, “Tu cuerpo araña / el sentido ordinario de la quietud”, “Tu cuerpo es la eternidad de aquella mañana”, “Le he dejado todo el mundo a la verdad de tu tacto”, “Te quedas inmóvil. En tu cuerpo. Sin dejar / nada de ti en los alrededores”… El objeto amoroso es así una isla intacta, pura, a la que aspirar, tocar, observar, oler; es el reposo del mundo, lo que justifica estar vivo. Y es también el desencadenante de cierta incertidumbre en el sujeto poético, que tiene sin poseer, que descubre cada vez de manera nueva lo que ya le era conocido: “Me limito a tu piel y no te conozco”, o incluso se plantea su propia identidad: “Me pregunto si antes de que pusieras tu mano / en mi rodilla, yo existía”.

Ver, tocar

Ese juego de identidades, de ausencias presentes, de presencias ausentes en las que tanto profundiza Cruz –muy influido según él mismo por los heterónimos de Fernando Pessoa, el rey de la identidad plural– tiene mucho que ver con cómo ha estudiado las creaciones visuales en el ámbito pictórico o escultórico. No en vano, también es autor de estudios como “La vigilia del cuerpo. Arte y experiencia corporal en la contemporaneidad”, “La muerte (in)visible. Verdad, ficción y posficción en la imagen contemporánea” o “Cuerpo, ingravidez y enfermedad”. La relación del observador con su destino visual-sensual es casi la de un esteta “voyeur” de la carnalidad, la del contemplativo frente a una obra artística con la que guarda distancia a la vez que intenta captar hasta corporeizarse con ella. Como dice en el poema XIX (“De la nada a tu carne” consta de cuarenta y tres composiciones numeradas): “La carne invade mi respiración”. Ya no basta el mero lenguaje, pues ya el tacto de los dedos “está lleno de palabras”, y así el cuerpo silencioso de la amada se queda sin ni siquiera nombrar, como para no mancillarlo mediante un idioma que no haría más que simplificarlo, adulterarlo, “dejarlo inmóvil”, exactamente como una obra de arte cuya belleza cabe admirar y que representa la única objetividad. Por eso las manos, al tocarla, tocan lo real, viajando Cruz así a lo primigenio del cuerpo humano, pues “ver, tocar” es “el primer acontecimiento del mundo de siempre”. 

Publicado en La Razón, 23-III-2017

domingo, 18 de marzo de 2012

Entrevista capotiana a Laura Pérez Vernetti





En 1972, el escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984) publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama 1999), y en él el autor de A sangre fría se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Laura Pérez Vernetti.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Creo que París sería la ciudad en la que viviría más entretenida y a gusto.
¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero sin duda a la gente. Hay muchos animales, como los perros (muy numerosos en mi barrio), que con su insistente ladrar agresivo, me molestan.
¿Es usted cruel? No de una forma premeditada.
¿Tiene muchos amigos? Soy una persona con un montón de amigos y amigas, sobre todo, en el sector de las artes y la cultura.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Inteligencia, curiosidad, cultura y simpatía.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me suelen decepcionar porque tampoco yo les exijo lo imposible.
¿Es usted una persona sincera? Soy más bien sincera cuando la sinceridad no significa pura torpeza y falta de consideración.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Dibujando y leyendo. Necesito dibujar cada día algunas horas y los libros y la lectura son un placer para mí.
¿Qué le da más miedo? Las pesadillas. Suelo tener unas pesadillas terroríficas, por lo que no suelo ver películas de terror.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La crueldad, la brutalidad y las personas con un ego desbordante que pisotean a los demás. Personas con un ego apisonadora muy frecuentes en el mundillo de las artes y la cultura.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguramente me habría dedicado al mundo de la enseñanza. Siempre me ha interesado esa fase conflictiva, crítica y dolorosa de la adolescencia y de los adolescentes y sus penurias.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nado 60 piscinas (de 25 metros cada una) a la semana, pero desde hace unos meses ando liadísima, por lo que no he podido nadar.
¿Sabe cocinar? Soy muy buena cocinera pero sólo de una docena de recetas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Fernando Pessoa, al que le he dedicado mi última novela gráfica.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.
¿Y la más peligrosa? Envidia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? En muchas ocasiones, sobre todo por celos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Bailarina. La música y el baile me chiflan desde mi infancia.
¿Cuáles son sus vicios principales? La angustia, a veces, por causas realmente irrelevantes.
¿Y sus virtudes? La perseverancia. Llevo dedicada al cómic e ilustración más de 30 años, perseverando incluso en épocas de gran precariedad y crisis en mi sector profesional. Por suerte con la edad ha mejorado considerablemente mi prestigio como historietista e ilustradora, teniendo en cuenta la grave situación laboral y económica que atraviesa España en estos momentos y, sobre todo, el sector de las artes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Seguramente me espantaría el vacío de una página en blanco y la imposibilidad de garabatear algún dibujo en ella.
T. M.