Mostrando las entradas para la consulta Loza ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Loza ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de marzo de 2014

Charlas con Borges y Vargas Llosa


A nadie se le escapa que decir Jorge Luis Borges (1899-1986) y Mario Vargas Llosa (1936) es hablar con letras mayúsculas de la historia de la literatura en español durante los últimos noventa años: el tiempo que va desde que el argentino debutó con su libro de poesía “Fervor de Buenos Aires” y el hispano-peruano publicó su última novela, “El héroe discreto”. Haber charlado con esos dos gigantes literarios y compartido momentos íntimos es privilegio de unos pocos; entre ellos, el uruguayo Ruben Loza Aguerrebere. Éste conoció a Borges en 1978, y cuatro años después a Vargas Llosa. Con el primero coincidió en diversas ocasiones en Montevideo y Buenos Aires; con el segundo, en distintos lugares de América Latina y España.

Borges facilitaría la publicación en “La Prensa” de la capital argentina el cuento de Loza “El hombre que robó a Borges”, que se incluye como epílogo en este libro, y el propio Loza convertiría en personaje a Vargas Llosa en su novela “Muerte en el café Gijón” (Funambulista, 2012). Tal cosa da buena cuenta de la presencia continua de aquellos a los que escuchó hablar “de la literatura, de cómo escriben sus cuentos y sus poemas, del goce de la lectura, del germen de muchos de sus libros, del mundo en que vivimos, de la política, de la libertad y la democracia, así como la falta de ambas”.

En efecto de todo ello se habla en “Conversación con las Catedrales” –guiño al título de 1969 de Vargas Llosa “Conversación en la catedral”– pero sobre todo se respira la vocación artística de ambos escritores, la necesidad de trascender como seres humanos gracias a la literatura. El lector curioso conocerá el grado de disciplina de Vargas Llosa, su relación con la escritura periodística o los libros de viaje, y cómo se sentía al recoger el premio Nobel, gracias a una charla de Loza con su amigo Fernando Iwasaki. En cuanto a Borges, aparece por supuesto anciano y ciego, intuitivo y sagaz. Loza le pregunta sobre cómo escribe –“Empiezo un cuento con una frase casual y esa frase ya tiene un futuro, un pasado”–, y luego habla de Lugones, Cortázar, Güiraldes, Baudelaire... Pero lo más llamativo será lo dicho con respecto al galardón sueco, que Borges no recibiría y se tomó a guasa: “Bueno, yo estoy seguro de no recibirlo nunca, pero de ser siempre el candidato del año que viene”.


Publicado en La Razón, 27-III-2014

martes, 6 de septiembre de 2016

Nueva novela de Ruben Loza Aguerrebere


Hace un par de años, reseñaba en La Razón el libro de Ruben Loza Aguerrebere Conversación con las catedrales (editorial Funambulista, 2014), en que recogía sus charlas con Borges y su viejo amigo Mario Vargas Llosa. Ahora anuncia nueva novela, El secreto de Amparo (Ediciones de la Plaza, Montevideo), de la que hablamos brevemente:
 
–¿Cómo definirías las historias de tu nueva novela?
–El narrador es un escritor que viviendo en un París emocional escribe en las terrazas de los famosos cafés parisinos las historias de la joven Amparo, de su esposo Bebe Bauman y el pintor bilbaino Manu Zabala, un artista plástico que se ha radicado en Minas y cuanto ocurre allá. Esta historia sucedió treinta años atrás, conoce sólo el final de ella e imagina como todo escritor lo demás. Mientras reconstruye esas vidas relacionadas todas ellas con Amparo, también cuenta sus andanzas en París donde va tras los pasos de una inasible musa.
           
–¿Por qué elegiste Minas y París para situar la novela?
–La pequeña ciudad de Minas rodeada de colinas azules que le recordaron al pintor Zabala su mundo natal de Bilbao, donde vive Amparo y su esposo y amigos y el pintor vasco, es mitad verdadera porque está en mi memoria de adolescente, y mitad imaginada porque en ella situé La librería. Y escribo sobre París porque es una ciudad que amo y a la que visito asiduamente. Me dio mucho placer escribir sobre ella. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una entrevista sobre mi libro "Que todo en la vida es cine" en el blog de Rubén Loza Aguerrebere

Prueba de foto (descartada) para ilustrar la película Magnolia

El escritor uruguayo Rubén Loza Aguerrebere ha tenido la amabilidad de interesarse por Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas, que acaba de publicarse, y me hizo esta entrevista para su blog. En ella, me animó a reflexionar sobre la presencia del cine en mi obra o a pensar en alguna secuencia que me parece especialmente memorable.

lunes, 23 de julio de 2018

Ruben Loza y "El secreto de Amparo" en España

El gran escritor uruguayo Ruben Loza Aguerrebere, que en diversas ocasiones ha aparecido en este blog, a partir de entrevistas o reseñas de sus obras, o por su interés tan amable por mis libros, publicará en octubre El secreto de Amparo. Esta novela tan recomendable, que tuve la grata ocasión de conocer en su edición americana (en la editorial Ediciones de la Plaza), podrá estar al alcance del lector en la madrileña Carpe Noctem. Y me congratulo de ello por la calidad humana y literaria de este narrador.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Entrevista, a propósito de “Los tres dioses chinos”, en el nuevo blog de Ruben Loza Aguerrebere

¿Sabrá este buda de Shanghái algo sobre mi tres dioses chinos?

El reputado escritor uruguayo Ruben Loza Aguerrebere, cuyos últimos libros han ido apareciendo en España gracias a la editorial Funambulista (tuve la ocasión de reseñar uno sobre sus encuentros con Borges y Vargas Llosa en marzo del año pasado), ha tenido la amabilidad de interesarse por Los tres dioses chinos. De esta manera, en su recién inaugurado blog, ha dedicado una entrada, titulada “Paseos por China con Toni Montesinos”, a entrevistarme al respecto.

sábado, 16 de febrero de 2013

Entrevista capotiana a Rubén Loza


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama 1999), y en él el autor estadounidense se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rubén Loza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Por muchos motivos, aquí, en Montevideo.
¿Prefiere los animales a la gente?
 No; prefiero a la gente.
¿Es usted cruel?
No, no lo soy.
¿Tiene muchos amigos?
Muchos;  me siento enriquecido por ellos. Entre los escritores, puedo mencionar a Germán Yanke, Raúl Guerra Garrido, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montener, Mario Vargas Llosa y, en fin, Jean d’Ormesson. Tuvo el placer de tratar mucho a Borges, a Bioy Casares, a Octavo Paz y a mi maestro, Ernesto Sábato, el primero en impulsar mi quehacer literario desde el otro lado del “río de seueñera y barro” como lo decía Borges en un poema. Por cierto, también son muchos mis amigos periodistas, o políticos, como los ex presidentes uruguayos Lacalle y Julio María Sanguinetti. Me honro con su amistad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No las busco; sencillamente nos encontramos, porque la  amistad es transparente.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No; una triste experiencia, supongo.
¿Es usted una persona sincera? 
Soy una persona sincera, simple y clara, sin ambivalencias.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con mi familia, con mis libros, escribiendo, con mis amigos, haciendo nada.
¿Qué le da más miedo?
Temo decirlo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La vanidad, la envidia, la descortesía, la insinceridad, el desamor…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
En la vida nos pasan cosas que pueden ser de ficción. Soy escritor y periodista, y fui profesor de literatura. Fui profesor unos años; incluso di conferencias en las universidades de Austin (Texas) y de Kentucky. Pero creo que dado el caso planteado, de todos modos hubiera sido solamente periodista.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Desde niño jugué al básquetbol. Ahora voy a un gimnasio; hago ejercicios físicos diversos.
¿Sabe cocinar?
No. Nada.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Borges, a quien tuve la fortuna de  conocer, y con quien viví momentos inolvidables, como cuando, en una filmación de la BBC de Londres, por sus 80 años, estando yo en su casa para entrevistarle, me hizo leer un poema suyo ante las cámaras. O cuando tras leerle un cuento mío, él lo hizo publicar en “La Prensa” de Buenos Aires y después le gustaba decir en la prensa: “Yo lo hice publicar”. También porque me agradeció, cierta  vez, haberlo convertido (en un relato) en personaje de ficción, ya que decía: “no estoy seguro de no serlo”.  Sí, un personaje inolvidable.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor y fe.
¿Y la más peligrosa?
Quizá una de ellas sea: despotismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Una vez, niño, maté un pájaro con una piedra lanzada con una honda, y aún recuerdo la tristeza que me invadió.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Amante de la libertad, seguidor de Isiah Berlin, Popper y Raymond Aron, soy un demócrata liberal.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
A esta altura ninguna otra. Como dice mi amigo Raúl Guerra Garrido: “Quien sueña,  novela”.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Vicios, no tengo… Suelo oscilar entre la ansiedad y la depresión. Al terminar un libro y pensar que quizá no se me ocurra otro… Cosas así. Ese momento es una herida.
¿Y sus virtudes?
Se me va el canto a las nubes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Rostros: el de mi esposa, mis hijas, mis nietas… Pero prefiero seguir nadando hacia la playa; lo hago bien, dicho sea de paso.
T. M.

domingo, 8 de septiembre de 2019

«Conversación en La Catedral»: cuando Vargas Llosa se preguntó “en qué momento se había jodido el Perú”

Foto de una exposición dedicada a varios premios Nobel de literatura, CaixaForum Barcelona, primavera 2018

Mario Vargas Llosa sabe lo que significa ser ciudadano del mundo implicado en la sociedad, incluso desde la vertiente política y con mucha actividad de tinte periodístico. Para tantos y tantos lectores, parece un hombre incombustible e infatigable, prolífico y polifacético; todo un «obrero literario», como lo llamó Carlos Barral en sus memorias, recordando un verano en que el autor peruano, en la casa de Calafell del editor, trabajaba «ocho horas diarias en la redacción de “La casa verde”», novela que aparecería en 1966 y obtendría el premio de la Crítica.

Autor de una obra ingente, en número y géneros literarios –aparte de narrativa, ha firmado nueve obras teatrales, por ejemplo–, Vargas Llosa se abrió a la celebridad artística gracias al premio Biblioteca Breve, comandado por Barral, recibido por “La ciudad y los perros” (1962), también premio de la Crítica. Un inicio despampanante porque, además de estar asociado a importantes galardones, fue acompañado por el llamado “boom” latinoamericano.

Vargas Llosa fue el primer autor que descolló desde América Latina en España, el que abrió la senda para que el mundo editorial acogiera a autores mayores que él, como Cortázar o García Márquez. Barcelona era por entonces, para los literatos, lo que había sido París para los poetas modernistas, y Vargas Llosa aprovechó esa relación de forma primorosa. Disciplina, tesón, curiosidad infinita, tales son las cualidades con las que aquel veinteañero llegó a la capital francesa desde Lima, en 1959, se puso a leer toda una noche “Madame Bovary” y se entregó a emular a Flaubert en su dedicación imparable. En ese año había publicado el libro de cuentos Los jefes y le esperaba una década gloriosa, con las obras mencionadas más el relato largo “Los cachorros” y “Conversación en la catedral”, un título tan paradigmático que fue usado por su gran amigo, el escritor uruguayo Ruben Loza Aguerrebere, en su libro de charlas con Borges y Vargas Llosa «Conversación con las Catedrales» (Funambulista, 2014), haciendo un guiño a este título de 1969. Ya han pasado, pues cincuenta años, y aún se mantiene como de las referencias inexcusables de la narrativa en español de la contemporaneidad.

El inicio de la historia no puede ser más directo y franco: «Desde la puerta de “La Crónica” [diario siempre ligado al gobierno de turno] Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”. A partir de esa preocupación, los dos personajes principales, el pesimista Santiago Zavala o Zavalita, joven de familia pudiente, que estudia en una universidad que es núcleo de la propaganda comunista que enfrentaba a la dictadura, y el zambo Ambrosio, que había sido el chofer –y algo más íntimo– con su padre, se desarrolla una conversación que dura cuatro horas, pero en la que van teniendo voz otros personajes secundarios. 

El contexto en que sucede todo es el «ochenio» dictatorial del general Manuel A. Odría (años cuarenta y cincuenta), y la charla, se mantiene a mediados de los sesenta, en el modesto bar La Catedral, en alusión a la gran altura de su techo y a la forma de portón de iglesia de su entrada. El resultado de tal conversación fue esta novela de la que el propio autor habló en estos términos: que ninguna otra le había dado más trabajo, entre revisiones y reescrituras. “Si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría esta”, sentenció.

Publicado en La Razón, 20-VIII-2019

viernes, 29 de noviembre de 2019

Conspiración en Guatemala


Mario Vargas Llosa sabe lo que significa ser ciudadano del mundo implicado en la sociedad, incluso desde la vertiente política y con mucha actividad de tinte periodístico. Para tantos y tantos lectores, parece un hombre incombustible e infatigable, prolífico y polifacético; todo un «obrero literario», como lo llamó Carlos Barral en sus memorias, recordando un verano en que el autor peruano, en el hogar de Calafell del editor, trabajaba «ocho horas diarias en la redacción de La casa verde», novela que aparecería en 1966 y obtendría el premio de la Crítica. 

Autor de una obra ingente, en número y géneros literarios –aparte de narrativa, ha firmado nueve obras teatrales, por ejemplo–, Vargas Llosa se abrió a la celebridad artística gracias al premio Biblioteca Breve, comandado por Barral, recibido por La ciudad y los perros (1962), también premio de la Crítica. Un inicio despampanante porque, además de estar asociado a importantes galardones, fue acompañado por el llamado boom latinoamericano.

Vargas Llosa fue el primer autor que descolló desde América Latina en España, el que abrió la senda para que el mundo editorial acogiera a autores mayores que él, como Julio Cortázar o Gabriel García Márquez. Barcelona era por entonces, para los literatos, lo que había sido París para los poetas modernistas, y Vargas Llosa aprovechó esa relación de forma primorosa. Disciplina, tesón, curiosidad infinita, tales son las cualidades con las que aquel veinteañero llegó a la capital francesa desde Lima, en 1959, se puso a leer toda una noche Madame Bovary y se entregó a emular a Gustave Flaubert en su dedicación imparable. En ese año había publicado el libro de cuentos Los jefes y le esperaba una década gloriosa, con las obras mencionadas más el relato largo Los cachorros y Conversación en La Catedral, un título tan paradigmático que fue usado por su gran amigo, el escritor uruguayo Ruben Loza Aguerrebere, en su libro de charlas con Jorge Luis Borges y Vargas Llosa Conversación con las Catedrales (Funambulista, 2014), haciendo un guiño a este título de 1969. Ya han pasado, pues cincuenta años, y aún se mantiene como de las referencias inexcusables de la narrativa en español de la contemporaneidad.

El inicio de la historia no puede ser más directo y franco: «Desde la puerta de La Crónica [diario siempre ligado al gobierno de turno] Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?». A partir de esa preocupación, los dos personajes principales, el pesimista Santiago Zavala o Zavalita, joven de familia pudiente, que estudia en una universidad que es núcleo de la propaganda comunista que enfrentaba a la dictadura, y el zambo Ambrosio, que había sido el chofer –y algo más íntimo– con su padre, se desarrolla una conversación que dura cuatro horas, pero en la que van teniendo voz otros personajes secundarios. 

El contexto en que sucede todo es el «ochenio» dictatorial del general Manuel A. Odría (años cuarenta y cincuenta), y la charla, se mantiene a mediados de los sesenta, en el modesto bar La Catedral, en alusión a la gran altura de su techo y a la forma de portón de iglesia de su entrada. El resultado de tal conversación fue esta novela de la que el propio autor habló en estos términos: que ninguna otra le había dado más trabajo, entre revisiones y reescrituras. «Si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría esta», sentenció. Y ahora no sólo el autor hispano-peruano está de actualidad –¿cuándo no lo está?– al celebrarse el cincuentenario de esa obra que le abrió al mundo y de la que Alfaguara acaba de publicar una edición conmemorativa, sino por su última historia, titulada Tiempos recios, que no habla de cómo, medio siglo después, el autor sigue apostando por un trasfondo hispanoamericano y político.

Una mentira convertida en verdad

Se trata de una historia de conspiraciones políticas, ambientada en tiempos de la Guerra Fría, en concreto en la Guatemala de 1954. El hecho es que un golpe militar, por obra y gracia de Carlos Castillo Armas, y apoyado por la CIA estadounidense, hace que quede derrocado el gobierno de Jacobo Árbenz. Lo que trata Vargas Llosa de literaturizar en esta novela es cómo una mentira se transformó en una verdad que todos asumieron y que iba a trastornar el destino de América Latina, esto es, la acusación por parte del gobierno de Eisenhower de que Árbenz animaba la incorporación del comunismo soviético en el continente.

El autor ha declarado que escuchó esta historia tres años atrás en la República Dominicana, y que le pareció realmente «bastante insólita»: «El asunto me in­trigó tanto que comencé a investigar al respecto, hice dos viajes a Guatemala, entrevisté a mucha gente, leí periódicos de la época y, añadiendo mu­chas cosas imaginarias, de todo ello resultó Tiem­pos recios. Como algunas de mis novelas, tiene un fondo histórico que he respetado en sus grandes líneas pero he añadido fuertes dosis de invención». Así lo había hecho en La Fiesta del Chivo (2000), cuando dio voz, en el Santo Domingo de 1961 –cuando la capital dominicana aún se llamaba Ciudad Trujillo–, al implacable general Leónidas Trujillo, apodado el Chivo, y al doctor Balaguer, presidente del país, en una trama política que captaba las peripecias vividas por una población sufriente que iba a vivir una particular transición a la democracia.

En Tiempos recios, todo parte de una exitosa compañía bananera, la United Fruit, que se extendía por toda Centroamérica, el Caribe y Colombia, y la red de tapaderas y conspiraciones que se desarrollaron en un entorno económico-político entre 1940 y 1959, sobre todo en Guatemala, pero también en Re­pública Dominicana, Honduras, El Salvador, Haití e incluso en los despachos de ciertos abogados estadounidenses. Todo lo cual tendrá repercusiones en otro país que estaba viviendo cambios drásticos desde 1959, la isla de Cuba. De tal modo que Vargas Llosa cuestiona cómo ciertas estrategias e intervenciones han marcado el devenir de Centroamérica. Dwight D. Eisenhower justificó una intervención en una nación que había salido de la dictadura de Jorge Ubico en una época en que el comunismo se configuraba como el enemigo a batir. Y entonces aparecía la presencia incómoda de Guatemala, por ser «un satélite soviético, mediante el cual el comunismo internacional se proponía socavar la influencia y los intereses de los Estados Unidos en toda Amé­rica Latina», ha declarado el autor. 

Tiempos recios se encamina a arrojar luz hacia la sospecha de que Árbenz iba a transformar Guatema­la en un Estado comunista o si en todo ese caudal de movimientos se escondían intereses privados de enriquecimiento. Así, la historia se inicia con una reunión en Manhattan entre dos personajes: Sam Zemurray, el fundador de la United Fruit Company, y Edward L. Bernays, el inventor de las relaciones públicas y un gran propagandista; el primero habla con el segundo en busca de asesoramiento al considerar que dicha empresa tiene mala prensa en Estados Unidos y Centroamérica, y que necesita una campaña de lavado de imagen. Un encuentro en apariencia simple y tangencial que tiene consecuencias imprevistas. Bernays se convertiría en el máximo promotor del consumo del banano en Esta­dos Unidos y su compañía sería sinónimo de progreso y civilización. Pero entonces Guatemala se convierte en un obstáculo, pues ya en época democrática, el presidente Juan José Arévalo y más tarde su sucesor, Jacobo Árbenz, están aplicando reformas que van en contra de los intereses de dicha empresa frutera. 

De esta forma, Vargas Llosa habla de cómo para la United Fruit lo problemático era la democracia, por una serie de reformas agrarias que se implantan, y cómo entonces surgiría una idea genial: inventar una conspiración comunista que hiciera que la opinión pública variara su visión de los acontecimientos políticos. En todo ello, destaca el protago­nismo de un personaje conocido del autor, Johnny Abbes García, el matón de Trujillo en La Fiesta del Chivo. Él es el hilo conductor para ir conociendo los tejemanejes empresariales y políticos, primero en torno a Marta Borrero Parra, Miss Guatemala, que muy joven queda emba­razada del doctor Efrén García Ardiles, amigo de su padre e intelectual de izquierdas, y que acaba siendo la protegida de Castillo Armas. Asimismo, conoceremos la historia del teniente coronel Enrique Trinidad Oliva y sus planes en torno a Castillo Armas. Y en tercer lugar, el lector seguirá los pasos de otros personajes secun­darios como el embajador norteamericano John Peurifoy. Siempre para recrear cómo las reformas que introdujo Árbenz fueron en detrimento de los intereses de la United Fruit, y cómo la reacción del Gobierno estadounidense llevó a la invasión de invadir Guatemala desde Honduras y a hundir a Árbenz.

Toda esta fake new creada por el publicista para proteger los intereses de su cliente, la United Fruit, es expuesta así por el novelista: «Lo que sí había funcionado muy bien era la campaña en las radios y la prensa acusando al Gobierno de Árbenz de haber convertido a Guate­mala en una cabecera de playa de la Unión Sovié­tica y de planear apoderarse del Canal de Pana­má. Pero esa no era obra del Gobierno de Estados Unidos ni de la CIA sino de la United Fruit y de su genio publicitario, el señor Edward L. Bernays. Castillo Armas se había quedado boquiabierto escuchándolo explicar cómo la publicidad podía impregnar a una sociedad de ideas de distinta orientación, así como de temores o esperanzas. En este caso había funcionado a la perfección. El señor Edward L. Bernays y el dinero de la United Fruit habían logrado convencer a la sociedad nor­teamericana y al propio Gobierno de Washington que Guatemala era ya presa del comunismo, y que Árbenz conducía en persona esta maniobra». Tales maniobras propagandísticas, curiosamente, harán que el mismísimo Fidel Castro busque apoyo logístico en la Unión Soviética para que su país no sufriera lo que le había pasado a Guatemala. 

Casi una década desde el Nobel

Tiempos recios es su cuarta novela desde que Vargas Llosa recibiera el premio Nobel. El héroe discreto apareció en el 2013, en la que volvía a su Perú natal; luego, llegó Cinco esquinas (2016), también con tierras peruanas como telón de fondo, en el periodo de los años noventa, con la presencia del terrorismo de Sendero Luminoso y la corrupción asentada durante el gobierno de Alberto Fujimori​. Sigue, pues, en este 2019, haciendo literatura de América Latina, en paralelo a su interés político que ese continente le suscita y que se refleja a través de sus numerosos artículos periodísticos. Su nivel de popularidad, tras el premio sueco y el amarillismo que ha impregnado su vida privada, lo ha puesto siempre en el ojo del huracán, y ha empleado sus dotes de comunicador nato para denunciar injusticias o posicionarse ideológicamente frente a, por ejemplo, el desafío secesionista catalán.

Así, en aquel año 2010, el escritor natural de Arequipa tocó el firmamento del Nobel tras una vida marcada por un viaje de juventud a Madrid y París, que lo acabaron convirtiendo en escritor pese a las dificultades económicas y las inseguridades creativas. Si hubiera permanecido en Perú, tal vez se hubiera limitado a ser un autor de corte realista, como se desprende de sus primeras obras. Pero Europa, los narradores estadounidenses, representantes de una estética más personal, en especial Faulkner, cambian su perspectiva literaria. Se adentra en narraciones donde lo realista convive con lo simbólico –La casa verde–, en historias de fuerte trasfondo autobiográfico, como La tía Julia y el escribidor –se casó con dieciocho años con su tía política– y penetra en otros espacios geográficos, desde La guerra del fin del mundo, sobre el Brasil de finales del siglo XIX, hasta la mencionada La fiesta del chivo (2000).

Seguramente, el propio escritor sea muy consciente de cómo su trayectoria constituye una gran influencia para varias generaciones de narradores –en España, quizá el más dadivoso con Vargas Llosa haya sido Antonio Muñoz Molina, asombrado por ver cómo a edad tan temprana pudo escribir obras señeras– y un ejemplo para aquel que empiece a escribir. De ahí surgiría su libro Cartas a un joven novelista (1997). No en vano, Vargas Llosa ha reflexionado mucho en torno a la ficción literaria a partir de sus propios desafíos, tan diversos: de corte político, como en Lituma en los Andes (1993), acerca también de Sendero Luminoso; de tono erótico, caso de Los cuadernos de don Rigoberto (1998); con toques humorísticos, como Pantaleón y las visitadoras (1973); o en clave amorosa, como Travesuras de la niña mala (2006), su última novela antes de que El sueño del celta, sobre el irlandés Roger Casement, denunciador de los genocidios del Congo y el Amazonas, ocupase estanterías y escaparates coincidiendo con la noticia del premio Nobel 2010.

Juan Carlos Onetti, al que Mario Vargas Llosa dedicó una estupenda monografía, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (2008), dijo que el autor de La ciudad y los perros tenía una relación con la literatura de fidelidad conyugal, mientras que él la consideraba algo así como una amante. Se refería así al tesón con que Vargas Llosa encara cada uno de sus retos literarios, desde el artículo dominical hasta su novela más gruesa; con una constancia tan prodigiosa que parece de otro tiempo, de aquellos escritores en lengua castellana que armaron todo un extenso territorio artístico: un Cela, un Delibes, un García Márquez. Hoy, tras esas figuras ya muertas, destaca Vargas Llosa como resistidor inigualable en el mundo de las letras. Una presencia que va más allá de la novelística y que toca lo político, lo periodístico y lo investigativo. 

Publicado en Qué Leer, noviembre 2019

viernes, 8 de septiembre de 2023

Entrevista capotiana a Paola Cantero

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Paola Cantero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Después de la pandemia mi hogar se ha convertido en el mundo entero, mas no sobrevivo sin caminar descalza sobre el verde y el viento. Si tuviera que elegir mi sitio favorito en el mundo tendría mucho sol, amaneceres y atardeceres de ensueño. Junto a la montaña, cerca de la ciudad. Acaso cerca de Santiago de Chile; eventualmente en alguna pequeña ciudad de Suiza. Me he formado en el conocimiento de pueblos olvidados, como en Ventanas, un territorio conocido como “zona de sacrificio” debido a la catastrófica contaminación de aire, tierra, agua dulce y del mar. Entre centrales termoeléctricas, refinerías de cobre, más de treinta. Ese sí es un pueblo olvidado. Está la aldea de la infancia, en dictadura, con una madre enferma que muere, una familia distante, un padre viudo desesperado, perseguido por los militares. La soledad, la pobreza, el abandono, la censura y la violencia a todo nivel, en Rahue, una comarca de ex campesinos que poseen amplios huertos en los sitios que compraron al venirse al pueblo. El pueblo grande está al otro lado del río y los mapuches que se acercaban a Rahue desde sus localidades rurales, jamás cruzaron el puente hacia Osorno (una mini copia de Osorno La Mayor de Palencia), porque sus necesidades de abastecimiento y su comercio de verduras, frutas, hierbas y hongos del bosque lo realizaban en la feria local y no requerían más. Creo que, de Rahue, en cuanto a mito, solo queda en mí, la parte de la lucha del héroe, sentidas como pérdida de la esencia propia, parte esencial del viaje. Hablo del aquel lugar “del tiempo perdido”, en palabras del poeta chileno Jorge Tellier, a cuya empresa de recuperarlo, ya no emprendo más en la poesía. Suelo caminar, detenerme y experimentar con consciencia a las personas con las que coincido. Invoco e invito a los espíritus queridos, con idéntica naturalidad que acudir a las recetas y menjunjes de la abuela. Cuando ella me veía enferma del estómago, quemaba azúcar en su viejo azucarero de loza junto a la cocina blanca, la leña repiqueteaba bellísima y mientras caían rayos y lluvia intensa, yo sanaba. Todo era muy grande en esa casa, mi madre tuvo ochos hermanos, en el campo era natural, pues había un ejército de empleados al interior de casa como afuera. El oficio más curioso en esta vida del fundo Loma de la Piedra, en el sur de Chile, era el de niña de mano, es decir, niñas solicitadas a sus padres para servir a mi abuela desde los doce años. La abuela relataba que las niñas de mano, solían ser con frecuencia, malas y mañosas. Tenían edad para jugar con muñecas y debían trabajar, era natural su desánimo. Creo que fue una niña de mano con quien mi abuelo tuvo un romance, la abuela se enteró y apareció un arma, cuyo tiro dio en la mano de mi abuela en un dedo que quedó chueco por siempre. Tengo escritas muchas de estas cosas en narrativa, me parece que son historias interesantes en la vida del sur de Chile y muchas de ella no han cambiado.

¿Prefiere los animales a la gente? Amo los animales, pero no puedo hablar de poesía con ellos.

¿Es usted cruel? Lo he sido, en tiempos ha, hoy ya lo he olvidado.

¿Tiene muchos amigos? Me parece que son pocos los amigos y las amigas. De lo bueno poco, hay un dicho. Amigues de la poesía tengo, variopintos y bellos como el vino chileno.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? En primer lugar, que no sean estúpidos… Luego, silencio, complicidad por sobre todo y que sean mis maestros/as en los ámbitos en los que son versados.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me ha tocado, pero debe doler mucho. En un caso así, solo me alejaría sin más.

¿Es usted una persona sincera? Difícil pregunta para una escritora, a veces se inventa y se miente en la ficción y otras me acerco a algunas personas solo porque me interesan como personaje, allí actúo des-sinceramente. Eso es el trabajo literario y en la vida real soy siempre yo, desde la cabeza a los pies, incluidas las dimensiones invisibles y la testarudez y sí, con la edad se va alcanzando la plenitud veraz, porque el fingimiento da tedio.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Parecido al tiempo de trabajo, sigo sentada escribiendo, estudiando o leyendo libros en digital. En tiempo de pandemia me fui a vivir junto al mar, a curar enfermedades del alma y del cuerpo. Adopté la dieta mediterránea y el ayuno intermitente; comencé a meditar y encender inciensos junto a un buen libro, mientras el mundo se caía a pedazos, fui yo una privilegiada. Lo más importante en este tiempo fueron las andanzas diarias por la playa, aprendí que, caminar al mediodía es buen momento para descansar el pensamiento intrusivo. Durante tres años realicé estos recorridos, mis caminatas tenían como marco varios kilómetros de playa con la presencia humeante del parque industrial del pueblo de Ventanas. De todas formas, recorrer escuchando a Kitaro, era mi forma de libertad, y olvidaba la contaminación del mar y la pandemia. Intento seguir con esta rutina en la ciudad.

¿Qué le da más miedo? Descubrir que tras la muerte ya no hay belleza ni poesía.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la injusticia protegida de los grupos económicos que, cuales semidioses, controlan y modelan las conciencias desde los medios de comunicación. Sumado a ello y como se vio en la última campaña política en Chile que buscaba cambiar la antigua constitución creada en la dictadura de Pinochet, se apropian y engañan desde las R.R.S.S. Lo que ya ha sucedido en otros países. Me escandaliza la cultura de la basura, usando el nombre de un antiguo álbum del grupo chileno símbolo de la dictadura y del estallido social, Los Prisioneros. En los medios de comunicación, en las RRSS, en las aulas y en el sistema educativo; en los celulares o tablet que entregan a niños que recién aprenden a hablar; en la política que ha perdido la altura de miras y se centra en rumores y supercherías; en las relaciones humanas y hasta en los ámbitos del arte y la cultura. Me entristece que nuestros circuitos neuronales sean sometidos a cambios que los debilitan y que la inteligencia artificial se transforme en más poderosa, porque cotidianamente incorpora nueva información desde la lectura y porque acá, solo el 2% de los chilenos, entiende lo que lee, cuando lo intentan.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Diplomática o periodista de guerra.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Practico algo de pilates y ejercicios de fuerza a diario.

¿Sabe cocinar? Por supuesto, la cocina ha sido una expresión de cariño familiar. A quienes amas les cocinas. Soy sureña y allí verduras, productos recogidos de ríos o de cultivos con fórmulas ancestrales, lentas y armoniosas recrean el movimiento de las hojas condensadas de rocío en los esplendidos amaneceres. Se cocina, se sirve, se comparte y se agradece a natura por tanta generosidad. Aún si vives en la metrópolis.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi bisabuela suiza, fui su primera bisnieta y la única que conoció antes de morir. Su historia es fascinante, con la decisión de la partida a América en un viaje de varios meses en el barco Britannia y su encuentro con un país desconocido, aunque con una cordillera y un clima sureño muy parecido al de Suiza. De esto escribo en mi último libro La Cautiva, publicado en España por editorial Ultramarina.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Al menos en español, esperar sería esa palabra, del latín sperare, cuyo significado es tener esperanza. Toda expresión lingüística se encuentra y se explica a sí misma.

¿Y la más peligrosa? Fuego. Que todo lo transforma y todo lo fusiona. Fuego del sol y fuego de bronca e impotencia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Simbólicamente, una misma se va muriendo en etapas, pero creo no haber tenido ese pensamiento. ¿Desear la muerte sin querer ser el ejecutor cuenta?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? De izquierdas, aunque en Chile está bastante diluido su significado. De todas maneras, tenemos un joven presidente progresista y sumado a ello, el feminismo ha permeado muchos ámbitos de la convivencia, es hermoso. Solo falta un partido feminista, no obstante, creo que eso mutaría en que afloren las ambiciones, tan humanas como pestíferas y patriarcales.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Hombre, solo por un tiempo.

¿Cuáles son sus vicios principales? El vicio de la oxitocina, que se produce con el amor, el abrazo y el contacto con la hija y el amado. Además, esta hormona inhibe el cortisol, es decir, el estrés, es medicina en sí misma.

¿Y sus virtudes? Templanza, la virtud más apropiada para una poeta, en la persecución del texto total.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los libros no terminados, los en circulación, la casa en construcción, los árboles del sur, el río, el mar y por supuesto, los/las seres amados.

T. M.